Una réplica / SECTARISMO MORAL Y POPULISMO, por Ibrahim Guerra

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Según se denunció, Johnny Depp sufrió el acoso físico y psicológio de su ex esposa Amber Heard.

El título del artículo “Conductas depredadoras / ESTUPOR POR EL ESTUPRO”, publicado en Ideas de Babel el 7 de mayo y firmado por el brillante y polifacético productor teatral y cinematográfico Antonio Llerandi, permite imaginar una disertación genérica acerca de un tema, como él mismo lo expresa tan pertinente como controvertible.

Sin embargo, esta misma controversia luce resuelta en el artículo desde el obvio sesgo de género con el que se exponen ciertos señalamientos de inmoralidad. El mismo se detiene de manera enfática, tajante, en un sexismo enfocado desde una óptica ‘femichista’, distante de la ‘perspectiva sólida y coherente’ que exige el autor.

En términos generales, aunque resulta detestable el sexismo ‘incluyente’ en el lenguaje, y más en el mediático, comunicacional, el cual  le da alcance universal a lo expresado con él, pero sin más ánimo que el de la ‘parcialidad’ exigida, se haría necesario, y hasta obligado, a la hora de destacar delitos criminales que involucran la condición genérica, o sexual, ya que la palabra género poco a poco se ha ido diluyendo en una asombrosa proliferación de su significación semántica ortodoxa.

Caso contrario, termina por ser adjudicable tan solo a una sola de esas dos condiciones —o tres, o cuatro, o las que sean— que hayan en la actualidad.  Los artículos gramaticales, los adjetivos y las sustantivaciones —UN energúmeno, EL violador, LOS individuos masculinos, ESTOS depredadores, LOS niños— en perjuicio de un excluyente masculinísimo para señalar perversiones de la sexualidad humana parece que librara —de hecho, exculpa— de las mismas al género femenino. Las mujeres, en su condición de víctimas, están ajenas a provocar algún tipo de seducción, y, en último caso, acoso a su contraparte masculina.

Entre otros aspectos de reducción del artículo, visto lo masculino desde el acusatorio simplismo de la alusión directa, y no logro entender si con señalamiento especifico de alguien en particular, referido a “un energúmeno rodeado de un falso aire de superioridad —debido a sus aparentes éxitos musicales, literarios o educativos”, me trajo a colación, tal vez sin que —supongo— esa sea la intención del artículo, el caso del cantante Placido Domingo, y me revoloteó la pregunta: ¿de cuántas mujeres habrá ignorado el cantante algún tipo de acoso o de simple insinuación, suficiente para, en los actuales momento en los que está de moda la denuncia y el asomo judicial, enjuiciar a cualquier varón? O desde el otro extremo del mismo terreno, ¿cuántas cantantes no habrán tenido acceso a las luces escénicas de la lírica mundial no tanto por sus encantos, que a lo mejor no eran muchos, pero si mayores que los liricos, solo por habérselos restregado al Domingo, ciertamente, un poder dentro del ámbito musical mundial? ¿Son atropellos de su parte? Parecería que desde lo masculino se convierten en actos de criminalidad. Ahora, ¿podrían él y otros hombres denunciar tales actos en contra de su integridad moral? Sí, pero no lo hacen. Primero, porque parece que los actos de seducción, acoso y hasta violación de mujeres hacia hombres, le aportan a estos cierto prestigio que sus allegados —y hasta la sociedad entera— les celebra. Y esto lo experimenta el espécimen masculino apena sale del vientre materno. Sus propios padres se encargan de mostrar orgullosos el entrepierna de la criatura en una clara señal de que la virilidad tocó las puertas de su casa. Pero los más serios y sensatos saben que cualquier acusación de su parte se vería fea, ridícula, impropia de la caballerosidad que obligatoriamente deben poseer los varones y porque saben, además, que el que se atreva corre el riesgo de ser acusado de algo más perverso que de violadora su acosadora. En el mejor de los casos, de necio, y, en el peor, de tener algo flojona la segunda, y la suelta, o, lo que es lo mismo, se la moja la canoa.

Pero, ¿por qué, entonces, y desde una única perspectiva, se le da tanta importancia, y hasta licencia, a las mujeres para que lo hagan? Sin apartarnos de la lírica, ¿alguien denunció los atropellos que rodearon la vida marital del bolerista Felipe Pírela? ¿Alguien, si no la historia, se hizo eco del impúdico y perverso acoso al que fue sometido, que lo llevaron a dejar su país y enfrentarse a una muerte trágica? ¿Que su muerte no tuvo nada que ver con el acoso de su esposa y suegra? De acuerdo, pero del mismo no salió ileso, su destrucción moral fue inmediata.

En el mundo del cine, ¿qué se hubiese pensado de Johnny Deep si en su momento hubiese denunciado lo que se supo años después: que su mujer le cortara un dedo, le quemara la cara con un cigarrillo, le echara a la basura sus medicamentos, le pegara con la puerta, lo golpeara, lo pateara, lo escupiera, se burlara e insultara haciéndole sentir un ser inferior y —no contenta la corsaria— lo acusara falsamente de violentarla a pocos días de que la madre del actor muriera? Ahora es del dominio público —de hecho, lo tomo de una información mediática— “lo que siguió casi lo lapida. Lo acusaron de machista y maltratador y le quitaron su papel de Jack Sparrow y perdió contratos”. Pero ella, victoriosa, con la patente en la mano, da clases de moral, empoderamiento femenino y charlas para víctimas de violencia. La verdad se supo tarde, pero el que el famoso Pirata de Caribe, la estrella de Peter Pan, aunque lo saben inocente, y lo dicen, ocultan el apoyo que le dieron a su mujer cuando ella comenzó y llevó a sus últimas consecuencias de maltrato su campaña de destrucción. Más de 88 audios probaron la inocencia del actor, pero el mal ya estaba hecho.

Sin ánimo de desviar el tema hacia otros laberintos de cuestionamiento a los señalamientos parcializados y sesgados de abuso sexual, el sectarismo en la aplicación de preceptos morales ha llevado sistemáticamente a países del planeta a resultados sociales desastrosos. En esto, está de más decirlo, resaltan  intereses políticos y, no pocos ni menos, ruines razones ideológicas, que sabemos se pasan libremente por el forrín los estamentos de la legalidad constitucional.

 

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