Está todo bien UNA VERDAD PROFESIONAL, por Pablo Gamba

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Está todo bien
La presencia de los personajes en el escenario también llama la atención sobre los sentimientos que expresan, los cuales se corresponden con los personajes que son en las partes ‘reales’ del documental.

Especial para Ideas de Babel. La crisis humanitaria venezolana comienza a ser tema de documentales realizados por cineastas del país y que circulan por festivales internacionales. Es el caso de Está todo bien (2018), el segundo largometraje de Tuki Jancquel, estrenado este mes en el Festival de Documentales de Sheffield, en el Reino Unido. Antes fue Mujeres del caos venezolano (2017), dirigido por Margarita Cadenas, que ha estado en Hot Docs, en Toronto, y en CPH:DOX, en Copenhague, entre otros festivales, incluidos algunos de derechos humanos.

Jencquel vuelve en Está todo bien al tema de la salud. En Sin ti contigo (2010) hizo un retrato de Bernard Chappard, quien se convirtió en una figura destacada de la lucha contra el sida en Venezuela. Los personajes de su segunda película están todos inmersos en la situación actual de la atención médica en el país. Son dos enfermas de cáncer que afrontan problemas para acceder al tratamiento que requieren; la propietaria de una farmacia que cierra por falta de medicamentos para vender; un activista dedicado a hacer llegar a los pacientes medicinas donadas del extranjero, y un traumatólogo que trabaja en un hospital de Caracas.

Un problema en relación con los personajes, que Margarita Cadenas no consideró y es la principal debilidad de Mujeres del caos venezolano, es afrontado en Está todo bien. Ese es su principal mérito. Se trata de la posibilidad de que los que participan en el film sean actores que interpretan papeles ficticios, como parte de una campaña internacional de propaganda contra el gobierno de Venezuela. Lo que hizo Tuki Jencquel fue poner sobre la mesa esa posibilidad, complementando la técnica del seguimiento con la presentación de los personajes en un escenario, donde actúan en escenas en las que hacen de aquellos mismos que ha de suponerse que son en la ‘vida real’.

Pero no se trata solamente de devolverles la pelota a los que niegan que el sistema socialista venezolano esté en crisis, así como todavía hay gente que considera una mentira que los nazis haya exterminado a seis millones de judíos o que los estadounidenses hayan llevado astronautas a la Luna. El film está dirigido principalmente a quienes tienen dudas en relación con lo que pasa en el país, debido a que consideran contradictoria la información que reciben. Son ellos a los que podría aspirarse a convencer con la ayuda de la película.

Tampoco se trata de iluminarlos con otra versión de la espantosa realidad de Venezuela. El cine debe preguntarse: ¿es posible llevar un país a la pantalla? O incluso: ¿se puede registrar la realidad de la crisis de un sistema de salud? La respuesta implícita en esta película es negativa, a lo que cabría agregar que cualquier intento de hacer eso lo que podría lograr es aumentar la confusión.

Está todo bien apunta en una dirección diferente. La presencia de los personajes en el escenario también llama la atención sobre los sentimientos que expresan, los cuales se corresponden con los personajes que son en las partes ‘reales’ del documental. De esta manera no se plantea la cuestión de lo verdadero o falso con referencia a hechos, sino si se tiene o no sensibilidad frente al sufrimiento, y frente a una lucha desesperada por sobrevivir y ayudar a los enfermos. ¿Podrá eso llevar a la reflexión? La pregunta que se le hace al espectador sensible que duda de la crisis de Venezuela es: “¿y si fuera verdad?”

Pero si el realizador de Está todo bien demuestra lucidez en relación con el problema de la verdad en el documental y el destinatario de su mensaje, la inserción de la película en el circuito de festivales deja sin resolver otro: ¿cuál puede ser el aporte del cineasta para que las cosas cambien en Venezuela?

Hay una distinción que proviene de la era de los dinosaurios del nuevo cine latinoamericano, pero que no deja de ser un llamado de atención pertinente en todo tiempo de crisis. Es la del cine industrial, el cine de autor y el tercer cine, siendo este último el que acompaña la lucha política. La película de Jencquel se inscribiría en el segundo campo, no porque lo predominante sea una búsqueda artística sino porque se presenta como una refinada realización profesional, de un documentalista consciente de los problemas del oficio. Pero la película no está inserta en la actividad de un movimiento contra la dictadura. Por eso, aunque logre hacer dudar a los convencidos de que en Venezuela no hay una crisis, cabría preguntarle cómo puede ayudar a derrotar a Nicolás Maduro.

Si a un cineasta le parece esa interrogante ajena a su oficio, ese cineasta está en problemas. Es por eso que el realizador de Está todo bien se asemeja, trágicamente, a los personajes de la película. El que despliega su talento para organizar la distribución de medicamentos y el otro médico, que es activista gremial, también son profesionales capaces de poner sus capacidades al servicio de la sociedad civil, pero no de lograr el cambio político que el país necesita.

Uno de los fracasos de la democracia venezolana —y que sustenta a la actual dictadura, así como lo hizo con el bipartidismo anterior a Chávez— es que el sistema se cuidó de formar gente que sea excelente en su profesión pero que ignore y hasta le dé asco la política. Quizás lo ideal sería para ellos que la política estuviera a cargo de otros profesionales o se circunscribiera a actividades que requieren los conocimientos que ellos dominan. Lo mejor que puede resultar de eso es una élite de activistas impotentes frente a la dictadura.

ESTÁ TODO BIEN, Venezuela, 2018. Dirección y cámara: Tuki Jencquel. Producción ejecutiva: Jorge Hernández Aldana. Producción: Tuki Jencquel, Marco Olmos. Montaje: Omar Guzmán. Música: Thomas Becka. Sonido: Frank González, Marco Salaverría. Con la participación de Rosalía Zola, Efraím Vegas, Francisco Valencia, Rebeca dos Santos, Mildred Varela.

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