Caballos salvajes / HACE SESENTA AÑOS, por Andrés Hoyos

Mick Jagger y John Lennon, dos símbolos de los años sesenta.

Soy medio alérgico a los aniversarios —los números redondos por lo general no significan nada— pero una voz me dice: hace sesenta años comenzó la década de los sesenta. Cualquier día es tan bueno como el siguiente para contradecirse, así que hoy lo voy a hacer. Ni modos.

En 1960 yo era apenas un niño de seis años y al final de la década, en 1970, estaba interno en un colegio gringo. Pese a mi clara inmadurez adolescente, sentí que la estampida de caballos salvajes de la inmensa y descontrolada creatividad de la época pasaba no lejos de mí. Esta creatividad abarcó casi todas las artes, si bien es imposible no destacar la música popular anglosajona como su máxima expresión. Según se veía por los LP que había en mi casa entonces, eran célebres personajes de valor variable, marcas blancas, por así decirlo: Pat Boone, Paul Anka, Tony Bennett. Entre los que escuchaban mis padres había otros un poco más difíciles de clasificar, como Frank Sinatra y Eartha Kitt. Aunque en casa no se oía, también figuraban Elvis Presley y los grandes cantantes del jazz, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Nina Simone, que perduraron y/o se reinventaron.

Pero la lista de la década siguiente es sencillamente abrumadora: los Beatles; Bob Dylan; los Rolling Stones; los Doors; Janis Joplin; Jimi Hendrix; Simon & Garfunkel; Crosby, Stills, Nash & Young; The Supremes; Led Zeppelin; Joan Baez, y salgo a deberles cualquier cantidad. Por lo demás, el rock and roll de los cincuenta entroncó de maravillas y se sofisticó muchísimo en la música posterior.

Usé arriba la metáfora de que aquello parecía una estampida de caballos salvajes, lo que significa que no habían pasado por manos de un domador. Dicho de otro modo, los artistas hacían lo que les apetecía, el público les perdonaba sus pifias en el proceso de ensayo y error, y las disqueras o los productores no tenían mayor intervención, salvo por vender lo que les caía en las manos y en muchos casos apropiarse en forma abusiva de los derechos de las canciones.

Los hubo, claro, que fueron flor de un día, pero los mencionados perduraron y, sobre todo, establecieron un estilo propio, no como en las décadas subsiguientes en las que lo normal eran los productos empacados según las modas más que todo breves que iban surgiendo: diga usted el arte diseñado por un comité ejecutivo, de personalidad gris y acomodaticia. No se resolvió entonces, ni se ha resuelto todavía, la escasa duración del ímpeto creativo juvenil. Son muy raros quienes, como Leonard Cohen, siguen reinventándose con éxito toda la vida, según se ve en una biografía que he estado leyendo durante la cuarentena: I’m Your Man. Su último disco, póstumo, es un prodigio: Thanks for the Dance. Cohen, forastero —era canadiense— y extemporáneo —nació en 1934, antes que muchas celebridades de los años sesenta—, ofrece una óptica magnífica para leer esos tiempos y sacar algunas conclusiones sobre su evolución.

En los sesenta también se dio una peste tanática de la que he hablado en otra parte. Algunas de las voces más sobrecogedoras fueron víctimas de su propia mano o debido a los excesos sin control en los que incurrieron: Janis Joplin, Brian Jones, Jim Morrison, Elvis Presley, al igual que poetas por el estilo de Sylvia Plath. Es cierto que algunos murieron después de 1970, aunque la suerte estaba echada desde antes.

La posterior burocratización de la música es una lástima. Se parece demasiado a las papas fritas de paquete.

andreshoyos@elmalpensante.com

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