Recuerdos de un clásico EL PRESIDENTE DE MANCHURIA, por Héctor Concari

El candidato de Manchuria
Richard Condon escribió la novela original, que tres años después es llevada al cine por John Frankenheimer, con un elenco de sueño: Frank Sinatra, Janet Leigh, Laurence Harvey y Angela Lansbury.

Fue Marx el que postuló aquello de que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Una paráfrasis actualizada se formularía así: la historia se repite, primero como guion cinematográfico, luego, en la realidad, como una farsa, a veces trágica. Esta interpretación, particular y arbitraria, admitámoslo, de la introducción al 18 Brumario de la barba más célebre de la filosofía política, encuentra un ejemplo robusto en un filme culto de 1962, llamado El candidato de Manchuria, cuyo título de español fue El mensajero del miedo.

La historia comienza en 1959. Un escritor prolífico (26 novelas en una carrera de 34 años, cinco de ellas llevadas al cine con desigual suerte), llamado Richard Condon, escribió la novela original, que tres años después es llevada al cine por John Frankenheimer, con un elenco de sueño: Frank Sinatra, Janet Leigh, Laurence Harvey y Angela Lansbury. Los tiempos, tan calientes geopolíticamente, estaban para bollos paranoicos. La guerra de Corea era un recuerdo que se alejaba, pero había dejado un retrogusto amargo. Si hubieran dejado hacer a MacArthur, hubiera seguido subiendo a lo largo de la península neutralizando de una vez el peligro amarillo que, pieza de alicate, volvía a amenazar desde el Pacífico, como los soviéticos desde el Atlántico. Pero, se sabe, a veces arrasan los halcones, y otras convencen las palomas. En todo caso, el clima general era de miedo.

Muy imaginativo, Condon ideó una trama en la cual durante la guerra de Corea un pelotón entero es capturado por los comunistas y enviado a Manchuria, donde los pérfidos chinos les lavan el cerebro antes de enviarlos como ‘durmientes’ de nuevo a Estados Unidos. Los reclutas involuntarios arrastran sus pies por los sinuosos pasillos del poder en Washington, y si no fuera por Frank Sinatra, en vez de Amazon, compraríamos todo desde hace tiempo en AliBaba. La película aún se ve con agrado, aunque las escenas del lavado cerebral han envejecido bastante. Cincuenta y seis años no pasan en vano, pero más importante que su trama fue la vida posterior de la película, o mejor dicho, su leyenda. Un año y un mes posteriores a su estreno de octubre de 1962, los disparos de Dallas inauguraban, junto a un misterio aún indescifrado, una ola de teorías conspirativas, que en una de sus crestas más disfuncionales incluía a la película como una de las claves del magnicidio. Para peor, el filme desapareció de las pantallas durante décadas y no fue sino hasta agosto de 1999 que volvió a ser editada en VHS. Sin duda, un impecable trabajo de la CIA, aunque la frivolidad de alguno atribuyera el largo silencio a problemas de derechos o a la simple y llana falta de atractivo comercial de un largometraje caduco.

Pero así como los católicos creen en la vida después de la muerte y los comunistas en la rehabilitación póstuma, Hollywood cree en la transmigración de los libretos. En 2004, Jonathan Demme era un director consagrado después del éxito de El silencio de los inocentes y el miedo, esta vez en forma de aviones derribando torres bajo las órdenes de árabes fanáticos, estaba literalmente en el aire. El título quedó igual, Corea fue sustituida por la primera guerra de Irak y Manchuria se transformó en una representante del complejo bélico industrial que alguna vez mentó Eisenhower. Pero en lo esencial y muy a lo gatopardo, algunos detalles habían cambiado para que todo quedara igual. Faltó poco para que un enemigo no llegara a la Casa Blanca, cosa que casi casi ocurre también con el protagonista de Homeland, la serie estadounidense inspirada en otro brillante ejemplar israelí que todavía hace las delicias de los espectadores.

Todo esto no sería una saga entretenida sobre las mutaciones de una historia de buen calibre en las manos de productores talentosos, si no fuera porque, brumariamente, un plutócrata inescrupuloso, habiendo visto secarse sus fuentes de financiamiento locales, comenzó a coquetear con inversores que, en términos de Hollywood, podríamos considerar manchurianos. La trama, con cada giro de la historia,  mejora al punto de que el protagonista llega no solo a candidato sino a presidente, exhibiendo, junto con una conducta errática, una marcada debilidad ante al menos dos de sus más peligrosos antagonistas. Madre de todas las intrigas, ¿qué tienen ellos en contra del presidente que hace que toda esta trama suene a deja vu? La respuesta es que El candidato de Manchuria en sus dos versiones fue un thriller político aceptable. La tercera, tragicómica remake que se puede apreciar en las páginas de The Washington Post o de New Yorker, entre otros,  es sencillamente apasionante, tal vez por un dato que no debiera escapar a nadie. El oráculo conceptual de esta historia es nada menos que Marx, Carlos Marx, el del 18 Brumario.

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