A propósito de José Gregorio Hernández / LA OTRA CARA, por Antonio Llerandi

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La oportunidad la pintan calva y aunque a José Gregorio no se le ve por el sombrerito.

Hace mucho tiempo perdí mi virginidad. No me refiero a la que ustedes piensan, sino a la que mucha gente conserva aún: la de interpretar los hechos y las acciones de la manera más inmediata y simple posible.

Me gusta entender los porqués de muchos asuntos y no quedarme en la superficie de ellos, o en las interpretaciones simplistas, pues muchas veces tienen unas intenciones poco claras o simplemente ocultas. Nunca he aceptado una verdad como absoluta, salvo algunas demostradas fehacientemente por la ciencia, y aun así, muchas pueden cambiar.

Imagínense que en este planeta todavía hay gente que dice que la tierra no es redonda ¿Será que hay que montarla en un cohete y mandarla de viaje con los astronautas para que vea la vaina en vivo y no siga diciendo estupideces?  Bueno, este caso es fácilmente refutable, pero hay otros muchos difíciles de demostrar, tanto, que hoy en día son el alimento fundamental de los gorjeos (twitteres), carae’libros (facebooks) y demás.

Sembrar la duda es facilito. Pues bien, voy a hacer un ejercicio al respecto. Y créanme que hay muchos elementos para considerarlo posible.

Hace unos días toda la venezolanidad —la de adentro y la regada por el mundo— aplaudió a rabiar la beatificación del médico José Gregorio Hernández. Nadien (en plural, como se dice en muchos sitios en Venezuela) lo cuestionó. Hagamos una investigación al respecto.

De acuerdo con una búsqueda vaticana, Venezuela a partir  del 19 de junio de 2020, en que se ascendió a José Gregorio —nosotros somos muy confianzudos y lo mentamos así y no Dr. Hernández, como debería ser— tiene en su ranking cuatro beatos. Cumpliendo con las normas del feminismo, tres beatas y un beato para ser más precisos. A saber, Laura Evangelista Alvarado Cardozo (Madre María de San José), declarada beata en 1995 por el papa Juan Pablo II; Susana Paz-Castillo Ramírez (Madre Candelaria de San José), declarada beata por el papa Benedicto XVI en 2008, Carmen Elena Rendiles Martínez, declarada beata por el papa Francisco I en 2018 y desde hace unos pocos días el único representante del sector masculino, el ya mentado Médico Milagroso.

En el renglón inferior, en la categoría de venerable (¿las feministas dirán venerabla?) tenemos dos, Emilia Chapellín Isturiz (Madre Emilia de San José), decretada en 1993 por Juan Pablo II, y Luisa Marcelina Aveledo (Marcelina de San José) decretada en 2012 por Benedicto XVI. Como dato curioso, de las cinco mujeres en el ranking por Venezuela, cuatro de ellas son mentadas como de San José, y el hombre se llamaba José, con lo cual queda claro que hay un cierto favoritismo por la tendencia del padrastro de Jesús, o este sector tiene más capacidades milagrosas.

Pero dejémonos de detalles historicistas y vayamos al asunto que nos interesa. Como se puede deducir de los ejemplos anteriores, el proceso de las beatas no fue muy demorado que digamos. Analicemos ahora el caso del beato.

En 1949 empezó el proceso de canonización de José Gregorio, tuvo que esperar 37 años para subir al escalón siguiente, pues recién en 1986 fue declarado venerable, y de ahí hasta estos días, 36 años más para ascender a beato. ¿Habrá que esperar otros 36 o 37 años para que lo eleven a santo? De esa categoría no tenemos ninguno, ahí si va Venezuela detrás de muchos países del mundo.

Mi duda más grande —y perdónenme mis amigos fervientes por ella— es la siguiente: ¿Si los procesos religiosos son tan largos y complicados, sobre todo en el caso del médico en ciernes, por qué de repente —¡zuás!— nos lo beatifican de un zopetón?  ¿Habrá algunos intereses moviéndose por ahí?  ¿Será la palanca de nuestro Papa Negro Arturo Sosa, que como ahora está en el Vaticano echó una empujadita? Yo entiendo que muchos milagros son difíciles de descifrar, pero siendo el susodicho médico podrían haberse aprovechado oportunidades más fáciles, digo yo. Pero la pregunta de las 64.000 lochas —¿se acuerdan de esto?— es la siguiente: ¿no sería una decisión de Francisco el Primero para tirarle un cabo al gobierno que él no critica y que se encuentra pasando por muchas dificultades?

La oportunidad la pintan calva y aunque a José Gregorio no se le ve por el sombrerito, de repente favorece  que todos los rezadores de ayuda ahora tengan uno más elevado que crean que les va a resolver el problema, y encima médico, que viene muy bien con los padecimientos del coronavirus. Ya que San Donald les falló.

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