El caracter es destino / UN CLIMA RARO, por Carlos Sánchez Torrealba

Han pasado más de una y mil noches al aire desde que comenzó la pesadilla como hazaña triunfal.

Vigilantes, salimos del teatro con un clima impreciso, como en una mañana londinense o una tarde en una playa limeña, ensanchados por las emociones que nos había dejado el trabajo de mesa en la lectura de un texto de tinta caliente: muy raro el clima.

Hay días en los que el país amanece más inflamado que otros… que otros síntomas, que otros países, que otros días, que otras noches… ¡Ahora llevamos pandemia, cuarentena, más lamentaciones, acciones especulativas, otras especulaciones y temores! Eso es lo que se consigue. Al país nacional de ganas y gestos libertarios le han tomado —entre espesuras y amarguras atmosféricas— la Covid 19 y el socialismo del siglo XXI. ¡Se juntaron un roto con un descosido! A la herida le han puesto sal. Se escuecen el corazón y la piel del alma. Hasta las delicadas fibras nacionales siguen lastimándose. A los males terribles generados por unos cuantos menguados se le han sumado peores mayores. Han pasado más de una y mil noches al aire desde que comenzó la pesadilla como hazaña triunfal. En mitad del momento, sin embargo, una radio canta un viejo bolero: A las seis es la cita, no te olvides de ir. Tengo tantas cositas que te quiero decir. Al caer de la tarde, cuando se oculte el sol, nos hallará la noche hablándonos de… Una mano peluda le da un manotón a la radio que se estrella contra el suelo. Violencia sobre violencia, la guadaña se pasea junto al martillo despiadado en un vaivén azaroso en el que cualquiera puede morir decapitado, demolido, expropiado, baleado.

Lo más temible es la multiplicación de los portadores de la siega. Como legítimos y empoderados clones de un mismo enfermo violento y cruel se han desperdigado por el territorio que se lo reparten a sangre y fuego, expoliando, animados por quienes se han dado cita en torno a las añejamente trasnochadas monsergas de librito y gustan mirar la faena sangrienta desde las gradas presidenciales del coliseo refrigerado. Afuera, sirenas de patrullas y de ambulancias ululan junto a rítmicas canciones insepultas de un género de cuyo nombre no quiero acordarme pero que deambula a toda mecha, horrorosa. La ola violenta levanta como cuero seco, enorme, por aquí y por allá. El ciudadano de a pie apura cada vez más el paso para encontrar la comida o la gasolina antes que empiece el toque de queda. Se encuentra la señora con su vecina y la conversa es ágil y a distancia, cariños y cuídese por ahí. Una bala anónima pasa rozando una oreja. Otra bala loca se aloja en el pulmón de una reciente quinceañera. Unos cuantos prosiguen en sus diarias faenas, en sus gestas cotidianas como persona normal, decente y hasta sonreída. En el ínterin, un transeúnte pasa frente a una barbería donde hay un televisor prendido donde se puede mirar un solo canal, un solo mensaje de bienestar, una sola propaganda… ¡Cuidado si atraviesa la avenida sin mirar a los lados o si hace algún comentario adverso al respecto! ¡Nunca se sabe dónde hay un soplón! Los estudiantes siguen atendiendo estudios, compañeros heridos, banderas y buenas calificaciones vía internet. Milicos y policías de uniforme o de civil siguen persiguiendo y disparando sin preguntar, despojando. El asco y la náusea flotan como la calima. ¡Qué sofoco! Por encima se eleva el papagayo de un niño montado sobre una platabanda y por encima los gritos de su mamá para que venga para adentro y por encima una ráfaga de novecientos cinco tiros y unas detonaciones de nombres extraños mezclados con nombres patrióticos que revientan desde la esquina del coliseo.

Todo aquí es tan arbitrario y absurdo que hasta los redondeados coliseos tienen esquinas. El reloj de la catedral marca las seis. Un sol rojo se despide entre grises. Sube el estruendo hasta las gradas presidenciales donde están todas y todos muy bien apoltronados y precisamente así era como querían encontrarlos. No se los llevará la covid, ni el 19, ni el 20. Han llegado a buscarles sus clones de otras siglas. Es duro. Pero, ya lo dijo Heráclito, el carácter es destino. Fin de la cita.

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