Todo cambió / STREAMING VERSUS CINE Y TV, por Antonio Llerandi

Te sientes absolutamente libre de escoger lo que quieres ver y cuando lo quieres ver, pero —ahí viene el primer pero— encontrar la vaina no es nada fácil.

De que la vaina cambió… cambió. Antes íbamos al cine y veíamos TV, aun sabiendo que el televisor, como alguien lo calificó, era un aparatico estúpido. Ahora no, ahora los televisores, como los teléfonos, son inteligentes, los estúpidos somos nosotros. Tanto, que esos aparaticos —aparentemente inofensivos— nos controlan, nos alienan, nos cambian la conducta. Pero hagamos historia.

Cuando existían esos mamotretos a punto de desaparecer, llamados plantas televisoras, transmitían programas en un cierto horario. La señora sabía que a las 9 pm le tocaba a  la telenovela que la tenía prendada y que duraba una hora, eso sí interrumpida de vez en cuando por unos espacios publicitarios que en argot televisivo se llamaban negros, y no me estoy refiriendo a los de la raza, no sea que me lo vayan a execrar en EEUU donde esa palabra no se puede usar. Esos negros servían para que la Colgate Palmolive y similares auspiciaran el consumo de sus productos y por esa razón —y en función de un verdugo que lo controlaba todo y que llamaban rating— ellos pagaban y la televisora ganaba unos reales y le pagaba una partecita a los que hacían la telenovela y el ciclo, como siempre, terminaba en unos actores y técnicos comprando, con lo que habían ganado, unos productos de la Colgate Palmolive.  Llámese sociedad de consumo.

Pero eso se acabó… o está a punto. Ya no quedan sino algunas señoras latinoamericanas pegadas a un televisor de los viejos, viendo lacrimógenas telenovelas, calificadas de culebras en algunos países o de soap operas (por aquello del jabón de la Procter&Gamble y otras) en el Norte.

Ahora todo se convirtió en streaming, que en español llamaríamos transmisión, que es la palabrita de moda para decir que el asunto va por otras vías —es decir, por internet— a unos televisores de esos inteligentes que están conectados (previo pago desde luego) a unos servidores, más inteligentes que el zipote, que tienen en sus depósitos sopotocientos programas, llamados, series, seriales y mucho más. Netflix, Hulu, Disney, Amazon, Apple, para mencionar a los más grandes y suma y sigue.

Se acabó eso de que apúrate con ese café que son las 9 y va a empezar la telenovela. No señor, ahora puedes verla a la hora que te salga del forro de tu paltó, no sólo ese capítulo, sino todos los que te de la real gana y cuando te de la ídem. Tú eliges el menú que más te guste y te lo consumes a la velocidad que quieras, después del desayuno, durante el almuerzo, de aperitivo  en la cena o a medianoche cuando todos duermen.

Te sientes absolutamente libre de escoger lo que quieres ver y cuando lo quieres ver, pero —ahí viene el primer pero— encontrar la vaina no es nada fácil. Si  vas al buscador te vas a encontrar que si alguna vez viste algo donde salía un elefante, te van a aparecer diecisiete donde de alguna forma los paquidermos tienen que ver. O un actor, y aquí van treinta y dos donde él también participa, y funcionan entonces unos algoritmos de búsqueda donde siempre terminan poniéndose de primeritos aquellos que ellos quieren que veas y no los que te da tu perra gana. Y en esa búsqueda se te pueden ir un pocotón de horas y terminas arrechándote y no ves nada o terminas por medio mirar cualquier porquería que se te aparece, porque total ya estás cayéndote del sueño.

Los streaming también se tragaron el cine, porque para qué vamos a vestirnos, salir, hacer una cola para pagar los tickets, otra para las cotufas, y meternos en ese cuarto oscuro, habiendo pagado 12 dólares por cada uno, que más las cotufas y el estacionamiento y en fin son como 50 dólares, cuando sentaditos en el sofá confortabilísimo de la casa lo vemos mejor, las cotufas nos cuestan casi nada y encima no gastamos ni en gasolina. Y todo pinta a que en el futuro, todo será streaming y nada más.

Y voy ahora al mayor peligro que nos depara el futuro, o que ya nos está afectando. Como ya cada vez el cine se ve menos, cuando un director tiene un guion de su peliculita que calcula como las de antes que dura entre 90 o 100 minutos, y va a ser muy difícil que me la logren distribuir en cines, pues nada, a alargarla para convertirla en una serie de cuatro capítulos a ver si se la logro vender a Netflix. Y alargan la vaina hasta el infinito. Y si, como decía Tarkovsky: “el tiempo es la materia prima del cine”, pues lo estamos asesinando y punto.

Y ya lo estamos viendo, Scorsese, que algunos lo consideran un genio del cine —para mí un buen artesano y ya—, agarró un guion de hace veinte años y lo alargó y lo alargó y lo convirtió en una vaina de tres horas veintiocho minutos, una ladilla inmamable, porque total, el streaming lo aguanta todo. O una seriecita como Unorthodox, que a lo mejor era una peliculita mediocre de 90 minutos y la inflan y la inflan hasta una ristra de episodios, donde no pasa nada o muy poco, y a aguantarla porque el sofá de tu casa es bien cómodo.

Debo reconocer que el streaming ha facilitado las cosas pero ha hecho un daño enorme con el tiempo, con nuestro tiempo, porque la mayor parte de los realizadores, sobre todo los mediocres se han puesto a jugar con nuestro tiempo, creyendo que mientras más largo mejor, ni que tuviéramos las mil y una noches.

 

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