Inclusión y exclusión FRANCIA, VENEZUELA Y SUS EXPATRIADOS, por Juan Rafael Pulido (Chipilo)

VENEZUELA-SOCIETY-MIGRATION
Se comprende que en un país de inmensas adversidades e injusticias sociales, numerosos venezolanos decidan no permanecer en un lugar hostil.

París. En Francia un tercio de la juventud universitaria estima que su futuro profesional inmediato se encuentra asociado a un mercado laboral situado en otro país. Son numerosos los jóvenes franceses que han salido a buscar oportunidades de trabajo en otras latitudes. La crisis económica impide absorber una parte de estos jóvenes diplomados. La coyuntura económica interior se transforma en un factor que estimula el movimiento migratorio. De ese conjunto 35 % permanece el primer año de carrera sin trabajo y la voluntad de inmersión profesional los anima a explorar otros mercados exógenos. La globalización y la formidable ventana al mundo que representa Internet borran las fronteras y hacen visibles las oportunidades que alientan la movilidad profesional. El Estado francés y las empresas francesas promueven la partida temporal de los jóvenes al final de sus carreras universitarias y la crisis ‘enciende’ el motor para explorar otros horizontes y transitoriamente ‘exiliarse’ fuera de Francia. Se trata de un distanciamiento pasajero en el que partir representa una aspiración de vivir una experiencia enriquecedora, de mejorar competencias lingüísticas, de adquirir madurez profesional y sobre todo, de una apertura hacia una cultura empresarial y societal distinta a la francesa.

En resumen, al menos dos factores explican la movilidad laboral trasnacional: de un lado, la crisis económica interna y del otro, la aspiración individual de progreso en un mundo globalizado que facilita los desplazamientos humanos.

Ahora bien, para la juventud de Francia migrar no se piensa como un proyecto definitivo. Dejar las hexagonales fronteras no viene asociado a un sentimiento de renuncia irreversible a la tierra natal. Partir es sólo un paréntesis. La esperanza de volver no se pierde. Los jóvenes franceses no se van expatriados huyendo de una sociedad y un Estado que no los conviene y mucho menos, que practica la exclusión. Más de dos millones de jóvenes se forman en la educación superior pública francesa, pero el problema es que la formación adquirida y la vitalidad del mercado interno en tiempos de crisis no marchan al mismo ritmo, entre uno y otro hay desajustes. De manera que en tiempos de desequilibrio, la mejor opción, si se puede, es migrar con el objetivo, más tarde, de regresar con una experiencia profesional y un capital cultural obtenidos en otra geografía.

Francia y sus expatriados: lógica de inclusión

Para Francia los expatriados constituyen una fuerza profesional para el desarrollo de sus intereses económicos y políticos y son, en cierta forma, considerados como vectores de la cultura gala en el mundo. Fuera de sus fronteras, Francia dispone de la segunda red de instituciones diplomáticas, culturales y educativas, más importantes del planeta. Tienen 880 representaciones diplomáticas: 162 embajadas, 98 consulados, 130 secciones consulares y 500 consulados honorarios. También disponen de 789 Alianzas Francesas que promueven el idioma y la cultura gala con más de medio millón de usuarios en el mundo y 449 instituciones educativas con 464.000 estudiantes inscritos cada año.

Para completar este dispositivo institucional de atención a los franceses en el exterior, hay en la Asamblea Nacional de Francia una representación política de sus expatriados: 11 diputados elegidos que tienen un rol de primer orden en la defensa de los intereses de 2% de la población total de Francia que vive en el exterior. Venezuela tiene alrededor de 5% de sus habitantes repartidos en el mundo sin ningún tipo de representación política en el parlamento venezolano. En términos de cifras absolutas, ambas naciones tienen el mismo número de habitantes en el exterior, pero el trato que una y otra nación da a sus expatriados es radicalmente diferente.

