Por estas calles PARA RECORDAR LOS DESAFUEROS, por Enrique Viloria Vera

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Por estas calles 1
Aroldo Betancourt, María Alejandra Martín y Franklin Virguez en el elenco original de ‘Por estas calles’ en 1992.

Nota del editor.

El 3 de junio de 1992, pocos meses después del primer intento de golpe de Estado de Hugo Chávez, se estrenó Por estas calles, escrita originalmente por Ibsen Martínez para RCTV, sin duda la telenovela más larga y exitosa que se haya producido en Venezuela, con índices de audiencia que alcanzaron 94%. Sus emisiones de extendieron hasta el 4 de agosto de 1994, es decir, poco después de la dimisión de Carlos Andrés Pérez a la Presidencia de la República. Se ha asociado la visión crítica de esta telenovela con el manejo mediático que condujo a definir la conducta de la ‘antipolítica’, matriz de opinión que propició y exigió la renuncia de Pérez, con el apoyo de varios medios de comunicación, luego de una poderosa campaña que, a la postre, alimentó el crecimiento electoral de la candidatura de Hugo Chávez, quien había perpetrado la asonada contra la democracia el 4 de febrero de 1992. Sabemos lo que pasó en las elecciones de diciembre de 1998.

Todo esto me hace recordar al realizador italiano Elio Petri, autor de filmes memorables como Investigación a un ciudadano sobre toda sospecha (1970), La clase obrera va al paraíso (1971) y La propiedad ya o es un robo (1972), quien ya en el lejano 1956, tras la invasión soviética a Hungría, había renunciado a su militancia en el Partido Comunista de Italia. Años después Petri dijo de forma contundente: “una película no cambia la realidad, simplemente pone a pensar a la gente”. Nada más.

Por eso, quienes sigue afirmando que Por estas calles alimentó la caída de Pérez y la ulterior victoria de Chávez incurren en un simplismo deplorable. La corrupción, el tráfico de influencias, la desigualdad social y el clientelisno político ya existían, no fue un invento de la telenovela. Todo esto pasaba antes de Chávez. Los partidos tradicionales estaban en su peor momento de aprobación. El golpista simplemente aprovechó esa realidad, con el apoyo —hay que recordarlo— de muchos que hoy lo combaten.

Nuestro amigo y colaborador Enrique Viloria Vera nos envió un viejo texto suyo sobre Por esta calles, escrito hace más de dos décadas, mucho antes del comienzo de esta pesadilla que padecemos. Nos pareció muy pertinente publicarlo ahora. Lo compartimos con ustedes.

A la bella e inteligente afrodescendiente Gledys Ibarra.

Por estas calles no es sólo una sucesión de imágenes con unas tramas intrincadas que acaparan nuestra atención de televidente renuente y las más de las veces desilusionado. No, la telenovela Por estas calles tiene la virtud de transmitirnos unos mensajes implícitos, ocultos, subyacentes, que traducen la realidad y la circunstancia del ser venezolano.

Ibsen Martínez actúa como antropólogo de la imagen televisiva para ofrecernos unas situaciones, unas tramas que hablan de lo que tenemos cerca, al alcance, a la vuelta de la esquina, en forma de vecino, amigo, juez, médico, abogado o gobernante. Por estas calles es la representación de unas conductas conocidas, de unos personajes evidentes, de unos mensajes indiscutibles. Varios pueden ser los mensajes, los códigos ocultos que revela esta singular telenovela de Ibsen Martínez.

El presente eterno

Por estas calles confirma que para mucha gente el hoy es la única manera de construir el mañana. Presente fundamental que va definiendo la vida; cotidianidad que muchos conocen y que toma forma de rebusque, de resuelve, de tigrito muerto, de lance vital, de chamba de ocasión.

