Alfredo Pérez Alencart HOMBRE DE PALABRAS, por Enrique Viloria Vera

En la compilación de Violeta Boncheva se reiteran los temas, los asuntos, las situaciones existenciales, motivadoras de su quehacer humano y de su obra poética.

Escribo por necesidad, porque iré desapareciendo de este mundo. Escribo para que me tengan por testigo o emisario. Escribo para contagiar a otros el virus que otros me inocularon. Escribo desde el asombro, tal como hablaba el amado Galileo. Escribo porque acaso así la infancia vuelva a tatuarme su inocencia.

A.P.A.

Pérez Alencart es un hombre poeta, un hombre verdad. Un ser humano hecho de palabras primordiales pronunciadas por lenguas antiguas y sagradas en la garganta de los tiempos…

José Pulido

Alfredo Pérez Alencart —nuestro fraterno poeta peruano-salmantino— es un hombre que sabe (sapiens), hace (faber), siente y ama (sentiens), disfruta (ludens), se religa (religiosus), dice (dixit). Sobre su cualidad de hablante no quedan dudas, la reciente selección de las múltiples entrevistas ofrecidas desde el año dos mil once, compiladas por la crítica e investigadora literaria de origen búlgaro Violeta Boncheva, publicada en Madrid (2020) por la Editorial Betania, solidariamente dirigida por Felipe Lázaro, así lo demuestra con creces y sin ambages.

La estudiosa búlgara explica, sin cortapisas, su decidida motivación para acometer esta ardua y prolija tarea, explicita subraya:

 “Creo importante tener reunidas cincuenta y tres entrevistas suyas, porque en ellas se podrán encontrar las múltiples claves poéticas y biográficas de un autor al que valoro. Desde 2011 fui guardando enlaces y copias de los reportajes que han hecho a Alfredo Pérez Alencart. Unas veces las leía en los Boletines Poéticos que suele enviar regularmente; otras buscando en la Internet o recibiéndolas directamente del propio poeta, extrañado por mi particular interés en leer sus respuestas. Hay más entrevistas, también en audio y televisión, pero por motivos de espacio he elegido las que ahora propongo.”

El homo sapiens que habita en el poeta, también es reputado profesor de Derecho del Trabajo y Seguridad Social en la Universidad de Salamanca. De acuerdo con la consideración del prologuista Juan Carlos Martín Cobano, esta selección de entrevistas, inestimable para los críticos literarios y seguidores de la obra del poeta, tiene además alcance e interés académico, leamos:

“En este caso, al prójimo estudiante o investigador que necesite conocer la posición de Alfredo Pérez Alencart con respecto a algunos temas clave, o esbozar su evolución, indagar en sus referentes literarios o adentrarse en su vivencia de la fe. Estas entrevistas son una herramienta valiosísima para conocer al hombre y al poeta, es decir, al poeta.”

Ciertamente, porque Pérez Alencart no es un ser bifronte, hombre por un lado, poeta por el otro, es una sola entidad humano-poética que no esgrime una doble naturaleza. Su poesía es él, no puede prescindir de sus aquí y ahora, de sus allá y entonces, de su genética biológica ni de su ADN cultural. Las dicentes entrevistas recogidas en esta compilación, son genuino ejemplo de un hombre-poeta, de un poeta-hombre. En la compilación de Violeta Boncheva se reiteran los temas, los asuntos, las situaciones existenciales, motivadoras de su quehacer humano y de su obra poética. En anteriores ocasiones, nos hemos referido a los variados, plurales, polisémicos contenidos presentes en su decir de poeta.

