Moisés Naím en el Hay Festival IDEAS O ÍDOLOS. por Leonardo Rodríguez

Desde la izquierda, Ha-Joon Chang, Moisés Naím y Thomas Piketty DANIEL MORDZINSKI
Desde la izquierda, Ha-Joon Chang, Moisés Naím y Thomas Piketty ante el numeroso público del Hay Festival de Cartagena 2016. Foto de Daniel Mordzinski.

Moisés Naím dijo unas cuantas verdades en el reciente Hay Festival de Cartagena. La primera de la que tuve noticia fue su respuesta al economista Thomas Piketty a propósito de Venezuela. En una entrevista con el autor de El capital en el siglo XXI y el economista surcoreano Ha Joon-Chang, a la vez respetuosa e incisiva, Naím le recordó a este último sus encendidos elogios al gobierno ecuatoriano, al que Chang reconocía “un inusual liderazgo intelectual”, junto con su defensa por los derechos humanos, un acertado criterio de redistribución económica y su protección del medio ambiente. Naím le preguntó si sabía que Ecuador tenía una política especialmente dura con los medios de comunicación. Chang, de piernas cruzadas, matizó su entusiasmo, diciendo que Ecuador le parecía excelente en comparación con lo que había antes (mencionó como ejemplo, de forma casi inverosímil, su apoyo a los indígenas). Algo exasperado ante tanta miopía ideológica, Naím le preguntó si Argentina (la de los Kirchner), Ecuador y Venezuela eran países que valía la pena tomar como ejemplos. “Sí, sí”, dijo el impasible Chang, para compararlos elogiosamente…con México.

Fue cuando Piketty asumió el papel de entrevistador.

El economista francés dio su versión de la historia reciente venezolana. No era que antes de Chávez el gobierno utilizara de forma increíblemente productiva los ingresos petroleros. Con Chávez la gente había comenzado a ver un poco de dinero, de forma más concreta. La pregunta de Piketty era casi una autoparodia: no sobre la desastrosa situación actual del país sino sobre sus antiguas, pérfidas élites.

Naím respondió con elegancia pero con firmeza: “Lo único que puedo decirte es que en 2016 Venezuela enfrentará el más horrible desastre humanitario. La suma de pobreza, dolor y sufrimiento no ha sido visto nunca en América Latina”. Lo que importaba no eran las intenciones sino los resultados, y las políticas venezolanas se han mostrado totalmente insustentables.

Tras una pausa y los aplausos de una parte del público, Piketty siguió con lo suyo: el supuesto modelo elitista venezolano. “¿Por qué no había funcionado antes y por qué ahora sí?”, quiso saber. Fue cuando Naím, que no quería que el tema venezolano ocupara el centro de su entrevista, subió un poco el tono. Venezuela —dijo— está a punto de ser un Estado fallido. Antes los Estados fallidos eran pequeños países. Bueno, en 2016 un país nada pequeño, con más de 30 millones de habitantes, con las mayores reservas de petróleo del mundo, será un Estado fallido. “Y ese es un legado de las políticas de gobiernos que algunos de ustedes admiran”. Jaque mate.

(A propósito de élites, el chavismo creó una nueva, la famosa boliburguesía, no menos sino bastante más corrupta que la anterior. Hay nombres).

Todavía en Cartagena, Naím conversó con el periodista Ricardo Ávila acerca de su libro Repensando el mundo. Allí discurrió sobre su periplo personal y la política del mundo, con propiedad y sagacidad —ahora sí— inusual.

A mitad de la entrevista, Avila le preguntó por uno de los temas del libro. Se trata de la necrofilia ideológica. Pero, ¿qué es la necrofilia ideológica? Naím lo resumió de forma contundente: “Es el amor apasionado por ideas muertas”. Las hay a la derecha y a la izquierda, en el sector privado… Tal vez queriendo sacarse una espina intelectual y también moral, Naím dijo que en la entrevista que le realizó a Piketty y Chang había sentido una atmósfera de necrofilia ideológica. Otro jaque (aunque esta vez, me parece, no mate).

Naím considera “muertas” aquellas ideas que han sido puestas en práctica de forma desastrosa, con consecuencias probadas de miseria o terror. Son ideas que no han pasado la prueba de algodón de la historia, demostrando su talante despótico o antidemocrático, asesino o enceguecedor, inmune o ajeno a la realidad. Pero, ¿están realmente muertas?

Mi impresión es que son más mortíferas que muertas. Más ídolos que ideas, de hecho, ídolos travestidos de ideas, si me apuran, tocados por una mágica invulnerabilidad a la crítica o a la simple consideración (y desconsideración) humana. En el imaginario de sus creyentes, es piadoso decirlo, no están en absoluto muertas (aunque no siempre han estado vivas). Las ideologías como sucedáneos racionales (o simplemente desfachatados) de la religión.

Fantasías de omnipotencia aparte, su impulso obedece tal vez a aquello que George Steiner llamó nostalgia del absoluto. Debilitadas las religiones, idos o escondidos los dioses, quedan las ideas —o son ideales. Es así como se cree en el paraíso, ya no en el cielo sino en la tierra (no sin la punición de muchos en las pailas más tortuosas del infierno, perdón, de la cárcel). O en la comunidad pura, buena y devota, ultrajada por los bárbaros o los infieles o los herejes (Donald Trump los reduce a mexicanos y musulmanes). O en la armonía de las esferas, decretada para beneficio de los mortales por la providencia, a la que a veces le da por redactar leyes de la historia, otras del mercado y siempre de la naturaleza. El culto a los muertos, demasiado a menudo, se seculariza en culto a los héroes.

Algunos, hay que decirlo, adoran ideas mortíferas por lo que son: legitimaciones del poder por la gracia de un dios, del pueblo, de lo que sea. No son nuevos los ídolos sangrientos, ni los devotos que los avalan. Ciertos ídolos, por lo demás, no piden solo sangre sino conciencias, almas, dinero.

¿No dejó dicho alguien que Dios había muerto? Yo iría con menos prisa.

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