Como vaya viniendo vamos viendo confirma la conducta obligada del que hoy es buhonero, mañana vendedor a domicilio y pasado mañana chofer de plaza. Presente maximizado que es una apuesta permanente, una interrogante reiterada, un albur cotidiano en el que se juega hasta la vida misma. Como vaya viniendo vamos viendo es la concreción de una imposibilidad, de una imposibilidad, de una limitación, de una contención vital. Es la enseña del que se arroja a las calles todos los días sin saber cómo va a satisfacer sus necesidades fundamentales, ni de donde vendrá el dinero que le permitirá terminar el día para mañana comenzar de nuevo.

Presente eterno que la máxima de Por estas calles interpreta a cabalidad porque es la consigna del marginal, del desempleado, del ‘toero’, de la vendedora de flores y del limpia carros a la puerta de las clínicas. Presente eterno que implica estar atento a cualquier oportunidad, no dejar pasar la ocasión porque a lo mejor otro la aprovecha y puede que no se repita otra vez.

Presente eterno que agudiza los sentidos y le otorga a la existencia un destino inmediato, una velocidad particular, una prontitud inevitable. Como vaya viniendo vamos viendo es la concreción de una forma de vivir en el que el mañana inexorablemente depende de cómo se hay resuelto el hoy.

La alienación en la esperanza

Por estas calles también nos confirma que el amor es alimento de la esperanza, que hay mujeres que viven prendadas de una posibilidad, de una frase dulce, de un piropo halagador. Estas alienadas en la esperanza pueden ser jóvenes o viejas, blancas o negras, viudas o arrejuntadas.

Alienación que, en su intensidad, es incapaz de ver lo evidente, porque lo único que se desea es un futuro compartido y unos brazos protectores. Alienación que conduce a aceptar la presencia del ser amado una noche a la semana, una vez cuando se pueda. Amor nutriente de una esperanza que asume el carácter de representación, de apellido prestado y portado con orgullo, de registro civil y partida de matrimonio.

Alienación en la esperanza que Por estas calles plantea como una conducta que prescinde de las diferencias sociales, debido a que tanto la marginal como la potentada ven en el común hombre amado la concreción de un futuro liberador irremediablemente feliz. Sin embargo, Ibsen no concibe la alienación en la esperanza exclusivamente vinculada con el amor. No, nuestra gente vive apostando al futuro de manera permanente, bien sea a través del loto, del gallo tapa’o, del terminal de lotería o mediante la concurrencia a los aposentos de un iluminado, de un entendido, de un brujo blanco que es capaz de sanar las penas del cuerpo y las cuitas del alma.

Esperanza que se aliena también cuando se renuncia a una apatía política, a una indiferencia electoral, para apostar a un nuevo Mesías que además de salvar al país del caos, será capaz de catapultar a sus adeptos a encumbrarlos a niveles de reconocimiento y abundancia.

Alienación en la esperanza que se instala en el ser venezolano para combatir en el presente eterno y convertirse en una tabla de salvación personal que cada cual asume distintamente para vivir de una ilusión y de un porvenir hecho a su medida.

El fin justifica los medios

Por estas calles plantea una vez más que el éxito político, social o económico puede ser obtenido sin que importen los derroteros o las vías empleadas para alcanzarlo. El fin justifica los medios, aunque éstos sean una componenda con el narcotráfico y el crimen organizado, o una relación de amor con una vieja que sólo produce asco y repugnancia.

Éxito político que no se obtiene si no se soborna, se compran conciencias y se lavan dólares provenientes de negocios ilícitos y despreciables. Éxito económico que tampoco se alcanza si no se concreta un amor disparatado e inexistente que sólo se concibe como una inversión a largo plazo, como una renta diferida que únicamente se obtendrá a cambio de un beso aborrecible y de un frote con carnes fláccidas y arrugadas.

Éxito que tanbien puede conseguirse mediante la muerte, mediante la eliminación física del otro, de aquel que no tiene nada que ver con lo que ocurre o acontece en el corazón inclemente de la asistente arribista o del hijo vengador. Éxito que bebe de la sangre inocente, y se alimenta de la envidia y la revancha.

