Reflexiones de Semana Santa / EN LA PRISIÓN DE LA PANDEMIA, por Karin van Groningen

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Esa tarde recibo una llamada. Una vecina quería saber sobre los ruidos que estaban siendo investigados.

¡No podía conciliar el sueño! Me torturaban esos ruidos. Los escuchaba todas las madrugadas. Desde que —en plena pandemia— me mudé a la muy moderna edificación. Atravesaban las paredes. Obligaban a pensar en una extraña vida en sus entrañas. Provocaban intrigantes imágenes en la imaginación. ¡Una reja que corre sobre un oxidado riel! ¡Muebles que patinan con fuerza sobre los elegantes pisos de oscura madera pulida! Gritos parecían añadirse a los estremecedores aullidos de un perro. ¿Quién estaba tras esos ruidos?

La prisión impuesta por la pandemia y ahora esto, me dije desconsolada desde el primer momento que los escuché. De inmediato pregunté en la oficina de administración. Una mudanza, fue la explicación. No conforme traté de ser paciente. Tiempos de coronavirus. Tiempos excepcionales, me dije a modo de calmar los ánimos. ¡Y los nervios! Pero hoy, en la madrugada del miércoles santo, no aguanté. Salté de la cama. Y es que sentí que los chirridos se habían pronunciado.

Mientras recordaba el terrible acontecimiento que los cristianos estábamos por conmemorar, un imán me llevó con furia a través de los pasillos del edificio en busca del origen de tan extraños sonidos ¡Me van a oír! ¡Voy a hacer valer mis derechos!, me decía envalentonada corriendo en busca del culpable mientras que, en otro plano, temía a un espectro en cada cruce de los fríos pasillos artísticamente semi iluminados. Le pegué la oreja a las puertas de los pisos superiores y también a las que se encontraban debajo del mío. En todas se apreciaba un notorio silencio. Propio del día y de la hora. Súbitamente recordé que no había conocido a vecino alguno. Ninguno se había cruzado en mi camino. Nadie parecía ocupar el condominio al que me había mudado. Solo habrá almas benditas me decía y temía ver, al trasluz de las ventanas, alguna flotando muy cerca mío. Lo cierto era que el ruido en mi habitación se repetía con puntualidad británica. Y lo había aguantado ya por más de un mes. ¡Es hora de acabar con él!, me dije evitando cualquier desvarío metafísico. La señora de la limpieza —con quien me topé después de que ambas superásemos un fuerte sobresalto— se interesó en determinar la procedencia de los ruidos. Con ella volví a pegar la oreja en cada puerta. Un silencio sepulcral. La reciente muerte del ocupante del apartamento más próximo al mío explica indudablemente, según ella, su obligado mutismo. El difunto deambulando por su casa —me asaltaron los pensamientos que deseaba evitar. Imposible evadir esas palabras tantas veces escuchadas. Consternada volví a mi cama pensando en el difunto y en los ruidos… el arrastrar de muebles… ¿las cadenas de un alma en pena? Volvió la terrorífica imagen grabada en mi mente. Y el desánimo poco a poco también volvió. Y es que a la prisión impuesta por la pandemia ahora se le agregaba esto. No pasó mucho tiempo cuando la señora de la limpieza tocó a mi puerta. Dijo que había observado al edificio desde el exterior y pensado en sus vericuetos. Los ruidos sólo pueden provenir del apartamento de la señora que tiene un hijo ya grande, con un fuerte retraso, proclamó. ¡De allí vienen!, dije. De inmediato calzaron en mi mente los sonidos con las personas descritas. Probablemente la pobre madre carga con su hijo. O empuja su silla. Probablemente él se ofusca y de allí la virulencia de los golpeteos. Nada, le dije a la muy atenta señora. Dejemos esto así. No comente nada, le pedí. Me resigno, me dije a mi misma desconsolada. La prisión impuesta por la pandemia y ahora esto.

Esa tarde recibo una llamada. Una vecina quería saber sobre los ruidos que estaban siendo investigados. La dulce señora quería saber si era su perrito el animalito que daba mala vida cuando ella salía muy temprano a trabajar. Me animé nuevamente. ¡Por fin voy a dormir en paz! Me dije esperanzada. Es un rottweiler muy cachorro, me explicó. Y antes de que yo hubiese podido abrir la boca me advirtió que, si es él, no es mucho lo que puedo hacer por usted, puesto que el pobre cachorrito es sordo…

Pubicado originalmente en https://pasionpais.net

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