Condena implacable MORIR DE LA MISMA MANERA, por Edilio Peña

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Vivimos con la idea de desterrar a la muerte y hay periodos en que nos olvidamos de ella.

La muerte es nuestra sombra, y nosotros somos su proyección. Es nuestra irrenunciable compañía. La más invisible que nos habita y cerca. Somos el agua de su espejo. La memoria no es capaz de preservarnos de la muerte con el recuerdo. Porque el recuerdo tiende a idealizar o destruir cualquier vínculo o porvenir. Nadie puede derrumbar la muralla de esa certeza. Ningún sentimiento sobrevive a los juramentos de la razón.

El cáncer puede ser una  forma silente de la muerte que nos toma y devasta antes del primer grito de insoportable dolor. Es el tardío reconocimiento de la condena, del grito sordo del tiempo existencial que hace estallar los oídos del universo negado a escuchar aquello que parece una protesta de una criatura que ha extraviado su nombre. Nadie nos habita tanto como la muerte. Ni siquiera Dios. El amor le teme y prefiere no hablar de ella. La cela, porque es su máxima rival. Razón por la cual el amor apuesta obstinado a la infinitud, a juramentos de sangre que conjuren la fatalidad. Por eso los amantes prefieren agotar fogosamente sus cuerpos en la cópula, antes de que la muerte los devore. En cambio el odio la invoca en todas sus representaciones. En el arrebato de un frenesí trepidante.

Los asesinos metafísicos tienen la virtud de ir más allá de las palabras, pero mucho más, los asesinos ideológicos que fraguan el crímen en las madrugadas del politburó del partido único. Ambos hacen lo que nuestra prometida venganza personal no se atreve. La sabía vejez gusta morir sin estrépito ni escándalo. Aunque el azar puede  cambiar toda la ilusión del ocaso de una modesta vida que no tiene derecho a elegir por ella misma. Como aquellos estoicos combatientes,  serenos y determinados, enfrentándose a los pelotones de fusilamiento de alguna revolución en llamas que los engañó con aquellas promesas que no se pueden cumplir.

Vivimos con la idea de desterrar a la muerte y hay periodos en que nos olvidamos de ella. Todo lo que hacemos tiene un objetivo, vencerla con la distracción del oficio o el vicio. Sin embargo, alcanzar la gloria o la meta es el señuelo que hace reír a la propia muerte. La juventud la reta con la temeridad. El suicida con el tormento desesperado de su valor. El poderoso con su brutal y expansiva soberbia que se niega a morir. Sin embargo, la muerte jamás se olvida de aquellos indiferentes que permanecen entre la vigilia y el sueño, antes de ser convertidos en cadáveres o en la ceniza de  los hornos crematorios. No hay palacio, casa o bunker donde pueda refugiarse aquél que lleva consigo la sombra de la muerte. Eso lo saben los soldados en los campos de batalla. Entonces, qué sentido tiene resguardarse si la muerte sabe ir por uno?

Nuestra vida es un fiesta pasajera acechada por una máscara roja que no deja de mirarnos. En el espectral panorama que nos confronta, la muerte de un niño es la abstracción más absurda  que nos desquicia. Nunca comprenderemos por qué la inocencia tiene que morir de hambre o por falta de asistencia médica. Sí. La muerte está entrañablemente unida a nosotros, más allá de nuestra propia conciencia. A veces, excesivamente despierta. Mas nuestra carne resguarda su osamenta. Un día la muerte tocará a la puerta, e indefectiblemente, tendremos que hacerla entrar. En ese momento, no tiene sentido ser valiente o cobarde. La muerte no estima el valor ni aquello que lo avergüenza.

Y cuando eso ocurra, como ahora en el mundo con la conspiración premeditada que ninguna peste había tenido en su naciente de exterminar a buena parte de la humanidad en nombre de la plusvalía del mercado, comprenderemos estar hermanados en el mismo destino impensable, calculado en el cerebro de un laboratorio imperial: Morir de la misma manera, según la sentencia del partido comunista chino.

 

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