Un imperativo nacional / ACABAR CON ESTA LARGA NOCHE TOTALITARIA, por Pedro Luis Echeverria

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Maduro no puede ocultar el agobio infinito y el lastre pertinaz que le causan el hablar por hablar, puesto que —en su fuero interno— sabe que sus anuncios son solo palabras vacías y carentes de factibilidad y credibilidad.

“…no comparéis vuestras fuerzas físicas con las enemigas. Porque no es comparable el espíritu con la materia. Vosotros sois hombres, ellos son bestias, vosotros sois libres, ellos esclavos…”

Simón Bolívar

El régimen frecuentemente anuncia medidas supuestamente orientadas a mejorar la calidad de vida de los venezolanos. Con ello pretende recuperar la confianza, desde hace mucho tiempo perdida, de un pueblo hastiado de la manipulación de la voluntad popular, los excesos de poder, las promesas incumplidas y la desilusión de una prosperidad inexistente.

Desde un escenario mediático con un presidente y voceros a los que nadie les cree, el régimen intenta con expresiones —en tonos que van del hiperrealismo a la desmesura fantástica y fanática— encubrir la dolorosa y triste realidad de un clima apocalíptico creado por sus propios errores, cuando el dramático presente y lo incierto del futuro muestran el máximo grado de la decadencia a la que ha llevado al país. La estrategia dictatorial del régimen se fundamenta en la confrontación y la coerción para asegurarse el control de las enormes riquezas que posee Venezuela y usufructarlas en beneficio de unos pocos.

La ciudadanía recibe cada anuncio gubernamental con la certeza que su contenido conduce el consabido augurio de mayores catástrofes, así como fatalidades, improvisación, información imprecisa y contradictoria que evidencian la más profunda ceguera de la realidad nacional y que han sido los factores fundamentales con los que el régimen  ha desgobernado a nuestro país a lo largo del tiempo.

Los venezolanos indefensos vemos los anuncios de la dictadura como poco convincentes, imposibles, poco probables; más bien como la instauración, a un nivel sin precedentes, de una estructura de amos y esclavos garantizada por mercenarios uniformados; un ultimátum a la paz, la tranquilidad, la calma y la seguridad de erradicar la incertidumbre del futuro. Como pacientes de tales exabruptos, en todos nosotros ha nacido una convicción, un acuerdo unánime, pero aún no concretado en nuestras acciones, que este gobierno no sirve para nada de nada y que hay que ponerle término a su mandato.

La desventurada personalidad de Maduro siempre da sus peroratas, sus anuncios cada vez más amargos y fatídicos, rodeado por el entorno de sus cómplices más cercanos: ministros y secretarios, asesores y asesores de los asesores, consultores extranjeros, valets, magistrados del TSJ, generales, adulantes y allegados y, por supuesto, la familia presidencial  o, al menos, lo que de ella va quedando. A pesar de tanto despliegue y boato, Maduro no puede ocultar el agobio infinito y el lastre pertinaz que le causan el hablar por hablar, puesto que —en su fuero interno— sabe que sus anuncios son solo palabras vacías y carentes de factibilidad y credibilidad.

A esta tragedia cotidiana, esta larga noche totalitaria que nos impone la dictadura podemos ponerle fin. Sin invocaciones y llamados grandilocuentes y guiados, atraídos y convencidos por el mismo propósito de cambiar el estado de desastre en que vivimos y acabar con la perniciosa actitud de pisarnos y aplastarnos los unos a los otros,el nefasto gobierno de Maduro se vería en serios aprietos para mantenerse en el poder.

 

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