Una metáfora dilecta / LA SOMBRA DEL PERSONAJE, por Edilio Peña

La sombra se instala dentro del personaje como un intruso en busca de morada.

Para Giselle Duchesne.

“En las sombras, no veréis ya los males que he sufrido ni los crímenes de que he sido culpable. En la noche para siempre, no veréis más que a los que nunca deberíais haber visto, ni reconoceréis a los que ya no quiero reconocer.”
Edipo Rey.

El personaje extiende su sombra más allá de lo previsible, mucho más allá de los intereses del escritor, del dramaturgo o novelista. La sombra, probablemente, sea la pulsión secreta del alma. La sombra desborda los sentimientos de cualquier existencia real o posible, así como la luna lo hace con los bosques de la noche. Aunque la sombra necesite de un cuerpo o una máscara para poder expresarse; entonces, la sombra siempre habrá de aposentarse en los pliegues inusuales de la identidad elegida, para comunicar desde el acecho la hondura de su singularidad inasible, su fulminante impronta.

La sombra no estará oculta ni en el texto ni en el subtexto del diálogo o la narración; mucho menos, en la contextura del carácter representado o descrito. La sombra es una voluntad misteriosa, la cual no sabe (ni ella ni nosotros), cuando habrá de aparecer o desaparecer por entre los espacios y los tiempos labrados por la imaginación del artesano del rito y de la imagen.

La sombra dibuja los caminos de una comprensión mucho más profunda que el doble, que la misma polaridad. Porque se instala en el cruce de los caminos. Su expresión amenazadora transita en la orilla de la cincelada escritura, en el diseño del perfil del personaje, en ese vacío que le da poder a la estructura de la obra a representarse o a leerse. La sombra del personaje se convierte en un designio o un estigma desde el mismo momento en que emerge en la mente del novelista o el autor teatral como la aprehensión de una posible certidumbre que tarde o temprano habrá de hacerse presente. Su impacto desborda a la propia conciencia, cunde como una selva que allana. Después, su resonante poder podrá alcanzar no solamente a los lectores, sino también, a los más desprevenidos espectadores.

Los intérpretes serán los vehículos dilectos para tal fin. Cualquier escenario será el lugar apropiado para su aparición. Inclusive, en la página donde discurre la narrativa. Con un gesto involuntario, en un tono impensado, en el silente paso de la respiración, en un parpadeo, o en el imprudente bostezo que escapa del riguroso plan de la puesta en escena o en el fragor novelistico. Nadie podrá resistirse a sus deseos de posesión y expresión. Despojada del peso del cuerpo, quizás la sombra sea el testimonio supremo de que ciertamente existe un alma o un espíritu en los predios de esa otra realidad paralela que ignoramos.

La sombra se instala dentro del personaje como un intruso en busca de morada; otorgándole oquedad a la luz de su vida, una desacostumbrada perspectiva a su naturaleza creada. Las palabras de los diálogos ayudan a su nacimiento y prolongación o en su ferviente descripción; pero sobre todo, en el amanecer de los silencios y los vacíos profundos. La composición de la obra teatral y novelistica, resultaría inútil sino se crean las condiciones convenientes para que aparezca o emerja la sombra del personaje. De allí que haya obras que perduran en la memoria y otras no.

Pero para que la sombra llegue a habitar la contextura toda del personaje, y rebase los limites de su existencia múltiple hacia un fin de iluminación, se hace conveniente y necesario que el personaje sea más que una expresión histórica o ideológica, económica o psicológica. Es decir, hace falta que sea también una expresión sustantiva y ontológica, para que desde el estadio arquetipal se abran las puertas de un vasto orden metafísico donde acontece el máximo enlace del ser; para que desde allí se produzcan coincidencias elípticas entre el intérprete y el espectador, entre el lector y la narración, entre el planeta de la realidad y el planeta de la ficción. Porque si no hay sombra, no hay posibilidades de comprensión honda del barro de la realidad. La sombra es el faro desde donde mejor se otea cualquier naufragio o épica amorosa.

Por esa razón, la sombra es para el hombre como para su metáfora dilecta, el personaje, la representación de una conciencia superlativa y ubicua; una deidad que nos toma por asalto, despertándonos en ese instante supremo del suceder, con su opaco y lacerante resplandor. No hay que olvidar que la lucidez es cautiva de la oscuridad.

En algunas expresiones del arte la sombra busca su lugar en el orden prefijado por el artista, en la tensión convocante entre la obra y el espectador o lector. En este caso, la imagen de la obra vagará por los predios de la mente del espectador y lector después que se ha producido la necesaria y vital imantación entre ambos, entre el objeto detenido y el sujeto activo. Más allá de esa larga observación intensamente pensada y sentida, brota la sombra como una amante evocadamente imprescindible. Por supuesto que esto ocurre cuando hay enamoramiento. El suceso pintado o esculpido del arte tradicional acontece de manera petrificada ante los ojos de quien está frente a él, testificándolo desde su curiosidad personal, convertido ahora en un solitario ante el iceberg de la creación. Luego, como si fuera una estatua de sal, el suceso se hace vívido al comenzar a galopar dentro del espectador, por la vía de un proceso de transferencia dinámica que le otorga la imaginación a todo aquello que se instala en la mente. Recordemos que al mirar una fotografía, automáticamente, especulamos el contexto de la acción posible desde donde la imagen se captó sujetándola en la inmovilidad. ¿Qué pasaba? ¿Quién es?. Son preguntas que nos permiten aproximarnos a la definición del contexto y la entidad de quién lo habita.

