Y en los jóvenes con-fía DONALDO BARRIOS ALBOROTÓ LA LUZ, por Faitha Nahmens

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No queda desguarecida la ciudad de juventud que mira, que se arriesga, que se consustancia, que revela.

Asunto de despabilarse, los ojos se van tras él, Donaldo Barros es un chico de buen ver, en todos los sentidos, y hablando de sentidos, volvamos a la vista, lo suyo, la suya: es un felino de la mirada, un cazador, un incesante y ávido mirador, mirado y admirado. Un fotógrafo a tiempo completo a cuyas retinas adhiere con curiosidad, compromiso y permanente asombro la ciudad de mis tormentos —nuestros—, y sus intersticios y secretos, todo lo líquido, los charcos y sus huellas, el despellejamiento consuetudinario y las sonrisas que hacen el esfuerzo; y lo que parece obvio pero revela inusual perspectiva, ay, igual que los prejuicios. Nada de Caracas le es ajeno y tras captarlo, encuadrarlo, volverlo ángulo, hallazgo e indicio, luego de poner el dedo, al unísono, en el botón y en la llaga, el ojo en la bilis, una vez consumado el clic en el instante de la cabriola, devuelve la anécdota —casi siempre un rapto de pasión y espejismo—, convertida en eterno vértigo.

Sabio de ojo, adiestrado en materia de colores y luces, un audaz de la composición en escenarios imposibles, un triunfador que desafía a la velocidad y no le da tregua, le sigue el trote, y la retrata con vocación de relojero, Donaldo Barros ha traspasado el intrincado umbral en la inefable Torre de David con el digno pero no siempre convincente argumento de que es periodista —los eventos políticos y ruedas de prensa suelen ser espectáculos del círculo secreto del oficialismo— e impelido por su voluntad y certidumbre de que sí, ha conseguido más de una vez encumbrarse en el piso sopotocientos —donde también escaló con su rigor la artista Angela Bonadies— y hacer la toma más terca: allí, al borde, guindados del peligro, los ejecutantes del parkur, o una bailarina que se pone en punta y a punto para una sesión insólita, Caracas como trasfondo cóncavo. “Hay quien me dice que retratar el riesgo puede ser alarmantemente emulado, otros que cómo hago para moverme con la cámara por sitios donde deambula a quemarropa la inseguridad, y la violencia muestra sus colmillos, pues yo intento contar, busco hacerlo, quiero, y sé que tenemos que abrir la toma, no solo quedarnos en la supuesta certeza de dos cuadras, porque además hay sitios estigmatizados donde quizá haya un forajido pero lo habitan 40 familias maravillosas, mira…” y muestra una foto magnífica, un niño jugando con una pelota, la luz pareciera cenital, expresa, deliberada, y las sombras no aterran, los espectros de las ventanas son los protagonistas humildes y tozudos de la cotidianidad.

Del autor de instantes inconcebibles, líricos, acuáticos, divertidos, sorprendentes, paradójicos; del simpaticazo —se parece a Clark Kent o a un Ken— de la mirada desprejuiciada y la cámara que le secunda; del representante de los semilleros de la vino tinto, que se desplaza reconstruyendo la escena profunda barrio adentro, o balcón afuera, o a vuelo de helicóptero, o en el andén del metro, o a un costado de un semáforo o junto al frenesí de viento rasante de una autopista, es la exposición que durante dos meses ha convocado con carácter de permanente bululú a sus seguidores —fanaticada— en la Galería Utopía 19 de El Hatillo, en el costado noreste de la plaza Bolívar. Es el que, cual rockstar, ha convocado muchedumbres, la mayoría en minifaldas, en las visitas guiadas por él —él contando la historia de cada una de las casi 30 fotos ampliadísimas y pasmosas de la muestra, las circunstancias delirantes y de apremio, y los detalles humanos— así como también es el inspirador de un concurso singular: tomen todos fotos por El Hatillo, móntenlas en Instagram —ahí es rey— con la etiqueta correspondientes, que luego un jurado  (Inés Espinal, caracadicta de la galería; Mitchele Vidal, otra caracadicta, arquitecta que escribe de la ciudad y el propio Donaldo Barros) dirán quién tuvo mejor ojo, narró mejor, construyó mejor la composición, enfocó donde es. Estos resultados se darán a conocer este domingo, cuando cierra la exposición, vayan.

No queda desguarecida la ciudad de juventud que mira, que se arriesga, que se consustancia, que revela. Ir a la exposición de Jóvenes con FIA, en Los Galpones de Los Chorros: las propuestas son ocurrentes, tenaces, artística y conceptualmente singulares, impertinentes y pertinentes (el tema de la escasez es abordado con sorna, el dolor de la violencia sin prejuicios y con énfasis en el hartazgo). Hay que ver. Si no fuera porque el sarcasmo les sale al paso a las instalaciones, casi podrían sacar un admirado y cómplice, ja.

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