Mestizaje americano EL APORTE DE LOS NEGROS AFRICANOS, por Enrique Viloria Vera

Esa inconmensurable e indetenible mezcla de indios, blancos y negros dio origen a veintidós castas diferentes, embriones de nuevas e infinitas mixturas, de acuerdo con uno de los cronistas del Nuevo Mundo.

A Luis Moreno Gómez, por su País Pardo.

En lo concerniente al aporte sanguíneo africano al mestizaje americano es conveniente recordar que en los tiempos de la colonización al indígena americano casi se le exterminó porque “su pereza, su resistencia soberbia y su pensamiento profano no producían beneficios importantes para Europa: como consecuencia de ello se recurrió al negro africano para explotar al máximo su fortaleza animal y su escaso valor cívico” (Guerra Cedeño).

Por estas razones, vino a dar a América un importante contingente de negros que, en calidad de esclavos, llegaron al Nuevo Mundo para contribuir también, con su sangre primero y con su concepción del mundo después, a conformar el mestizaje americano. En este sentido, es conveniente recordar que las dos grandes procedencias del negro que llegó a América en condición de esclavo, se ubican en las regiones Sudán, al noroeste de África, y Bantú, al suroeste del mismo continente, de donde vendrían, respectivamente, los genéricamente denominados mandinga y angola.

España entra en el comercio esclavista en los tiempos de la conquista y colonización del Nuevo Mundo con el deseo de aumentar sus ingresos, participando en las ganancias que deparaba la trata de negros iniciada por los navegantes portugueses, quienes trajeron, primero a Lisboa, la metrópolis, y luego a América, esclavos provenientes de las famosas Costas de Guinea, Costa de Marfil, de Malagueta, de Oro, de los esclavos, y de una que fue menos conocida: la Costa de las Buenas Gentes, cuyos habitantes “parecen haber sido los únicos que se negaron a practicar el tráfico de esclavos.” (Guerra Cedeño).

En 1505, el rey Fernando envió un pequeño número de esclavos negros a trabajar en las Minas de La Española, quienes respondieron muy bien a las exigencias de las fatigosas tareas, propiciando que, en 1510, se le encomendara a la Casa de Contratación de Sevilla el traslado de 200 nuevos negros con el objetivo de aliviarle el trabajo a los indígenas e incrementar las ganancias de la actividad minera para beneficio de la Corona Española. Después de esa fecha, sea a través de la figura de las Reales Cédulas Especiales o del Asiento de Negros, los españoles trajeron innumerables esclavos provenientes del África que se constituyeron en verdaderas Piezas de Indias.

Para que un negro del África fuese considerado Pieza de Indias y pudiese venir a América en calidad de esclavo, según el Archivo de Indias requería tener: “siete cuartas de alto, así fuesen ciegos, tuertos o tuviesen otros defectos que aminoren el valor de dichas piezas. Los negros o negras, o muchachos que no llegasen a la altura de siete cuartas, se han de medir, y reducirlo a ellas, para que esa medida se compute como Pieza de indias; de modo, que tantas piezas de Indias harán cuantas siete cuartas montar en su altura”. Estas Piezas de Indias, provenientes especialmente del África Occidental, se mezclaron con el propio colonizador y con los indígenas para convertirse en uno de los componentes sanguíneos de esa trilogía que dio origen al mestizaje americano.

De conformidad con estos criterios fenotípicos pasaron al Nuevo Mundo más de once millones de esclavos provenientes de diversos confines del África Negra que, en la opinión de los viejos cronistas, viajeros, negreros y religiosos, tenían las siguientes características en atención a su proveniencia étnica:

Los Congos propiamente dichos, son negros magníficos, robustos, duros a la fatiga y, sin contradicción, son los mejores de nuestras colonias.

Los Ashanti no son propensos al trabajo de la tierra, pero son excelentes para el trabajo doméstico, fieles a sus amos.

Los Arara (Ewe), fuertes, acostumbrados al trabajo y a las grandes fatigas. Aceptaban de buena gana la esclavitud, pues habían nacido en ella.

Los Ibos, propensos al suicidio al menor castigo.

Los Lucumies (yoruba), son un pueblo orgulloso y guerrero, al principio de su esclavitud son difíciles de manejar, pero después ceden a ella.

Los Carabelies (Efis) son perezosos y descuidados.

Los Angolas, dóciles y alegres, capaces de aprender oficios mecánicos.

En Venezuela la introducción de esclavos negros mediante licencias, asientos y otras formas legales comenzó alrededor de 1530. En 1543 se menciona la introducción por el Cabo de la Vela y desde 1561 hasta 1565 por las costas de Borburata. En la Guaira desembarcaron esclavos a partir de 1580 y desde allí fueron distribuidos a diversas regiones del país principalmente a la provincia de Caracas, donde se concentró gran parte de la población negra llegada a Venezuela. Igualmente, hubo una alta entrada y concentración de esclavos negros en las ciudades de San Felipe, Coro y las Costas Orientales. En la provincia de Caracas, una numerosa población de negros esclavos fue instalada en la región de Barlovento para explotar el cultivo de cacao. (García).

Esa inconmensurable e indetenible mezcla de indios, blancos y negros dio origen a veintidós castas diferentes, embriones de nuevas e infinitas mixturas, de acuerdo con uno de los cronistas del Nuevo Mundo:

De español e india, mestizo.

