Lo esencial transmutado en subliminal LA MUERTE DE LA IMAGEN, por Edilio Peña

11-de-septiembre-de-2001-torres-gemelas
La destrucción de las Torres Gemelas fue repetida tantas veces por los canales de televisión que la gente se acostumbró a vivirla con nostálgica ausencia.

Especial para Ideas de Babel. Al principio la imagen representó al mundo y el hombre adquirió dimensión plural en esa representación única de la inventiva. Su cuerpo y sus pensamientos, sueños y emociones, encontraron en la imagen el récipe perfecto de su expresión oculta. Mucho antes de la primera palabra pronunciada y escrita, entre la oscuridad y las sombras, entre la espesa niebla de los pantanos, en la intemperie acechada por los peligros de la exuberante selva y las altas montañas, en las tupidas estepas, frente a los mares que le era imposible cruzar, en los desiertos áridos y fríos, el cerebro del hombre rumió la imagen de lo que era, quería y no podía ser en ese acto de ciega y determinante voluntad.

La realidad no le satisfacía completamente y sentía la honda necesidad de refundarla. Sin saberlo, con esa imagen primera fue fabricando el tiempo y delimitando el espacio de su existencia. El hallazgo tenía la dimensión de un relámpago prolongado que habría de enceguecerlo. Después, dejó que esa imagen que había tallado de sí y del entorno brotara y se expandiera hacia afuera en figuras y en formas diversas. Las iluminó con antorchas y las adoró. En una deificó al padre y en otra, al parricida. Los cielos se cargaron de estrellas y se supo un viajero astral cuando las visiones se le hicieron palpables. Se enamoró de la luna cuando la vio flotar en el lago.

Con delectación, la criatura humana amasó la imagen en el barro, la talló y la repujó en los troncos espinosos del paisaje; la cinceló en las piedras y en las paredes de las cuevas. Entonces, a la luz del crepitar de las altas hogueras, el árbol imaginado fue más que un árbol, el bisonte más que una presa de caza, el cazador más que un ente desamparado.

El hombre había descubierto, a través del instrumental de la imaginación, el otro don de su percepción, en las múltiples realidades paralelas que convocaba. Y así, insuflado con el aliento de la inspiración, como una luz disparada con tino, el hijo primitivo de nuestra especie se aproximó a la plástica inédita de su mente y espíritu. Dejó de emitir sonidos guturales y, en el acoso de la soledad muda, descubrió a la palabra con la cual nombrar a la imagen potencial de su entrañable necesidad. Con ese segundo invento, el del nombre, identificó y bautizó, con el modular torpe de su boca, lo que hasta ese momento sólo había podido señalar.

Al final, la imagen y el nombre concitaban sustancialmente lo que su foco de atención consideraba más importante entre la realidad y el sueño, entre la evocación y el deseo, el universo de lo inaprensible. Con la imagen y el sonido, el hombre había descubierto en la creación de su representación, su magna predilección personal, el doble de sí y del mundo. A partir de entonces, se reconocía y se definía en los ámbitos pendulares de la existencia: en la certidumbre y la incertidumbre, en la evocación y la ilusión, en la invención y lo concreto. La memoria sería el depositario de tales imágenes.

Supo, entonces, aquel hombre acosado por el desamparo que así formara parte de un grupo o una manada, era el raro solitario que alguien habría de llamar artista. La nueva acción instrumental de ese oscuro mecanismo psíquico que se había activado dentro de su cerebro le prodigaba una sensación de libertad. No obstante, debió conformarse con que la libertad es un efluvio de la creación y la dicha, plenitud que se escapa cuando se quiere aprehender el absoluto. El hombre primitivo simbolizaba la acción para hallar la mecánica con la cual conquistar sus objetivos de subsistencia y vida. En esa tarea hallaba otros fines que no coronaba en objetivos concretos, asibles: los existenciales. Al principio la idea y los conceptos se entrelazaban entre las imágenes, posteriormente los preceptos abstractos de la razón lo separaron de la simbolización de las imágenes, precipitándolo al refundar vastos ámbitos de la existencia, hacia una escisión que habría de convertirlo en un ser irreconciliable para sí mismo.

