Federico Fellini / EL CENTENARIO DE UN CREADOR UNIVERSAL, por Alfonso Molina

Cuando Fellini soltaba adrede una mentira decía que estaba construyendo ficciones para después, en segundos, afirmar que no todo lo real es verdadero.

Desde mediados del año pasado Italia se había propuesto celebrar en 2020 el centenario de Federico Fellini, quien nació el 20 de enero de 1920 en Rimini, pueblo de la Emilia-Romaña que habría de inmortalizar décadas después en su recordada Amarcord. Ya el más reciente Festival de Venecia había anunciado la exposición itinerante Fellini 100-genio inmortal que viajaría de Roma a Los Ángeles, Berlín, Moscú, Sao Paulo, San Petersburgo, Toronto, Buenos Aires y Tirana.

El realidad todo el planeta se preparaba para celebrar a un creador muy particular que convirtió su apellido en un  adjetivo —’fellinesco’— como una personalidad de marca propia e intransferible, pero la tragedia de  Covid-19 lo ha impedido todo de una manera sorpresiva. Italia —y el mundo en general— lleva adelante una guerra contra la pandemia porque en este momento lo más importante es salvar vidas e impedir la crisis económica.

Pero hay muchas formas de celebrar al hombre que llevó a su país cuatro —sí, cuatro— premios Oscar por películas no habladas en inglés (La Strada, 1954, Las noches de Cabiria, 1957,  Ocho y medio, 1963,  y Amarcord, 1975) y un Oscar honorífico (1993) por toda su carrera. Vaya récord. La forma más directa de rendirle tributo es volver a ver sus película. Ya les digo cómo.

Entre 1950 —Luces de variedades, codirigida con Alberto Lattuada— y 1990 —La voz de la luna— realizó 24 filmes —entre largos, cortos y especiales de televisión— en cuarenta años. Sus primeros trabajos fue como guionista durante los años del fascismo y solo tras la liberación, en 1945, escribió el guion de Roma, ciudad abierta, la magna obra de Roberto Rossellini que dio paso al Neorrealismo. Fellini volvió a escribir para Rosssellini, Lattuada y, sobre todo, Pietro Germi, hasta que codirige con Lattuada Luces de variedades y después, como autor en solitario, El jeque blanco (1952), Los inútiles (I vitelloni, 1953), El amor en la ciudad (1953), La calle (La strada, 1954), Almas sin conciencia (Il bidone, 1955) y Las noches de Cabiria (1957). En todas ella se siente la influencia de los neorrealistas. Ya había ganado dos premios Oscar.

Su carrera dio un vuelco significativo en 1960, al alejarse de los dramas sociales, con La dolce vita, que lo convierte en el director más aclamado de su generación y dos años más tarde codirige con Mario Monicelli, Luchino Visconti y Vittorio de Sica Boccaccio 70, sobre cuatro cuentos eróticos de la tradición literaria italiana. Cuando realiza Ocho y medio en 1963 su prestigio se dispara y su película se convierte en el gran referente cinematográfico de la década. En Francia estaba en pleno apogeo La Nueva Ola, otro aporte a la transformación estética en el cine. El resto es historia: Julieta de los espíritus (1965), un capítulo de Historias extraordinarias (1968), sobre un texto de Edgar Allan Poe, Diario de un director (1969), para televisión, Fellini Satiricon (1969), Los payasos (1970), también para televisión, Fellini Roma (1972), Amarcord (1973), Casanova (1976), Ensayo de orquesta (1979), La ciudad de las mujeres (1980), Y la nave va (1983), Ginger y Fred (1986), Entrevista (1987), para televisión, y La voz de la luna (1990). Tres años después murió en su amada Roma.

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