De mestizo y español, castizo.

De castiza y español, español.

De española y negro, mulato.

De español y mulato, morisco.

De español y morisca, albino.

De español y albino, torna atrás.

De indio y torna atrás, lobo.

De lobo e india, zambayo.

De zambayo e india, cambujo.

De cambujo y mulata, albarazado.

De albarazado y mulata, barcino.

De barcino y mulata, coyote.

De coyote e india, chamizo.

De chamizo y mestiza, coyote mestizo.

De coyote y mestizo, allí te estás.

De lobo y china, jíbaro.

De cambujo e india, zambayo.

De zambayo y loba, calpamulato.

De calpamulato y cambuja, tente en el aire.

De tente en el aire y mulata, no te entiendo.

De no te entiendo e india, torna atrás.

En referencia a las voces o denominaciones de esta prolija y particular diferenciación étnica que se derivó del entrevero racial en la América Española, Juan Bautista Olaechea señala algunas características que merecen ser tomadas en consideración, y que a continuación citamos:

  • Son voces derivadas y adaptadas en sentido traslaticio de raíces hispanas y en algunos casos de raíces indígenas, a veces de procedencia del reino animal.
  • Son denominaciones surgidas de un origen popular, no científico. Nadie pensó en raíces griegas o latinas para expresar las diferentes categorías de mezclas y precisamente por ello se advierte la falta de coincidencia morfológica confusionismo semántico.
  • La tercera característica es la copiosidad. Las posibilidades de mezcla conjugando las tres razas, india, europea y africana, son realmente amplias, y aún sin agotar del todo dichas posibilidades, se llegó a una minuciosidad analítica sorprendente. (Olaechea).

Para continuar abundando en voces y diferenciaciones, José Gumilla, por su parte, identifica, en su momento, las cuatro generaciones principales de mestizos: “de europeo e india sale mestiza (dos cuartos de cada parte), de europeo y mestiza sale cuarterona (cuarta parte de india), de cuarterona y europeo sale ochavona (octava parte de india) y de europeo y ochavona sale puchuela (enteramente blanca)…si la mestiza se casa con mestizo, la prole se llama vulgarmente “tente en el aire”, porque no es ni más ni menos que sus padres, y si la mestiza se casa con indio la prole se llama “salto atrás” porque en lugar de adelantar algo, se atrasa o vuelve atrás. “(Cfr. Diccionario de Historia de Venezuela, Tomo III: 152).

Igualmente, el historiador sueco Magnus Morner da cuenta del mestizaje sanguíneo americano, traduciéndolo en castas y diferenciando: españoles, criollos, mestizos legitimados, indios, mestizos no legitimados, mulatos, negros liberados, negros esclavos, y un sinnúmero de grupos étnicos abigarrados, difíciles de ubicar en una jerarquía social que en la etapa colonial se rigidizó, contrariando la natural inclinación al encuentro y al entrevero racial que la conquista española desde sus inicios, había generado.

Para 1567, es tan significativo el mestizaje, la indetenible miscegenación, en estas tierras de menos de un siglo de descubiertas, que el Licenciado Castro, desde Las Indias, le dirige una Carta al Rey, en la que expresa el temor que le invade por este  hecho racial que desbordó voluntades, prejuicios y preceptos: “Hay tantos mestizos en estos reinos, y nacen cada hora, que es menester que Vuestra Majestad mande enviar cédula que ningún mestizo ni mulato pueda traer arma alguna ni tener arcabuz en su poder, so pena de muerte, porque ésta es una gente que andando el tiempo ha de ser muy peligrosa y muy perniciosa en esta tierra…”

En el caso particular de nuestro país, en el ya citado Diccionario de Historia de Venezuela, en su Tomo 3, p. 152, se constata que: “la rapidez y amplitud en la formación de la población mestiza se explican, por un lado, porque entre los españoles no existían trabas étnicas para cohabitar con personas de cualquier grupo racial y por otro, porque la conquista fue una empresa masculina en la que escasearon, por consiguiente, las mujeres blancas. El amancebamiento entre españoles e indias tuvo que ser frecuente, y de él surgieron los más importantes núcleos de mestizos venezolanos durante los siglos XVI y XVII. Este hecho comunicó a esa población la situación incómoda de un origen ilegítimo…”

Conviene recordar que nuestro mestizo por antonomasia, nuestro Garcilaso, el Inca, fue el conquistador Francisco Fajardo, hijo del español del mismo nombre y de Isabel, cacica guaiquerí. Este mestizo hispanizado, producto del cruce de español con india, quien, además del idioma español dominaba varias lenguas amerindias, fue, a mediados del siglo XVI, uno de los protagonistas y artífices de la conquista de la zona norcentral de Venezuela.

Para la época de la independencia de España, de acuerdo con datos suministrados por Eduardo Arcila Farías, en la Provincia de Caracas el 37.8 % de la población estaba constituida por pardos, término genérico utilizado para denominar el producto racial de la mezcla de negro con blanco, mientras que los blancos, incluyendo como blancos a los mestizos hispanizados, alcanzaban sólo un cuarto de la población, el 25.6 %, el resto eran negros e indios.

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