Soñar y pensar / EL CEREBRO, por Antonio Llerandi

“Permítanos pensar por usted”

El título de este artículo tiene que ver, en parte, con ese órgano generalmente dentro de nuestras cabecitas y que posee, diríamos, tres funciones fundamentales, creo yo, una policial de darle órdenes a nuestro cuerpecito para que funcione y otras dos absolutamente creativas: soñar y pensar. Es posible, digo yo, que haya otras, pero esas sutilezas se las dejo a los científicos para no competir con ellos y quitarle su fuente de trabajo.

Soñar, se sueña en imágenes, esas locas e incontrolables que a veces nos despiertan o nos aturden cuando tenemos a bien abrir los ojitos después de eso que se ha dado poéticamente en llamar “el deparador sueño”, para algunos, o “reparador” para otros.  Recordémoslo o no, los buscadores de causas y consecuencias, nos aseguran que todos aquéllos que portamos con orgullo el título de ser humano, soñamos todos los días, o mejor dicho, todas las noches, pues a esta hora es que la mayoría coloca, plácidamente o no, su cabecita —contentiva del cerebro—sobre la almohada. Y puesto a ver sobre el asunto, me pregunto si precisamente la almohada, ese mullidito colchoncito minúsculo que nos ayuda al bien dormir, no sería creada para aposentar de la mejor manera el cerebrito y que esté en las mejores condiciones para soñar.  Soñar no cuesta nada, ha sido una frase habitual con los tiempos, y es sumamente estimulante porque demuestra que se trata de una de las pocas cosas gratuitas que quedan en este mundo, quizás la única. Hasta los pobres pueden soñar y eso es una virtud y —por qué no— un privilegio.

Soñar es la función del órgano al que nos referimos más ligada a esa parte, que en ausencia de una mejor definición, llamaremos la locura de los seres humanos, aunque locura puede ser una definición un poco fuerte, para darle nombre al lado irracional, impredecible, creativo, especulativo que mal que bien, todos llevamos a cuesta. Soñar es tan pero tan barato que lo único que se necesita para hacerlo es dormir, así de simple. Aunque debo reconocer que a veces hasta para dormir, la cosa se pone bien pelúa. Y si no, pregúnteselo a los habitantes de la sufridísima Maracaibo.

Ahora vamos con la otra: el pensar. Ayayay, ahora si estamos metidos en un berenjenal. Lo anterior nos pareció facilito y todo el mundo que iba leyendo iba afirmando con el movimiento habitual de la cabeza, pero ¿cómo le vamos a entrar a este espinoso asunto?  Tratémoslo y esperemos que sea de la mejor manera. Hagamos un poquito de historia.

Cuando Venezuela existía, había una serie de empresas que —por nombrarlas de alguna manera— las llamaron agencias de publicidad. Su objetivo comercial, según estatutos y leyes, consistía en tratar de convencerlo a uno de que comprara, cualquier vaina, pero que comprara.  Mientras más compraras lo que ellos publicitaran, más mejor —como se dice en criollo— eran sus ganancias.

Hubo muchas agencias de esas, famosísimas durante décadas, pero existió (¿existe?) una en particular, donde por cierto trabajaron eminentes plumas de lo literario latinoamericano, incluso hasta Alejo Carpentier, aunque ese era más francés que otra cosa, si bien al final se las dio de cubano.

El nombre de la susodicha era Ars Publicidad, pero lo importante no era el nombre, sino el eslogan que la caracterizaba: “Permítanos pensar por usted”. Premonitorios los chicos, pues nos echó esa broma a los sufrientes portadores del calificativo de vivos en este siglo XXI.

¡Ajá! Decíamos que gracias al cerebrito, pensábamos. ¿Con qué se piensa? Con palabras, y si no las conocemos, es difícil pensar. Todos se supone que pensamos, pero si conocemos poquitas palabras eso significa que pensamos poquito. Como lo demuestran algunos ejemplares exitosos de regatoneros de última generación. Con tres palabritas te creo una canción: “Te lambo toa”. Perdón, de vez en cuando cuelan una cuarta: culo.

Bueno, me dirán muchos, pero para eso está la educación. Pero es que la susodicha está peleando hoy en día con unos monstruos gigantescos y poderosísimos, que algunos cerebros crearon para joder —porque muchos eso sí lo saben hacer y muy bien— que la mientan inteligencia artificial. Más artificial será su madre, o las tetas que se puso. Ninguna inteligencia puede ser artificial, toda inteligencia es humana o no lo es.  Tecnología arrechísima puede ser, pero inteligencia nunca. En todo caso, unos vergatarios, bien o mal inteligentes, crearon unos corotos para fregarnos a los más bruticos.

Mientras más bruticos mejor, más en cantidad y en calidad. Porque además con teléfonos inteligentes, televisores inteligentes, ¿para qué hay que estar perdiendo el tiempo en pensar? Qué fastidio, eso te complica la vida.

Los científicos prevén que algunos órganos, como la llamada apéndice desaparecerán por inútiles. Tan facilito que es comer, cagar, singar, bailar reguetón y eso lo ordena el cerebro automáticamente. Bueno, el pedacito de cerebro que quedará entonces. Para todo lo demás existe Master Card. Cuña gratuita, ¿la inventaría Ars?

 

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