Peruana, más bien amazónica: El poeta ama su patria grande en océano y montañas, y más a la pequeña, rica en pájaros multicolores, ríos caudalosos y árboles milenarios: la selva que lo vio nacer, crecer y hacerse hombre y novicio poeta. Nostálgico, evocativo, escribe el nativo de Puerto Maldonado, sito en plena Amazonia peruana: “Matriz del comienzo de mi aventura, / resurgen los verdes inolvidables / de las copas pintadas de los árboles, / del aire limpio que cubre / días de arco iris y privilegios.” Alegre, contento, orgulloso, apasionado de su selva, el poeta —al viento y a viva voz— expresa sus ganas de que lo acompañen, prontamente y sin demoras, a penetrar en el verde centro de sus más íntimas turbaciones: “Entren, entren conmigo. / Les invito a un paseo enriquecido / por el destellar de las reminiscencias”.

Ecológica: Dolido, preocupado, angustiado por la masiva deforestación, por el creciente deterioro climático que sufre el Amazonas, su Amazonas, el escritor se convierte en guerrero caballero andante para defender el verde de su selva y el de la clorofila de sus árboles:

“Vuelvo a mirar árboles indultados / que resisten como viejas tortugas. / Vuelvo con mi verde acento intacto / y me sé quedar lleno de angustia / si pienso en el Ártico y el Antártico, / en islas de las antípodas que la marea va cubriendo, / en su vital dependencia de estas selvas. / Aires para el mundo entero descansan por aquí, / con sus purezas y alocuciones. Aguas para el mundo entero discurren por aquí, / bajando en silencio desde las cúpulas andinas. / He sentido el clima herido / y tengo idea que no aprendemos”.

Salmantina: Joven, en esa edad en que los sueños revuelven a los hombres que van siendo, Pérez Alencart toma una de las más fáciles y difíciles decisiones de su precoz mocedad, dejar atrás lo amado y lo vivido a fin de iniciar —lejos de su selva, de su puerto y de su río, de sus familiares y amigos— nuevas querencias e inéditas experiencias. El poeta en ciernes, el doctor en proceso, el promotor cultural en gestación, se asombra ahora, esta vez, ante la ancestral magnificencia de una ciudad dorada que hace sucumbir de pasmo y admiración a quienes la perciben con la piel y la recorren con la emoción. No puede el bisoño Pérez Alencart ocultar su sorpresa, su asombro originario que transformará luego en motivo lírico, en versos citadinos que irán más allá del cielo salmantino y de los monumentos de la vieja ciudad castellana para convertirse en genuino y sentido homenaje a su historia, sus piedras y sus gentes. Años después, libros después, versos después, en plena madurez vital y creadora, el escritor confiesa su holista embelesamiento, su completo hechizo ante tanta belleza alumbradora:

“También se ama las piedras que están como vivas, / modelando inocente canción medieval, albergando / labios y cinturas al borde de noches que alientan bienvenidas / para la consumación de los sueños. / También se ama a las ruinas que no pueden escapar / de los golpes del mundo incansablemente áspero / pero con lágrimas posibles y belleza alumbradora / acosando con su lengua las ruinas que lo salpican. / También se aman modelos que entregan sus fulgores / en finos atavíos redentores de visión inagotable”.

Transterrada: El destierro, la emigración, el ostracismo, la indiferencia, la soledad, son temas muy cercanos a un poeta que es doblemente emigrante, tanto por sus antepasados ibéricos y brasileños acogidos por el Perú natal del escritor, como por la ya larga estancia salmantina en su querida Iberia: “Me conmueve pisar un suelo donde no nací / pero cuya pertenencia reivindico / por la rotunda emigración de los ancestros”, afirma.

Sin embargo, el pedazo último de aquello, llámese patria, pronúnciese país, deletrease terruño, es el que el poeta lleva en el más oscuro recoveco de su corazón americano. En efecto, contemplando otro cielo y otra tierra también queridos y admirados, el escritor confirma paradójico que:

“Así es como el corazón queda sin zona de seguridad, / como el gusto se resiente por los sabores perdidos, / como las pupilas se extravían ante paisajes diferentes, / como los pasos van frenándose en toda callejuela / no recordada por la memoria de tu mundo primero. / La contranoche dejó en tu cara el rastro de lágrimas / que apenas se adivinan. / Y es que te sabes pájaro del exilio / porque aún arde tu país en medio del pecho estremecido”.

