Manos de Piedra EL QUE MUCHO ABARCA POCO APRIETA, por Héctor Rojas

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Ramírez, De Niro y Blades en el segundo largometraje de Jakubowicz.

Muchos de los mejores biopics enfocan su punto de atención en un momento crucial de la vida de alguna personalidad importante, y utilizan ese período para mostrar al público las razones por las que dicha figura trascendió a través de la historia.

Toro Salvaje (Raging Bull, 1980) profundiza en los celos enfermizos e inseguridad sexua, de un hombre que, por medio del castigo que recibe en el ring, logra la absolución necesaria a todos sus pecados. Steve Jobs (2015) se centra en los vibrantes acontecimientos que ocurren en la vida de un genio a punto de lanzar tres nuevos productos al mercado, mostrando su locura obsesiva y frialdad, con su entorno más cercano. Desafortunadamente, Manos de Piedra (Hands of Stone, 2016) no posee el impacto emocional de Raging Bull ni el inteligente guion de Steve Jobs. No es una película mala, pero tampoco es una película grande.

La cinta indaga en la vida del legendario boxeador Roberto Durán (Edgar Ramírez) y su peculiar rivalidad con ‘Sugar’ Ray Leonard (Usher Raymond). Durante el desarrollo de la historia se tocan momentos de gran tensión como su ida y vuelta dentro y fuera del ring, lo cual es una de las partes más atractivas de toda la película. También vemos distintos fragmentos de la vida de Durán, desde su empobrecida juventud como un niño en las calles de Panamá hasta su ascenso en el mundo de los cuadriláteros, que abarca su emocionante captura del título welter ante Leonard en el 1980, junto a su famosa caída del “No más” en la revancha con el boxeador norteamericano, hasta su triunfal regreso en la noche del Madison Square Garden como campeón de peso medio.

Todo lo mencionado anteriormente es una cantidad enorme de material para cubrir en una película de dos horas. En este punto es donde está el primer error de Jakubowicz como guionista: querer abarcar muchos elementos, sin proporcionar una mirada más íntima y específica de la vida del panameño. No siendo suficiente, el director caraqueño decide mostrar algunas facetas de la vida familiar de Durán en compañía de su esposa, Felicidad Iglesias (Ana de Armas) y de sus cinco hijos. De igual manera es tratada la agitación política y social que vivió Panamá en los primeros años de éxito deportivo de Durán, hasta la gran sensación de orgullo nacional cuando el canal de Panamá fue devuelto a la propiedad del país.

El tema de la ausencia paterna adquiere relevancia con la presencia de Ray Arcel interpretado por Robert de Niro. El actor ganador de un premio Oscar por su actuación en Toro Salvaje luce cómodo en su papel del veterano entrenador de boxeadores. En su ilustre carrera, Arcel entrenó a alrededor de dos mil peleadores hasta el momento en que se encontró con un problema con la mafia, y de manera ‘voluntaria’ accedió a dejar de realizar cualquier tipo de actividad relacionada con el pugilismo, que le pudiera generar un beneficio económico. La decisión de entrenar a Durán gratuitamente le permitió hacer su regreso al mundo del boxeo. Manos de Piedra, intenta en algún momento explorar esa relación entre los dos hombres de manera profunda, pero el intento, se queda en algunas ingeniosas pinceladas que son insuficientes, para dibujar un panorama completo e inquietante, de la relación entre el alumno y su mentor.

Las actuaciones son uno de los elementos fuertes de la película y podrían haber sido más aprovechables de haber estado al servicio de un mejor guion. Ramírez muestra diferentes facetas en las distintas etapas de vida del boxeador. En un primer momento interpreta a un joven y galante Durán de apenas veinte años de edad con soltura y astucia. Su arrogancia y egocentrismo son electrizantes. Lo vemos con elocuencia en el instante que provoca a Leonard con palabras ofensivas, en su famosa conversación en Montreal, que termina en un enfrentamiento entre ambos. El talento del actor venezolano no termina allí. En los momentos de mayor obscuridad saca a relucir toda la furia reprimida de Durán, su hambre de gloria, y su narcisismo avasallante cuando se vuelve rico y famoso. En contraparte, De Armas ofrece una actuación carismática pero privada de realismo, solo consigue funcionar por momentos como la esposa sumisa y obediente vestida con trajes extravagantes.

Otros elementos son introducidos al metraje sin mucha relevancia. La amenaza del crimen organizado hacia Arcel nunca se siente como una amenaza real. La aparición de la hija de Arcel a mitad de la película queda como una anécdota y nunca se desarrolla, ni cumple propósito o efecto, en alguno de los personajes.  Otros figuras de peso en la vida de Durán son apenas retratadas, como lo fue su primer entrenador Néstor Quiñonez apodado ‘Plomo Espinoza’. Una oportunidad desperdiciada fue no haber centrado el tema principal de la película en la rivalidad entre Leonard y Durán. El contraste entre los dos personajes hubiera enriquecido la trama por las personalidades tan particulares de cada uno. Ramírez es malhumorado y machista, mientras que Raymond es tranquilo, tímido y fresco.

En el aspecto visual, Manos de Piedra luce como una gran producción de factura hollywoodense. Gran parte de esta responsabilidad estuvo a cargo de su director de fotografía Miguel Joan Littin. Las escenas de boxeo están rodadas y editadas de manera sencilla, sin mucho alarde de técnicas o movimientos de cámara complejos. La composición de la mayoría de los planos va en consonancia con la historia. El ritmo narrativo del film es otorgado por el montaje a cargo de Ethan Maniquis, quien recurre en diversas ocasiones a los flashbacks para construir el argumento que conecta al Durán adulto con el joven y el niño.

Filmes como Creed (2015) dejaron muy en alto el listón de  películas de boxeo recientes. Manos de Piedra fue un proyecto fílmico ambicioso con un resultado poco alentador. Jakubowicz, que saltó a la fama en el año 2005 con su opera prima Secuestro express, no pudo encontrar de nuevo la fórmula para conseguir hacer un film redondo. Tenía el talento actoral y el poder de producción para hacer una película notable, pero su fallo estuvo en su propia pluma. La película nunca fue lo que se anunció con bombos y platillos.

La sensación que deja la cinta es la de una historia que quiso abarcar mucho para terminar siendo superficial. Un ejercicio fílmico carente de densidad y de fuerza argumentativa, que en ningún momento logra noquear al espectador. Una obra rutinaria del género boxístico, con fuertes tintes políticos antinorteamericanos que elevan la figura de Durán, como la de uno de los más grandes representantes de la idiosincrasia y soberanía panameña.

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