Una figura realista / EL PELIGROSO EXAMEN DEL CORONAVIRUS, por Karin van Groningen

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Abandonado a su suerte en el único pasillo de entrada al centro de atención médica para los exámenes del coronavirus.

Berlín. Había un señor muy mayor sentado en el pasillo por donde teníamos que pasar para hacernos el examen del coronavirus. Sólo con un resultado negativo, podríamos viajar.

Estaba el señor tieso, blanco como un papel, con una mirada tan triste que resquebrajaba el alma… Se veía desde la calle a través de los grandes ventanales del gimnasio convertido, probablemente con gran apremio, en centro de atención médica. Tan enfermo que daba horror. La obligación de llegar hasta los mostradores de atención de pacientes, a través del pasillo en el que se encontraba sentado el muy enfermo señor, chocaba con la imagen de precisión y escrupulosidad que rodea a los nacionales de este país. Precisión y escrupulosidad que es sabido que se agiganta cuando se trata de salud pública. No queríamos atravesar el pasillo a pesar de que la nieve comenzó a caer con fuerza. No queríamos pasar por el lado del señor con un gorro de lana calzado en su cabeza y un grueso abrigo de esos confeccionados para hacer frente al helado vendaval que estaba ocurriendo en el exterior. Ese color verdoso de sus facciones se distinguía a pesar de la oscuridad que poco a poco invadía el entorno haciendo más tétrico el acceso al pasillo. Tal vez el bombillo mortecino que tenía sobre su cabeza ayudaba a apreciar mejor la fatídica tonalidad de su demacrado rostro. Tan enfermo que daba horror. Y es que ese color verdoso de sus facciones que contrastaba tan fuertemente con su muy buena indumentaria invernal nos informaba de una muerte inminente. Inevitable.

Abandonado a su suerte en el único pasillo de entrada al centro de atención médica para los exámenes del coronavirus. Nos sentíamos atrapados. Debe haber otra entrada, nos dijimos esperanzados. Preguntamos por ella a algunos de los pacientes que se encontraban en la calle y que también parecían mirar al señor con preocupación. No, no había. Había que pasar por un lado del señor moribundo con la mirada triste, clavada tal vez ya, en algún punto del más allá. Una segura infección era lo que se podía obtener con sólo acercársele unos metros. Y con ella, también una muerte segura. Pero teníamos que entrar para obtener el necesario certificado. Y al hacerlo, procuramos pasar por su lado con toda la rapidez posible. Ni tan siquiera respiramos. Entramos al gimnasio y las grandes puertas de vidrio se cerraron automáticamente tras nosotros. Algo más tranquilos, inhalando una gran bocanada de aire, miramos para atrás. Desde ese nuevo ángulo observamos sorprendidos la impactante estatua sentada en el banco instalado en el pasillo.

Publicado originalmente en https://pasionpais.net/

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