Agradecida: La poesía de Pérez Alencart es una probada Plaza Mayor de la amistad y de la poesía. No concibe la vida nuestro escritor sin sus amigos de diverso signo y sin sus poetas amigos. Los que hemos disfrutado de su natural bonhomía, de su experimentada bondad, de su benigno candor, recordamos una de sus salmantinas despedidas:

“Amigos. / Quedé sólo serenidad para adivinar / las lágrimas o alegrías / del hombre que sube el penúltimo escalón, / tanteando el aire, / resuelto a olvidar múltiples crucifixiones. / Tiempo de pálpitos infinitos, / ¡qué despacio te voy sintiendo! / Perímetro de crujientes luces, / ¡cuán grato el haberte cohabitado! / Ciudad donde el saber se manifiesta, / ¡nunca podrás desfallecer en mi memoria!”

En efecto, amigos de diferente oficio y procedencia engalanan las dedicatorias de muchos de sus emocionados poemas: “La amistad es un imán encantado / donde dos seres se instalan / mientras el mundo gira / y gira”. En buena parte de ellos palpitan sus colaboradores de siempre, algunos de sus hermanos como el poeta prefiere llamarlos para acercarlos no sólo a su afecto, sino también a su enternecida sangre. Allí se desvelan sus más íntimos apegos a muchos de aquellos que se hacen uno con él para que la vida vaya más allá de lo meramente biológico, y pueda llamarse verdadera existencia humana.

Amatoria: El ser humano es la pareja, confirma Pérez Alencart en los entusiastas y apasionados versos de amor que tienen como estímulo y poderoso detonante a una mujer de armonioso y sonoro nombre —Jacqueline— que se le metió en el alma y el cuerpo al poeta para ser con ella. La mujer, su mujer de siempre, es además de amante, esposa, cómplice, compañera solidaria en las buenas y las malas, la madre del ansiado unigénito, de ese hijo amado y loado que está llamado a seguir siendo Pérez Alencar, esta vez sin T. Enamorado, enloquecido, nuestro poeta le canta a su amada y le exige:

“Vengan tus besos hasta la alcurnia / de mis llamaradas de amor. / Venga el sagrado perfume / que derrumba mis tristezas / y me alza y me hace partidario / de arrebatos humedecidos / en tus lloviznas de fuego. / Vengan tus tersas manos / a recorrer laberintos / del deseado sudario del éxtasis. / Venga el feliz renacimiento / que inventamos los dos / para volcarnos en abrazos, / carne con carne, / ofrendados ambos al eje del amor. / Vengan luces u oscuridades, / veranos, otoños o inviernos / sin distinción alguna: siempre / te reconoceré como radiante / primavera de mi corazón.  / Venga la revelación de la princesa, / pues presto a sentir a nuevo, impelido / a vivir encendido entre tu piel, / extiendo el soliloquio y te descubro, / y te nombro, mi electa Jacqueline”.

Familiar: Pérez Alencart habita tanto en el recuerdo de los suyos en la verde selva de sus asombros como en el soplo de su hijo en la dorada ciudad de sus remozadas esperanzas. Todos, abuelos, tíos-abuelos, padre, madre, primos, sobrinos, parientes, y su amado hijo le brindan al escritor una oportunidad para celebrar el don de una familia numerosa que es objeto de versos entusiastas, de palabras afectuosas que conviven con algunas indistintas lágrimas de alborozo y de tristeza —“… unas lágrimas desbarrancan desde ojos / por penas sacudidos”—  según el tono vital del poeta y la intensidad de las pasiones recogidas. A los que quedaron en la madre selva de su lejana Amazonía —a sus vivos y a sus difuntos, a los que permanecen en carne y hueso o reposan en desollado hueserío— el escritor les comunica:

“Es momento de acusar recibo de incontables donaciones: Los admiro, los tengo, los preservo de mi vista de pájaro, en mis palabras construidas ignorando relojes y distancias. Sólo en sus rostros veo un hermoso mundo de ternura, una adorable costumbre, un viaje de luciérnagas tejiendo verdes fuegos en el aire. Atiéndanme. Éste es un cauce de sortilegios hundiéndose en la pupila de la selva”.

