Edilio Peña / UN AUTOR MAGNÍFICO, por Gennys Pérez

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El tiempo teatral es el presente de un futuro desolador, el futuro de una tierra olvidada por todos.

“No es que dios no exista, es que dios está cansado, el dolor de saberse tan solo como el hombre se ha apoderado de él”

Philipp Mainländer.

Por razones editoriales, no puedo hablar de la obra ni de su contenido, tampoco de sus personajes, así que sólo podré comentar sobre las impresiones que me ha causado esta reciente pieza teatral escrita por Edilio Peña.

Perforando el pensamiento del filósofo Mainländer trato de acercarme a la poderosa obra del maestro Edilio Peña.Me atrevería a decir que en el imaginario de este autor, dios no sólo está cansado y desamparado como el hombre, sino que el verdugo se hizo un dios todopoderoso capaz de producir una nueva raza humana para mantenerla oprimida, una raza que muta física y espiritualmente, nacida no de un vientre maternal, sino de una montaña de basura, donde el cuerpo y el lenguaje están degradado a su mínimo valor humano, y donde el verdugo tampoco puede escapar a esta degradación.

Tengo que confesar que he tenido que soltarla en cada escena, apartarme de ella para soportar.

No me sorprende la creatividad vanguardista del autor, porque lo conozco, lo he leído por años y es uno de mis dramaturgos esenciales. Pero, en esta pieza, Edilio se supera a sí mismo, sus diálogos son despiadados y sin tregua empuña la pluma como si se tratara de una daga, la daga con la que se venga y logra recuperar un poco la dignidad del hombre, el hombre que ha sido humillado sin misericordia alguna.
Desde ese punto de vista forjado en el reconocimiento de la tragedia que supone la vida ultrajada de todas las formas posibles, ultrajada incluso más allá de la muerte, en el absoluto, es de donde el dramaturgo parte para crear una pieza única e irrepetible, que no tiene referentes en nuestra dramaturgia venezolana, y cuidado si tampoco en la dramaturgia latinoamericana.

El acontecimiento fantástico, lo inimaginable no es un recurso literario, es parte del paisaje geográfico donde habitan sus personajes, es intrínseco a ellos, tampoco viven con asombro ‘lo fantástico’, lo experimentan sin pestañear, sin sentirse atravesados, y es que lo fantástico en la obra está inevitablemente unido al horror, un horror normalizado, naturalizado por los verdugos y las víctimas, por las situaciones delirantes que experimentan.

Lo trágico y demencial ya no produce dolor en los personajes, porque están más allá del dolor y la locura, a lo único que sus personajes le huyen o temen es llegar al nivel más bajo de la degradación humana, un subnivel, una mutación genética donde pierden el lenguaje, y por supuesto la poca dignidad que les queda de ser hombres y verse convertidos en bestias.

No digo que el recurso literario de lo fantástico no haya sido utilizado en nuestra literatura latinoamericana, pero sí sospecho que nunca fue llevada a estos niveles despiadados.

No podemos obviar a los más conocidos: Gabriel García Márquez, Julio Garmendia, Amparo Dávila, Juan Rulfo, Julio Cortázar o Jorge Luis Borges. La verdad es que la imaginación fantástica es parte de nuestra literatura al menos desde aquel poema Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz.

Pero en el caso de Edilio Peña, lo fantástico no nos lleva a un estado de belleza, sino a un grado de horror, a imágenes realmente repugnantes que son parte de estos personajes sin identidad alguna.

El tiempo teatral es el presente de un futuro desolador, el futuro de una tierra olvidada por todos, incluso por sus habitantes que viven de los efectos de algunos recuerdos.

No podemos ubicar una referencia en los textos dramáticos donde la presencia de ambientes misteriosos, sobrenaturales o fantásticos como parte de la trama renovaron la escena teatral de fines del siglo XIX en Europa, especialmente en España, con el denominado ‘teatro de ensueño’, en todo caso el de Edilio Peña sería el ‘teatro de pesadilla’.

Tampoco lo podemos ubicar solamente en Eugéne Ionesco o Samuel Beckett, hay mucho de estos dos dramaturgos en toda su dramaturgia. Ni en un teatro de la crueldad, porque en Edilio Peña lo absurdo y la crueldad son ilimitados. No tiene pudor, yo diría que es llevado hasta el sadismo literario, a ver cuánto aguanta el género, y cuánto la soporta el espectador.

En la obra la condición humana y la dramaturgia luchan por no ser degradadas como la vida ya lo ha sido, y esta batalla la podemos captar en la mezcla genial del uso del lenguaje de los diálogos, donde filosofía, política, poesía y coloquialismos conviven de forma magistral.

Lo mismo pasa con lo simbólico que convive con los hechos históricos contemporáneos sin estorbarse, por el contrario se amalgaman de forma creativa para hacer un rescate de la memoria colectiva, y en esto, Edilio Peña no hace concesiones de ningún tipo, cuando debe llamar las cosas por su nombre las llama sin titubeo alguno.

El dramaturgo potencia lo trágico, lo satiriza y en muchos casos lo ridiculiza: verdugo y víctima quedan expuestos en sus extremos de verdades filosóficas, simbólicas y políticas.

En su pieza teatral todo sufrimiento en los personajes incluye una transformación en sus cuerpos y en su forma de pensar, mutan.

Todos son inocuos a la crueldad, incluso pueden llegar a justificarla de manera frívola y entretenida.

La pieza es delirante, perturbadora y única en su estética y planteamiento.

Peña ha fundado una nueva estética teatral que aún no sabríamos nombrar, la pieza camina sola, no creo que pueda estar acompañada por un largo periodo de tiempo, pero estoy segura que será inspiradora para muchos creadores.

El autor nos puso la vara alta. Este teatro del horror que ni siquiera encontramos en la truculencia de Tito Andrónico de W. Shakespeare, nos hiere de una forma definitiva, una vez vivida la experiencia dramatúrgica, será imposible levantarse de la butaca sin sentirse transformado para siempre.

He llorado, leído y llorado. También en reído, pero rápidamente la risa se me hizo hiel. Por momentos creí no resistir ni sobrevivir a su lectura.

No es una obra para todo público, no es entretenimiento, tampoco es una pieza que puedas montarla escénicamente literal como está escrita, es imposible, contiene todos los géneros y todas las estéticas en sí misma.

Es una extensa obra teatral que nos obliga a ver la perversidad del verdugo y de las mutaciones en nuestro ADN biológico y espiritual que estamos dispuesto a asumir con tal de sobrevivir, sobrevivir no a un virus, sino a la maldad del poder político.

El horror ya no nos asombra porque somos el horror.

Agradezco profundamente que tengamos un dramaturgo de este calibre en nuestro país, que sea nuestro, lo abrazo infinitamente, lo amo con todas las fuerzas de mi ser.

Estoy feliz de que pronto su libro será publicado con todas sus últimas piezas teatrales escritas, merece esa publicación y mucho, mucho más.

Gracias maestro por existir y permitirme entrar en su imaginario.

Lo amo y admiro hasta el infinito.

 

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