La muerte de Stalin / UNA COMEDIA SOBRE UNA TRAGEDIA HISTÓRICA, por Alfonnso Molina

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Es el retrato de una sociedad descompuesta, patética y devastadora que no se puede olvidar.

La muerte de Stalin es la ácida comedia británica elegida para nuestro Cine Encuentro Fundación Margot Benacerraf,organizado por Ideas de Babel, que se llevará a cabo de forma virtual y gratuita el sábado 17 de julio a las 11:30 (hora de Caracas) en la plataforma digital del Trasnocho Cultural. Puede verse desde cualquier lugar del mundo. Contaremos con el apoyo del Centro de Estudios Políticos y Gobernabilidad de la Universidad Católica Andrés Bello. El director y productor Thaelman Urgelles y el crítico Alfonso Molina serán los ponentes, con la moderación del sociólogo Trino Márquez. Primero hay que ver la película en Netflix y luego inscribirse en www.trasnochocultural.com y seguir las instrucciones. Que lo disfruten

Las grandes tragedias de la historia esconden la sonrisa amarga de sus autores y responsables. Hombres como Adolfo Hitler, Josef Stalin y Mao Zedong —para solo nombrar a tres dictadores del siglo XX— fueron líderes sanguinarios que condujeron procesos de enajenación colectiva y destrucción masiva. Quedaron registrados como símbolos del mal. Pero no fueron figuras solitarias. En sus respectivos entornos moraron y depredaron sus colaboradores más cercanos, protagonistas de las luchas sórdidas por el poder. Eso explica el punto de vista de Armando Iannucci en su segundo largometraje. El tirano soviético no es el personaje principal sino una referencia para que su contexto político adquiera mayor importancia y defina otros responsables.

Pero el director escocés no se planteó filmar un drama sino una comedia muy ácida sobre las zancadillas de la lucha por el poder. Inspirado en el cómic francés La mort de Staline, de Fabien Nury y Thierry Robin, mantuvo el tono de humor corrosivo para desmontar los horrores de una época en la Unión Soviética, signada por la tiranía totalitaria, el culto a la personalidad, el dogmatismo ideológico, el oportunismo político y la locura de unas masas doblegadas por el terror. La agudeza se revela como una herramienta de expresión ante una situación absurda pero real.

El 2 de marzo de 1953, el cuerpo del dictador georgiano yace moribundo y mojado por su propia orina sobre la alfombra de la habitación de su dacha particular sin que ninguna de los integrantes del Politburó soviético se atreviera a tomar una decisión. Funciona la lógica del oportunismo y la ambición de poder, sin atender la opinión médica o las consideraciones humanas. Lo importante es quién lo va a suceder. Allí estaban personajes tenebrosos como Beria, Kruschev, Malenkov, Molotov y Zhukov tratando de convertirse en la figura determinante de la URSS. La historia nos dice que venció Kruschev sobre el tétrico Beria, entonces jefe de la NKDV, antecesora del terrible KGB. Claro, La muerte de Stalin es una narración de ficción que no aspira reproducir lo que realmente sucedió en esa ocasión sino a expresar lo grotesco de esa lucha implacable. La escena del concierto que nadie grabó en Radio Moscú y que debe repetirse para que el ‘padrecito’ lo escuche —sin saber que va morir— es reveladora de la sumisión y el miedo. Es el punto de partida para contar esa desgarradora trama de traiciones y egoísmos.

El guion de Armando Iannucci, David Schneider e Ian Martin prioriza los rasgos patológicos de tales personajes y los lleva al extremo, sin consideraciones emocionales. Todos los seres humanos de la trama son terribles, incluso la pianista que desea la muerte de Stalin. Es el retrato de una sociedad descompuesta, patética y devastadora que no se puede olvidar. Un retrato que no se limita a una época histórica sino que se proyecta al siglo XXI con sus tiranías totalitarias y actuales en varios lugares del planeta

El realizador utilizó un elenco sobresaliente, liderado por el norteamericano Steve Buscemi como Nikita Kruschev, secundado por los británicos Simon Russell Beale, Paddy Considine, Rupert Friend, Jason Isaacs, Michael Palin, Andrea Riseborough y Jeffrey Tambor, quienes explotan sus dotes histriónicas para ironizar sus personajes, con caricaturas que no pierden vigor. Desde un principio los espectadores saben que se trata de una burla histórica sobre un hecho sucedido casi 70 años atrás. Una burla que revela con mayor fuerza la dimensión de esa tragedia histórica.

LA MUERTE DE STALIN (The death of Stalin), Reino Unido y Francia, 2017. Direción: Armando Iannucci. Guion: Armando Iannucci, David Schneider e Ian Martin, sobre la novela gráfica francesa La mort de Staline de Fabien Nury y Thierry Robin. Fotografía: Zac Nicholson. Montaje: Peter Lambert. Música: Chris Willis. Elenco: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Paddy Considine, Rupert Friend, Jason Isaacs, Michael Palin, Andrea Riseborough y Jeffrey Tambor. Disponible en Netflix.

 

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