De Obama a Trump UN CAMBIO DECISIVO PARA VENEZUELA, por Alfredo Michelena

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Después de Obama la política de Trump ha tomado otro camino.

Obama se alineó con el Foro de San Pablo al darle un segundo aire a los Castro y apoyar la incorporación de las FARC a la política. Para ello impuso la tesis de no desestabilizar al régimen venezolano. Con Trump esto ha cambiado radicalmente.

Para muchos venezolanos y latinoamericanos el triunfo de Trump es no solo incomprensible sino deleznable. Hubieran preferido que la exsecretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton, estuviera en la Casa Blanca. Es que la prepotencia del personaje que además estigmatiza y responsabiliza a los migrantes, en particular a los mexicanos, de los males de ese país  lo hace antipático e incluso odiado.

Pero en materia internacional las cosas para Venezuela parecen haber cambiado. Luego de la política de G. W. Bush de ignorar políticamente la región —y digo políticamente pues en lo económico desarrolló varios Tratados de Libre Comercio—, Obama optó por una política que acercamiento. De ella resaltan dos  pilares: la metamorfosis de la lucha contra el narcotráfico —el Plan Colombia— hacia la legalización de las FARC y  el cambio de la tradicional política hacia Cuba de aislamiento hacia una de engagement.

Lo trágico de estas dos políticas es que se alinean con las del Foro de San Pablo. La primera por aquello de llegar al poder por vías democráticas y, la segunda, la vuelta de Cuba a la región transformada para darle un segundo aire a la revolución a través de la apertura de Raúl. Pero, esas ‘razonables’ políticas afectaron la transición de Venezuela hacia la democracia. Para impulsarlas Obama decidió evitar desestabilizar al régimen de Caracas hasta que esos objetivos se consiguieran o hubieran avanzado lo suficiente. Se desarrolló un ‘entente’. Obama desarrollaba una política de apaciguamiento hacia el régimen, ambos apoyaban la paz en Colombia y la economía en Cuba. Claro, con sus encontronazos periódicos. Por eso solo apoyaron nuestras luchas tímidamente.

Recordemos lo que costó para que Obama sancionara a los violadores de derechos humanos (DDHH) de 2014. O más claro cuando en octubre pasado el régimen mató el Revocatorio (RR) y se planteó el diálogo como salida a la crisis. La mayoría de la oposición presionaba para salir a las calles a exigir el RR, pero entonces apareció Tomas Shannon, del Departamento de Estado, quien arrastró al Vaticano a apaciguar los ánimos e incluso como dijo el exembajador de EEUU ante la OEA, Roger Noriega, ejerciendo bulling a los renuentes.

Esto ha cambiado. Trump no está interesado en facilitar la ‘apertura’ de Cuba si no devuelve los DDHH y las libertades fundamentales a su pueblo. Y lo de las FARC se resolvió para Colombia, pero hizo metástasis en Venezuela en términos de narcotráfico, lo que le preocupa a EEUU. Ya Trump ha marcado una línea dura para Venezuela, pero aquí a muchos no les gusta y no se atreven a retratarse con él.

Algunos piensan que la administración Trump no podrá liderar un movimiento en el continente en apoyo de Venezuela por el trato que le está dando a México, pues se revive en la región el ‘antiyanquismo’. Pero ya sabemos que en Suramérica  los gobiernos con los que ya ha hablado Trump sí lo apoyarían. A los demás hay que decirles que no apoyar decididamente la vuelta a la democracia en Venezuela por las relaciones EEUU-México sería condenarnos por el pecado de otros. Y que ya pagamos muy duro por la paz de Colombia y la ‘apertura’ castrista.

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