El ocaso del socialismo mágico LA PEOR DE LAS UTOPÍAS, por Américo Martín

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El ocaso del socialismo mágico 1
Nadie pregona con más fuerza el carácter socialista del modelo que Maduro y antes Chávez.

Invitado por mis amigos Alfonso Molina y Trino Márquez a comentar El ocaso del socialismo mágico, he disfrutado de un excelente documental producido por Michele Calabresi en el sobreviviente espacio caraqueño Trasnocho Cultural.

Se trata de la proyección de una nueva e interesante visión de la tragedia actual de Venezuela, propuesta desde una perspectiva europea. Aunque se refiere a la rimbombante atelana montada en nuestro país por ya más de 17 años, puede ser tomada también como otra oportuna alegoría universal acerca del socialismo en tiempos de cambio; el socialismo, la utopía racionalista del siglo XIX delineada en términos pretendidamente científicos por aquel pensador alemán de malas pulgas que fue Carlos Marx. La audiencia en el recinto fue masiva, las entradas se agotaron dejando a muchos en cola. Menos mal que los venezolanos sabemos de colas, aunque ésta sí merece el calificativo de ‘sabrosa’.

Una de las acepciones de la palabra utopía es ‘lo que no existe’. Resulta por eso demencial que tantos en tantos países y durante tanto tiempo hayan (‘hayamos’) luchado con infinito ardor por ‘algo inexistente’. Sería risible si no se recordara que envueltos en los vapores de semejante fantasía cientos de miles pusieron en juego su propia piel y la de muchos otros, como en un sublime acto de Salvación. Las tragedias no deben suscitar risas sino reflexiones graves o dolorosas y rectificaciones hondas. La que menciono ahora consumió casi todo el siglo XX y recibió su primer fundamento teórico entre 1848 y la Comuna de París de 1871. Aunque abominaban de los socialismos utópicos, el marxismo y sus interminables fracciones —en nombre de la racionalidad de la ciencia— concluirán consumidos en quimeras tan fantasiosas y mucho más peligrosas que las pueriles versiones que las precedieron.

Por respeto a sí mismo y a su oficio de cineasta, el director Calabresi no abusa de calificativos. Guarda un matemático equilibrio entre los entrevistados según respondan al oficialismo o a la disidencia; no acomoda, organiza o dispone de mala fe los argumentos de cada parte, prefiere dejar que hablen las escenas y se pronuncien los hechos, todo lo cual se revela como un testimonio radical en contra del supuesto modelo socialista del siglo XXI que ha castigado tan fieramente a Venezuela, con un saldo abrumador de cifras perversas y resultados sombríos.

Nadie pregona con más fuerza el carácter socialista del modelo que Maduro y antes Chávez. Sus seguidores, acéptenlo o no, los corean quizá por razones de seguridad o de provecho personal. Y nadie cree más en la reputación socialista de Maduro que la oposición cuando condena su obra. Mucho más de 50% de los chavistas sabe y rumia que esto no es socialismo, mientras que un porcentaje igual de la disidencia sí cree que lo sea. Aquellos tratan de salvar al socialismo desligándolo del desastre madurista y éstos de hundirlo certificando que el peor mandamás en más de cinco siglos, es decir, desde la conquista peninsular hasta el sol de hoy, es su más pura expresión.

Se equivocan ambos. El socialismo, el comunismo y el anarquismo como funcionales formas de Estado no han existido, no existen ni existirán jamás, salvo cual fallidos experimentos efímeros o trágicos, según se trate de utopías experimentales o de la jactanciosa versión científica de Marx y Lenin. Y como no pasaron de ser utopías inalcanzables, no puede acusarse a Maduro de poner la inmensa torta que ha puesto “porque aplica el modelo socialista siglo XXI”. No es por eso, señores, es porque repite el anacrónico intervencionismo estatal armado de fundamentalismo, controles y policías que —cual volcanes inflamados de ardiente lava— destruyen la economía productiva, el mercado, la libertad, la democracia y todos los estamentos sociales, incluyendo grupos que por motivos más bien insostenibles puedan acompañarlo.

La lógica revolucionaria pasó y pasará siempre por este ciclo fatal: 1) toma revolucionaria o electoral del poder; 2) estatización de empresas privadas bajo la ficción de que al pasar a manos de funcionarios públicos asumen la condición socialista; 3) formación, a partir de esos funcionarios sumisos de una capa dominante, privilegiada y corrupta que acentúa la desigualdad y acaba con cualquier vestigio de democracia; 4) agotamiento o desprestigio del modelo; y 5) imposición del totalitarismo para reprimir despiadadamente la disidencia.

Nunca ocurrió ni ocurrirá que los burócratas evolucionaran hacia un modelo autogestionario, con amplísimas libertades, sin Estado, sin ejército, sin autoridades ni burócratas corruptos, a tenor del febril sueño de Marx y Bakunin. Todo quedó en quimera rociada de buenos deseos, sentada sobre bayonetas, cárceles, desigualdad, mentira y el silencio de los cementerios.

Socialismo mágico, dice el director Calabresi, quizá influido por el Realismo Mágico hispanoamericano, conforme con la acertada definición lograda hacia los años treinta por Carpentier, Asturias y Uslar Pietri, en un estimulante café parisino.

Socialismo mágico, la ‘colonia Cecilia’ fundada en 1890 por el anarquista Giovanni Rossi. Impuso el amor libre y fundó un anarcocomunismo ¡autorizado por el emperador Pedro II!

Socialismo mágico, la zaga latinoamericana desde Chávez y Lula, sin cimiento alguno, salvo magia negra, retórica y derroche populista, que terminó en un insondable naufragio.

La peor de las utopías resultó ser la que paradójicamente se proclamó científica. Marx decidió que su socialismo superaría con creces la producción, productividad, y creatividad científica del capitalismo más desarrollado, y que la burocracia estatal desaparecería gradualmente.

Y el resultado fue que jamás pudo lograr ni lejanamente lo primero, y en cambio infló como nunca las dimensiones del Estado, hasta que todo se derrumbó como un zigurat de piedras de dominó.

@AmericoMartin

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