Venezuela y sus expatriados: lógica de exclusión

No son pocas las razones que justifican la decisión de buscar una vida mejor en otras naciones. Venezuela se ha convertido en un espacio social (¿asocial?) afectado por múltiples formas de violencia. La más cruel y dramática es el miedo a perder la vida por el impacto de un proyectil asesino. Venezuela es una de las naciones con el mayor número de homicidios en el mundo. La inseguridad en todas sus lamentables figuras se adueñó de la nación. No queda un solo intersticio de la vida cotidiana donde se respire sosiego. Inseguridad letal. Inseguridad jurídica que expropia bienes, impide inversiones y espanta el capital extranjero. Inseguridad alimentaria. Inseguridad hospitalaria. Inseguridad ecológica. Inseguridad educativa. Inseguridad laboral de los jóvenes diplomados con un futuro incierto. Una o la combinación de varias de esas formas de inseguridad, explica el importante movimiento migratorio de las última década y todo indica que los desplazamientos de los venezolanos hacia otros destinos, seguirán acentuándose. Así las cosas, se comprende que en un país de inmensas adversidades e injusticias sociales, numerosos venezolanos decidan no permanecer en un lugar hostil. El deseo de partir aparece como una razonable aspiración que empuja a buscar oportunidades y expectativas de vida en otros lugares del planeta.

Los expatriados venezolanos y en particular los jóvenes profesionales o en formación, se encuentran desasistidos, abandonados a su suerte. La cancillería venezolana no tiene —y en realidad no le interesa desarrollar— una política integral de asistencia y orientación en dirección de los emigrantes venezolanos. Las vicisitudes para emprender una nueva vida son múltiples y en ocasiones de difícil solución. Ante estas dificultades, el cuerpo diplomático responde con la más profunda indolencia. Embajadas y consulados prestan un servicio minimalista. No hay un reconocimiento de los venezolanos de ‘afuera’ como parte vital de la nación. No se reconoce la formidable fuerza que puede llegar a representar los connacionales como factor clave para el desarrollo económico, cultural y político del país. Brasil, Colombia, Uruguay, México, confieren a sus expatriados una atención particular y un valor relevante que contrastan con el ignominioso comportamiento del gobierno venezolano.

Así, se prologan en el exterior la persecución y la exclusión que practica el gobierno venezolano al interior de las fronteras del país territorial. Todo apunta a intentar quebrar los nexos entre el país de adentro y el país de afuera. Que el segundo olvide al primero, que no se reconozcan mutuamente. Hay una voluntad perversa de querer transformar a los venezolanos del exterior en seres invisibles, sin voz. No obstante, se olvidan estos gobernantes que la identidad no desaparece con la globalización y la era de la información, sino que por el contrario, se refuerza. La relación con la patria no es un problema de fronteras. Adentro o afuera, la nación sólo deja de existir cuando se renuncia individualmente a la condición de ciudadano. Como bien lo dice Manuel Silva Ferrer:

Uno de los atributos que se ha considerado como característico del nacionalismo de larga distancia, refiere a las luchas que los activistas políticos pueden librar contra los individuos o los partidos que ejercen el poder del Estado. Este elemento debe considerarse hoy como fundamental para el reconocimiento de un ‘nacionalismo venezolano a distancia’. Una experiencia que ha funcionado como escenario y punto de encuentro para que los migrantes venezolanos hayan abandonado —al menos temporalmente— su carácter invisible, avanzando en la organización de pequeñas estructuras informales de acción política, que han servido para la realización de toda clase de actividades tendientes a ejercer presión en contra del nuevo autoritarismo venezolano encarnado por la llamada revolución bolivariana”.

Los funcionarios de la diplomacia madurista se comportan como comisarios políticos al servicio de una ideología que niega uno de los derechos constitucionales más importantes: el derecho al sufragio. En efecto, en la mayoría de los consulados (es el caso del consulado venezolano de Paris) el registro electoral permanece cerrado. La ley electoral establece con precisión que el registro electoral debe estar permanentemente en servicio y no hay ningún argumento técnico que justifique su inoperatividad. El único argumento no confesado es político: impedir el derecho al voto.