Van Gogh pintaba el vasto paisaje de su interés y en los objetos o en los personajes de su predilección captaba la luz que emergía de ellos a través de esa ardorosa luminosidad que ponderaba su complemento en la sombra. La poesía misma junta las palabras para graficar con la plástica y el sonido propio de su expresión, una imagen reservada en el foso de la oscuridad. El cine ha intentado filmar esa sutil y escurridiza dimensión, ese otro lado que no logra precisarse como una definible identidad. La presencia del viento, acariciando la hierba alta en algún film de Tarkosky, como la mano de un personaje desacostumbrado, es una imagen notable del protagonismo de los caminos expresivos de la sombra que nos produce estremecimiento.

En muchas de las expresiones artísticas tradicionales, la sombra emerge cuando concita con el espectador el encuentro oportuno y necesario para poder espiar la voluntad artística que intenta producir su manifestación. La misma música tonal, anclada en el sentimiento como todo el arte anecdótico, posibilitará en el oyente imágenes familiares o convencionales, que lo desafiará a ser creador también de nuevos continentes de invención. Quiero decir que la sombra se hace presente también cuando se junta el orden y el desorden, cuando la significación anula el significante. Muy parecido al proceso de meditación budista, quien dispone de una postura y estado de ánimo para aquél que se prepara a meditar, pueda en el más concentrado silencio dejar pasar todas las imágenes que lo habitan y determinan hasta que, en un momento dado, se produzca el vacío donde la mente finalmente habrá de descansar en la plenitud y el sosiego.

Sin embargo, la producción de cierto arte moderno y posmoderno pretende sumar existencia viva natural a la carnadura artística de lo creado con los sustitutos de la mecánica y la más alta tecnología, no obstante, el suceso en esta experiencia no llega a ser igual al suceso de la obra teatral representada o la novela escrita, el cual es activo e impredecible más allá de sus estrategias formales. Ni siquiera el cine llega a copiar completamente el suceso de la vida, porque sustrae en su laboriosa construcción técnica, el capital sustantivo de éste: el azar. Porque el azar sólo actúa en el presente comprimido. Pero esta realidad parece serle indiferente a la sombra, la cual interviene sin importarle ni lo uno ni lo otro. Es como si la sombra supiera que los géneros y las estructuras, como el tiempo y la imagen, la historia y el sentimiento, sólo son una vía para ella poder transitar y presentarse sin aviso ante nosotros los cautivos, con su poder inexplicable y sobrecogedor.

En Hamlet, de Shakespeare, el autor inglés intentó hacerla visible ante los impávidos espectadores del teatro El Globo, y en un lugar apartado de la escena donde nadie más es invitado, la oscura sombra induce al protagonista a la venganza de su padre asesinado por su tío. Lo que no sabemos es qué más le reveló la sombra al joven príncipe; ni Horacio, su mejor amigo, a quien hace jurar y prometer no divulgar lo poco que ha visto, ni nosotros, inocentes espectadores del ayer y el hoy, logramos adivinar los entretelones de tan magna revelación, la cual creemos es el soporte más misterioso de la historia donde termina prisionero el príncipe de Dinamarca. Lo que no queda lugar a dudas, es que el médium elegido para que la sombra apareciera para tal fin, fue por medio del fantasma del padre de Hamlet. Sólo basta leer la obra o verla representada para percatarnos de ello.

La sombra en el teatro asalta en el instante mismo al intérprete como al espectador, en ese acontecimiento que se representa una sola vez, ese que escapa a las prisiones del marco y la tela del pintor, de la página impoluta del poeta, de la imagen fijada en el fotograma del cineasta. Porque la sombra en el teatro aparece en el marco de un instante irrepetible e intransferible. En la condición del tiempo que se asesina asimismo. En ese lapso donde no hay tiempo anterior ni tiempo después. En ese presente que busca regresarnos al prototiempo donde se dice se encuentra el paraíso de la unicidad. La imagen, en el teatro como en la novela, perdura en la nostalgia recurrente del olvido; por tanto, el sentimiento es la soberbia insistente con el temor a volverse nada. Probablemente las representaciones continuas de una misma obra, en el fondo, no tienen otro sentido que atrapar aquello que no volverá. Porque el rito teatral o narrativo, tiene la supraconciencia de que ningún instante repetido es igual al otro, mucho menos, si ya éste aconteció en una primera lectura o en una primera representación. Esa especial circunstancia del suceso, hace que la sombra pueda aparecer hasta en el rito solitario de un onanista. En ese lugar donde no hay testigos, lectores ni espectadores.

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