El arte ya no era una necesidad, sino un lujo. El hombre había comenzado a vivir en las ciudades. La organización de la sociedad, la división del trabajo y el Estado escindieron todavía más al hombre. Se dedicó a construir el conocimiento, a la demostración lógica y así fue cruzando la muralla de los siglos. Grecia, Babilonia, Alejandría, Roma, lo verían surgir de la caída al esplendor.

En el Renacimiento repetiría el hallazgo. Pero ahora se encontraba en un abismo entre lo que sentía y quería ser. Una in-correspondencia entre la subjetividad y la objetividad había destruido los puentes de la comunicación con el alma. Al principio, el arte se convirtió en refugio para apaciguar esa alteración de la personalidad extraviada, luego la ciencia decidió que el centro del hombre era el cerebro y no el corazón. La intuición, la aprehensión, la precognición, quedaban excluidas de la convocatoria de las nuevas imágenes emblemáticas que no correspondían a la ontología del hombre. Así nacieron nuevos mitos y nuevos paradigmas. La civilidad lo traicionaba. Ahora el arte tenía una función mercantil e ideológica, no ritual. En ambos casos, era un producto para el uso y el desuso. Entonces, la imagen fue asociada al exhibicionismo y a la fama. A la propaganda. La lata de sopa de tomate Campbell que diseñó Andy Warhol era la metáfora de lo que acontecía. Antes, Marcel Duchamp descontextualizó al urinario al introducirlo en una sala de arte como objeto de adoración. Una crítica ácida que hoy día haría palidecer a la nueva pornografía del arte. La moda, el look, los videos clips, los selfies, con sus estilos disociativos de narrar, han intentado y persistido en agotar el arte, destruyendo la individuación del artista. Solo los filántropos lo preservan en los museos y en colecciones privadas. Claro, en ese espacio sospechoso de la pureza y la asepsia, el artista es un mono encadenado.

Entre tanto, los medios de comunicación, como la televisión y el cine, socavan industrialmente a la imaginación en un estandar de imágenes abrumadoramente promiscuas. El reality show lo ostenta con descaro. No es de extrañar que existan pocas películas donde se celebre el lento del tiempo, la plástica inédita de la imagen, la vasta complejidad de las emociones que se tejen en la cotidianidad, donde se exalta la épica del hombre común. Ese lugar donde la historiografía acostumbra a borrar los instantes de la vida. Habría que agradecer a las imágenes de los filmes de Tarkosvky, de Akiro Kurosawa, etcétera. La política, a su vez, hizo suya la imagen con sus carteles y banderas, con sus boinas, saludos rígidos y uniformes, con su coreografía de masas. Con la esvástica, Hitler asumió el esplendor de lo que más amaba: el imposible. Paradójicamente, el pintor que habitaba en él, se inspiró en la primera letra del alfabeto hebreo para simbolizar lo que habría de hacer.

El turista fotografía el paisaje porque le resulta más bello en la foto. En fin, el romanticismo de la imagen ha muerto. Lo que hacemos a menudo es visitar su tumba. Por eso lloramos cuando oímos las baladas de amor; porque en ellas extrañamos un tiempo que no vivimos o que olvidamos. Por supuesto, relevantes obras que rindieron devoción a la imagen de la premodernidad y la modernidad perduran, aún, y deslumbran por su intensidad y profundidad en la poesía, el teatro, la prosa, el cine y en la misma televisión, cuando ésta concita la ética, la inteligencia y el arte.

La imagen clásica perdió sus pulsiones originales y se convirtió, a través de la compulsiva repetición, en imagen del sin sentido, de la insignificancia letal. Lo esencial fue transmutado en subliminal con el fin de preservar el producto o la idea a vender. En esa circunstancia, la imagen original se debilitó de tal manera que a cada momento asistimos a su muerte en la nada infinita. Los poemas son una existencia reducida al talento de escasos poetas y pocos lectores. El Microteatro es la muerte del teatro, porque no tiene nada que decir en medio de la tragedia. Desconoce a la dramaturgia, la desprecia. Una comparsa de futilidad y frivolidad lo acompaña, y cree que ha conquistado al teatro, cuando oye los aplausos de los imbéciles.