Los venezolanos residentes en el exterior habilitados para ejercer su derecho a sufragar representan 0,52% del padrón electoral. En cifras absolutas son 100.495 connacionales repartidos en 84 países. EEUU, España, Colombia, Canadá, Portugal e Italia reúnen alrededor de 70% de los venezolanos que pueden votar fuera del país. En Francia somos apenas 1.689 con el ‘privilegio’ de elegir. Ahora bien, el número de compatriotas que no pueden sufragar en el exterior es considerable. Se calcula en más de un millón los venezolanos residentes fuera de las fronteras nacionales a quienes se les ha violentado el derecho a elegir y ser elegido.

Es claro que hay una animadversión —cálculo político— del gobierno hacia los venezolanos que residen fuera del país que, en virtud de la posición política disidente, son considerados —en tanto que electores— como potencialmente peligrosos. De allí que sistemáticamente se ha violentado un derecho humano inalienable: el derecho a votar. La lucha por la reapertura permanente del registro electoral en todos los consulados debe ser uno de los combates —no el único— de la diáspora venezolana. Apenas 10% de las oficinas consulares se ocupan de la inscripción en el Registro Electoral para los nuevos votantes o para quienes solicitan el cambio de residencia en su condición de expatriados. 2015 tiene que ser un año de presión ciudadana en defensa de este derecho usurpado que nos impide existir como ciudadanos libres de la nación venezolana.

Una diáspora en movimiento

En constante desarrollo, la red diaspórica venezolana se organiza y no olvida las razones que motivaron el alejamiento físico de Venezuela. Individual y colectivamente, buscan los modos solidarios de existir como un grupo humano específico en conexión con la Venezuela territorial. En el exterior, inventan variadas formas de lucha ciudadana. Los encuentros asociativos son numerosos. Utilizan con imaginación y astucia las redes sociales como vector de acercamiento y trabajo en equipo. Con un estricto apego a las normas y una comprensión rápida de las oportunidades que ofrecen los países en donde rehacen sus vidas, se apropian de los espacios públicos para la realización de manifestaciones políticas y culturales. Van al encuentro de la prensa, la radio, la televisión, el parlamento, los partidos y las organizaciones no gubernamentales con el objeto de informar en el exterior acerca de la crisis sin precedentes en que se encuentra sumida Venezuela. Denuncian la particular manera como el chavismo en el poder se ha puesto al margen de la Constitución y del Estado de Derecho. En grupo o individualmente son innumerables las experiencias que los expatriados promueven desde sus particulares vidas para mantener los nexos y compromisos con el país: organizan coloquios, debates y conferencias, escriben artículos, editan libros, participan en programas de radio y televisión haciendo contrapeso a la versión oficial roja.

Desde la ciudad de París, el escritor y poeta Gustavo Guerrero en un texto suyo, Todos los rostros de Venezuela, formula las muy pertinentes interrogaciones que son un estímulo para la reflexión colectiva adentro y afuera de Venezuela: ¿Se les seguirá reconociendo un lugar en la casa de todos a esos innumerables expatriados aunque adopten acentos y costumbres nuevas? ¿Cómo se va a ir articulando la relación entre el país territorial y este país extra-territorial en los años por venir? ¿Aprenderemos a construir juntos un nosotros que relativice las fronteras entre afuera y adentro? ¿Sabremos sacar provecho de esta situación, como otros pueblos, y hacer de los gentilicios con guion (venezolano-argentino, franco-venezolano, hispano-venezolano) una ventaja y no un problema?

En algún momento se tendrá que narrar la historia de este novedoso y reciente movimiento migratorio: elucidar su potencial presente y futuro, esclarecer su trayectoria llena de esperanzas, éxitos y realizaciones, pero también las vicisitudes y desilusiones que acompañan la adopción de una nueva cultura. Para las ciencias sociales es un desafío y en eso anda —desde el eje España, Francia y EEUU— el sociólogo Tomás Páez, responsable de una investigación de largo alcance sobre la inmigración venezolana en la primera década y media del nuevo milenio.

Adentro o afuera la exigencia ciudadana por un país con libertad, justicia social y progreso para todos no tiene fronteras. La reconstrucción debe ser una empresa colectiva, tener un norte común y una visión compartida para imaginar y pensar una Venezuela mejor que conquiste el alma de toda la nación sin exclusión. Los demócratas de allá y de aquí compartimos la misma esperanza: impedir que se pierda la República.

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