Ernesto Cardenal LA MUERTE DE UN PERSONAJE INCLASIFICABLE, por Javier Conde

La muerte de Cardenal es también el fin de una época.

Ha fallecido el domingo —quizás de resurrección, en la que creía— un personaje inclasificable. Poeta y cura, revolucionario y místico, sandinista y antiorteguista, que de la vida disipada pasó, por la “gracia de Dios”, a monje trapense y a vivir en sencilla comunión con la gente humilde en una pequeña isla del Gran Lago de Nicaragua.

Fue todas esas cosas y entre tantas, que para eso le alcanzaron los 95 años que cumplió el pasado 20 de enero, fue sobre todo Ernesto Cardenal. Él mismo.

Boina negra, el pelo largo y greñudo, la barba blanca y blanca también la camisa de algodón de siempre, la imagen de Cardenal arrodillado sobre la pista del aeropuerto Augusto César Sandino soportando el dedo largo del papa Juan Pablo II recriminándole su participación en el primer gobierno sandinista, le dio la vuelta al mundo y supuso para él un castigo a divinis para ejercer su oficio religioso.

Cardenal fue ministro de Cultura luego del triunfo sandinista contra la larga y cruel dictadura somocista. Su hermano Fernando, cura jesuita, ocupó la cartera de Educación y un sacerdote más, Miguel d’Escotto fue canciller durante diez años. Demasiado para la afilada y celosa línea integrista del Vaticano de los tiempos del papa polaco.

Hace un par de años, Francisco lo “absolvió de todas las censuras canónicas”. Habían transcurrido 35 años desde aquel marzo de 1983 y cardenal volaba alto sobre una obra poética que lo hizo acreedor al Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2009) y al Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2012).

También había roto con Daniel Ortega en 1990 y dejó testimonio de aquella militancia, y también de la decepción, en su libro La revolución perdida (2004).

El gran escritor nicaragüense Sergio Ramírez reconoce a Cardenal como el maestro de su prosa “porque en su poesía aprendí mucho del arte narrativo y de la cadencia de las palabra”. Ambos nacieron en la colonial ciudad de Granada y ambos fueron vecinos de Managua, calle de por medio, como lo recordó Ramírez el aciágo domingo de la muerte del poeta en El País de España.

“Deja una huella muy profunda en la gran poesía latinoamericana. Esa naturaleza narrativa de su poesía que me marcó y me sedujo desde la adolescencia, es lo que fue bautizado como exteriorismo, un término que puede prestarse a confusiones pues parecería negar su dimensión íntima”, escribe Ramírez, Premio Cervantes, que también dejó en Adiós muchachos (1999) el testimonio de la revolución que pudo ser y no fue.

Ramírez apunta que la escritura de Cardenal experimentó un vuelco con Cántico Cósmico (1989): “La exploración de los cielos en ese libro es también la de los recuerdos de su pasado, la vieja Granada de su infancia, las muchachas que amó en la adolescencia, su juventud de cantinas, fiestas banales y burdeles, como si volteara el telescopio hacia dentro de sí mismo”.

Gioconda Belli, la reconocida poeta y novelista, también nicaragüense, da una pincelada más sobre la personalidad de Cardenal cuando señala que “era místico pero tenía sus raíces bien plantadas en la tierra. Le gustaba la comida, las salchichas alemanas, el vino, pero vivía como un monje en su casa de Managua, una habitación con una cama, una mesa de noche y una hamaca”.

La muerte de Cardenal es también el fin de una época. Deja generaciones marcadas,y no solo la de Ramírez y Belli, por su compromiso político y religioso —que en él era uno solo— y por esos versos sencillos como:

“Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que más te amaba”

Que él hizo, escribió, para unas muchachas “y que fue en vano.”

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