Bacco Trattoría PIZZAS VENEZOLANAS AL LADO DE MACONDO, por Javier Conde

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Baco Trattoria
Sandra Zúñiga, una venezolana al frente de una típica trattoria en Cartagena.

De madre colombiana, siempre se resistió a obtener esa nacionalidad. “Hasta que vi por donde venían los tiros”, dice esta caraqueña de 33 años, graduada en la Universidad Católica Andrés Bello en 2007. Un año después hizo maletas y se instaló en Bogotá con todas las de la ley. Y luego saltó a Cartagena, en busca de sol: es que en esta capital, además del friíto, cuando no llueve en una cuadra, gotea en la siguiente.

Entre llegar a Bogotá e instalarse en la ciudad amurallada pasaron cinco años y, en el camino, Sandra Zúñiga se reencontró con Ricardo Parada —“amigo de toda la vida”— y se convirtieron en pareja. En esos cinco años ‘cachacos’, Sandra, que empezó trabajando en una agencia de publicidad, llegó a ser parte de la campaña presidencial que Antanas Mockus libró en 2010 contra Juan Manuel Santos.

Zúñiga laboró para la fundación Corpovisionarios, una organización presidida por Antana Mockus que investiga, asesora, diseña e implementa acciones para lograr cambios de comportamientos ciudadanos. Ella recuerda, entre risas, las reuniones con el ex alcalde de Bogotá, porque “sólo a él se le ocurrían cosas insólitas e inesperadas”. Pero todo es pasado: su foco hoy es Bacco Trattoría, un local abierto la pasada Semana Santa y ubicado a un lado de la casa de Gabriel García Márquez en Cartagena y detrás del fastuoso hotel Santa Clara.

El sitio, de paredes de color ocre, dispone de siete mesas de madera rústica —tres para cuatro personas y cuatro para dos— en sus escasos 40 metros cuadrados y se especializa en pizzas y pasta. A Ricardo, el marido de Sandra, la cocina le vino por la ascendencia italiana y siempre se metió en los fogones caseros atraído por los aromas y el ajetreo.

En noviembre de 2013, recién llegada la pareja a Cartagena, él comenzó a preparar pizzas para otras familias. Sandra cuenta que vivían en Laguna Club, a más de 40 minutos de la ciudad, y no había nada en los alrededores donde comer. “Él comenzó casi como entretenimiento y le fue muy bien”, dice ella. El próximo paso fue buscar un local y emprender el negocio, para el que realizaron una inversión inicial de 30 mil dólares. Con la ayuda de un artista plástico español concibieron un lugar grato en el que, además de la buena mesa, se puede disfrutar en una de sus paredes de exposiciones fotográficas: ahora mismo una de imágenes de Cartagena realizadas por otra venezolana.

Abren de martes a domingo, desde el mediodía y hasta bien entrada la noche. Se puede ir a comer a mitad de la tarde como suelen hacer los turistas mexicanos, brasileños y australianos —recuerda Sandra— que andan a su aire y se sientan a la mesa para dar descanso al cuerpo y reponer energías. Muchos van por la pizza —en especial la que lleva rúgula, prosciutto, queso parmesano y aceite de oliva— y otros por los espaguetis a la carbonara. “Todo es muy artesanal y con ingredientes naturales… a la gente le encanta”, suelta ella, siempre riendo.

Bacco Trattoria da empleo a siete personas —contando a los dueños—  y ya cubre sus costos, a pesar de cancelar cada mes un alquiler que ronda los 2 mil dólares. “Los que vienen nos recomiendan y así vamos dándonos a conocer”, expresa. Ella confía en disponer más adelante de un espacio más amplio o de un segundo local: “Es nuestro hijo y queremos verlo crecer”.

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