Social: El poeta Alfredo Pérez Alencart asume lo humano como motivación amplia y suficiente para desplegar una emoción plural en la que el hombre —él mismo, el otro— asume un papel protagónico en su dispar y prolija poesía. Apuesta sin más el poeta por el ser humano, haciendo efectivo el viejo proverbio latino: nada de lo humano me es ajeno. El escritor ofrece disgustados y justicieros versos para denunciar la injusta e incomprensible situación por la que atraviesan hombres y mujeres relegados por una sociedad que se aleja definitivamente de lo humano para privilegiar el tener por encima del ser: mitayeros, obreros, buhoneros, inmigrantes del Magreb, okupas, desempleados, mineros, canoeros, barrenderos, oficinistas de poca monta, sudacas, domésticas, sin papeles, estudiantes sin recursos, estafados, echados a la calle, en fin, esa variopinta realidad humana que viene cimentando un sistema en el que la vida vale por lo que se tiene o se deja de tener. Poesía social la han llamado algunos para intentar diferenciar lo indiferenciable.

Fervorosamente cristiana: Nuestro escritor funge de heraldo, de vocero, de portavoz de la fe  y participa:

“Vívase memorando el Amor que envuelve al cielo,/ /sus arcos de luz, lejos, cerca/ de la Voz que empieza a pertenecer/ arreando al rebaño perdido por campos de lápidas,/ por secadales de lucha lenta donde braman/ los vientos cual minotauros que se quedaron a solas./ Sépase que el Tiempo se ha escapado de su celda/ y anda quemando o lloviendo días luminosos,/ pudriendo frutas en cualquier rincón del mundo,/ hundido en los pastizales del hombre Altísimo,/ mordiéndole su cayado en la argamasa celeste…”.

De la misma forma, en rol militante comunica:

“Donde fluye Tu sangre empieza la humanidad/ del barro sediento del hombre, su mirada desdoblándose/ para que aparezca la chispa donde viéranse/ tus manos ubicuas junto al grano de mostaza cuyo grosor/ aumenta por la raíz amarrada a Tu destino./ Tomo mi lugar en esta comunión proliferada/ gracias a la voluntad de los que no se han dormido”.

También informa que está protegido por su Amado galileo y que tiene escolta contra las tentaciones:

“Alguien de uñas frías pretende arañar mi paz/ y esconderla en un ventisquero de contiendas. / Pero yo no vendo mi corazón para otros vuelos/ ni látigo alguno me hace decir sí cuando me niego. / El prodigio está en la condensación de las señales/ que logran mostrar al tierno ángel que me escolta, / vestido de león para repeler a los perseguidores”

Dejemos que el propio entrevistado, responda a tanta pregunta junta y compilada en este Libro de respuestas, que finalmente termina en existencial y trascendente pregunta:

Ahora bien, siendo honestos, habría que afirmar lo siguiente: el poeta desbroza su camino preguntándose por su papel en medio de los cables de alta tensión de la existencia misma; preguntándose por el resurgir del odio o los fanatismos; preguntándose el porqué de tantos harapientos cuando el paisaje está moteado de riquezas; preguntándose si los destellos de la dicha o el amor resultan suficientes: preguntándose…

La Poesía —el Verbo—, abraza todo aquello que mi ruda lira haya podido embarazar, bien preguntándome, bien tratando de responder.

 

 

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