La rectitud no está exenta de tentaciones

Por estas calles demuestra que lo único que no puede resistirse son las tentaciones, que hasta el más recto sucumbe ante una pasión de lecho o de sueños.

Rectitud que se exhibe en tribunales y universidades, pero que se postra ante un olor a hembra —viejo y olvidado— que se hace presente para instaurar un frenesí de cuerpos y pasiones resucitadas. Integridad que se expresa en una mojigatería propia de una Hija de María que no entiende el porqué de un sueño erótico absurdo e incomprensible, donde un medio hombre es capaz de avivar la ternura conculcada y una pasión desconocida.

Rectitud viril o femenina, pública o privada, a la vista de todos o de muy pocos, que nos transmite un escritor que también sabe de la debilidad y las tentaciones, de la caída momentánea y del doloroso arrepentimiento.

La sola vocación de servicio no cuenta

Otro mensaje de la telenovela de marras es que no necesariamente la inocencia, la virtud, el sacrificio, la vocación de servicio son por sí solos un salvoconducto a la felicidad y la tranquilidad espiritual: todo puede enredarse y confundirse para convertir la existencia en un disfraz permanente, en una cédula de identidad precaria y falsa.

La escalinata cotidiana, el sueldo diferido, la refacción del local escolar, los alumnos bien atendidos, son sin discusión un haber en el balance de la virtud personal y de la entrega a un fin colectivo. Sin embargo, la circunstancia confusa unida a una dejadez, en apariencia intrascendente, pueden ser la base de una investigación policial injusta y hasta de un eventual auto de detención por complicidad en un crimen que se repudia y se condena.

Vocación de servicio que para poco sirve al momento de aclarar unas cuentas con la justicia y servir de explicación a una diferencia de enfoques vitales que pone en peligro el gran amor de una vida y la felicidad recién obtenida en brazos de un juez incorruptible.

La frustración tiene su óptimo

Por estas calles confirma también que la frustración personal es un permanente aliciente, pero tiene su óptimo. En efecto, de nada sirve saberse considerado y admirado, cuando personalmente se sabe que poco se vale, que se ha fracasado en todo, ante los demás, como hijo, como profesional, como gobernante, como amigo y, sobre todo, ante uno mismo. Frustración personal que se arrastra como un pesado fardo que conduce al rechazo de la propia imagen en los espejos, a la autodescalificación y al lento suicidio de intenciones y voluntades.

Que la frustración es una excelente motivación vital queda explicitado cuando se observan las ganas de hacer de una pareja joven que afronta con alegría las durezas de una vida cotidianamente dura y difícil. Ganas de hacer que conducen al joven artista a dejar de lado una pureza de espíritu para pintar el retrato de unos caballos que, a diferencia de él y su mujer, sí tienen techo propio y protección permanente.

Frustración que va corroyendo las iniciativas y las autoestimas porque nadie puede escapársele, todos tienen su óptimo inevitable, su punto final y sin regreso.

El más loco es el más cuerdo

La locura ha sido concebida como una evasión de la realidad, como un paréntesis permanente que aparta al hombre de su propia circunstancia y de la de los demás. Sin embargo, Por estas calles evidencia que el loco, el orate, es el que mejor entiende la realidad venezolana y es el único capaz de ejercer una solidaridad sin exigir nada a cambio.

Locura contradictoria que es fiel expresión de una cordura serena, de racionalidad incuestionable que va de calle en calle, de casa en casa, colaborando con la resolución de las grandes y pequeñas angustias, o de los problemas cotidianos de unos pobladores que, en medio de su sensatez aparente, no son capaces de descubrir el engaño y la mentira de una sociedad hipócrita y negadora.

La justicia es inevitable

Finalmente, el mejor de los mensajes latentes que transmite Por estas calles es la certeza de una justicia humana e inevitable, contundente, que el crimen paga, que la tramposería sale, y que el delincuente —sin importar el color de su cuello o la tribu protectora a la que pertenece— tendrá indefectiblemente que verse en frente del cañón del revolver que empuñamos todos nosotros.

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