En la propia realidad, las tragedias y los dramas han sido llevados a coronar la estética macabra, como actos de predilección final de la imagen. Una anécdota de la Segunda Guerra Mundial nos sobrecoge: en la batalla de la isla de Okinawa, un soldado que gustaba filmar con su cámara el duro fragor del combate, de improviso, fue alcanzado por el fuego de la metralla, que lo dejó completamente ciego. Después, con sus ojos vendados, ese mismo soldado habría de lamentar no poder volver a ver las imágenes de las cuales se había hecho devoto.

Todos nos hemos vuelto fanáticos del crimen. Quizá porque el hombre encarna un lactante natural que, al construir, inmediatamente es asaltado por una necesidad instintiva de destruir. El terrorismo ha sido otra manera de destruir, sin progresión, la imagen de la existencia humana. Ver cómo es degollado un hombre produce éxtasis y frenesí. Porque se repite tanto el acto macabro que el horror se vuelve costumbre que no conmueve. La ultraderecha y la ultraizquierda, así como el fundamentalismo religioso e ideológico, se disputan y apuestan por el trofeo de la desaparición de la imagen. Su instalación en la cotidianidad ha convertido el asombro en pánico, pero inmediatamente en una promiscuidad sin sentido. La destrucción de las Torres Gemelas fue repetida tantas veces por los canales de televisión que la gente se acostumbró a vivirla con nostálgica ausencia. Con los años, el evento y la secuencia se han reproducido en otros países, pero sin impactar a la teleaudiencia de la misma forma, al no tener éstas el ingrediente de la novedad inicial.

Es como el readymade del Holocausto, de la Guerra de Vietnam, del lanzamiento de las bombas atómicas que, de tanto remacharlo y recrearlo, desgastaron la contundencia de su desgracia real en banal. Tanto la invasión a Irak, como la invasión a los territorios ocupados en la franja de Gaza, ya no nos importan. El horror nos incita a un protagonismo que sustituye el miedo y expone la sobrevivencia de la humanidad a la vacuidad de la muerte.

Los compulsivos tatuajes a los cuerpos, los piercing en las lenguas, en los prepucios, en los clítoris, ¿no son un regreso a la imagen primitiva del hombre o, en todo caso, una especie de autoflagelación y castigo por su extravío? Eso sí, con anestesia. ¿Aquél que se amarra al cuerpo una poderosa carga explosiva y la hace estallar frente a los intereses de su enemigo ¿no revierte el odio y la venganza contra sí mismo al encontrar que su impotencia no tiene cauce ni salida, cuando descubre que ya no es imagen, sino nada, así le hayan prometido la dicha y el paraíso?

Nuestros dolores y nuestros placeres parecen haber perdido el sentido ritual de la trascendencia y la plenitud. La resonancia magnética, con sus cortes fríos y prolijamente segmentados, nos resulta tan eficaz que no tenemos respuestas cuando vemos las láminas que copian las imágenes particularizadas de nuestro cuerpo. La misma clonación nos produce estupor a pesar de ciertas ventajas que nos promete. La cirugía sin dolor de los rayos láser nos perturba más por el olor que evoca la carne quemada en los hornos crematorios. ¿Dónde se metió Dios para que nos proteja del desamparo y el abismo? Quizá por ello hay una búsqueda desesperada en el misticismo. Por citar un ejemplo, la meditación budista ofrece la posibilidad de vaciar la mente de imágenes tormentosas para que en el vacío dilecto de la paz que se alcanza, se siembre una nueva imagen, deslastrada de heridas y excrecencias. Aunque algunos conversos se obstinen en fabricar una ‘carne vegetariana’ para no olvidar sus orígenes carnívoros.

Presuroso, descorazonado, el hombre pareciera huir de la imagen de la realidad que ha construido. Una imagen que se le ha vuelto pesada, cruenta, por lo que, en el fondo, su mayor deseo es condenarla al olvido junto con él.

 

 

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