Un grito desde Teherán / EL MOÑO SUELTO, por Antonio Llerandi

Arezoo necesita que la liberen, que la ayuden a ser una mujer completa. Foto de Ebrahim Noroozi / AP

La foto que encabeza este artículo es precisamente lo que lo motivó. Se la debemos a Ebrahim Noroozi de AP, ubicada en Teherán, la capital de Irán. El sitio importa, pero no tanto. Podría ser cualquier otro de los países musulmanes. La época es actual, lamentablemente actual, aunque de haber existido la fotografía, podría suceder en la era medieval. Para el caso es lo mismo. Haber sido un grupo de monjas del siglo XIX o misioneras en cualquier parte del mundo o religiosas de reclusión.

Incluso podríamos llegar a pensar que voluntariamente están así, que asumen ese enredo de telas y ocultamientos como un destino, como algo no sólo que la religión y los usos y costumbres se lo imponen, sino que creen en ello, que esa es la condición por la que vinieron al mundo y por lo tanto el rol y la actitud que deben tener. Debemos asumir que todas son mujeres que se asumen como mujeres, que sienten como mujeres, que tienen órganos de mujeres que las diferencian de los hombres. Y eso en la religión musulmana es definitorio, bueno en realidad en las tres religiones monoteístas nacidas en Jerusalén, la ciudad originaria de todas ellas. Allí se originaron el judaísmo, el catolicismo y el musulmanismo.

Y en esas tres religiones la mujer siempre ha tenido un lugar, por decirlo bonito, unos pasos más atrás que los hombres.  Con el correr de los tiempos algunos aspectos han mejorado, pero los tiempos han corrido más rápido que las mejoras.  En el judaísmo y el catolicismo ha habido ciertos avances en el tratamiento de la mujer, poco, escaso a mi manera de ver, la mujer sigue estando en un segundo plano. No pueden ser oficiantes de la religión, salvo algunas excepciones, en ramas salidas un poco de la ortodoxia. La voz de mando la llevan los hombres.

El catolicismo utilizó una destreza de marketing, a medio camino entre la religión monoteísta y las anteriores politeístas, en primer lugar al hablar de las tres divinas personas por aquello de abrir el diapasón a más de uno y sobre todo con la creación de un ejército —que aún siguen estratégicamente aumentando— de santos y también —en eso fueron originales— de santas. Una manera muy hábil de colarlas en los altares. Las otras dos religiones no tuvieron esa visión.  Se quedaron en el aparato como se diría en términos bastardamente hípicos.

Pero este artículo no pretende ser un análisis teológico ni nada por el estilo. Bajemos de ese cielo complicado y pongamos los pies sobre la tierra. Sobre la tierra que nos describe esa foto. Véanla bien. Detállenla. Obsérvenla con detenimiento.  En ese mar de telas negras solo quedan al descubierto dos instrumentos vitales de los seres humanos, los ojos y las manos. Estas últimas muchas veces reposan en ese lugar del cuerpo donde anida el corazón. Instrumento casi siempre atañido al amor, a la devoción, al compromiso.

Hay un pequeño detalle que hace la foto diferente. Dos de ellas sostienen en esas manos un instrumento actual. Un instrumento que algún fanático podría llamarlo infernal: un teléfono celular. Un instrumento que produce un milagro terrenal, nos comunica con el mundo.

De las dos poseedoras del malhadado teléfono fijémonos en la más cercana, llamémosla Arezoo, por colocarle algún nombre que la diferencie de las demás. Escogí Arezoo porque es un nombre usual en persa que significa deseo. Arezoo no parece ser de las más jóvenes. Sus manos, si la comparamos con la que aparece más cercana en la foto, la demuestra un poco más envejecida. Pero estos detalles no son más que un merodeo por tratar de penetrar en la mente de Arezoo.

Arezoo está gritando, aunque no la oigamos en la foto. Aunque las fotos no tienen sonido, yo la oigo gritando desesperada y me llegó a lo más hondo de mí. Me está gritando, le está gritando al mundo y a los que la quieran oír, que ella quiere ‘soltarse el moño’. La imagen, dibujo o gráfica —no importa qué— del cascarón protector de su celular tiene una figura que la delata. Una mujer completa, con su pelo suelto al aire, con una larga melena de libertad, con unos lentes para que el sol no la enceguece y poder ver mejor la realidad, con una flor en esa cabeza para sentirse bella, grande, superior y por nada entumecida en esa mortaja que se le impone y que no la deja vivir.

Arezoo necesita que la liberen, que la ayuden a ser una mujer completa. Es un grito desesperado a todas las feministas del mundo: “liberen a Arezoo”.  Sola no puede. Ya muchas mujeres dirigen países y están demostrando que lo hacen muy bien. Sigan así, Alemania, Nueva Zelanda, Australia, Finlandia y tantos otros lo han hecho. Estados Unidos estuvo a punto, de hecho una mujer ganó las elecciones pero las triquiñuelas electorales no le permitieron el poder, pero sigan intentándolo. Son la mitad del mundo y tienen el derecho a la igualdad. Arezoo se lo está pidiendo a gritos. ¿No la oyen?

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