También en el cine LOS 100 AÑOS DEL CRONOPIO MAYOR, por Héctor Concari

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Blow-up 10
En la clásica ‘Blow up’, 1966, Michelangelo Antonioni adaptó ‘Las babas del diablo’, de Julio Cortázar.

Cortázar cumplió cien años esta semana y no es justo olvidar que, en contraste con decenas de adaptaciones olvidables, uno de sus cuentos pretextó una obra mayor que fue además un film icónico de los sesenta. El cuento se llama Las babas del diablo y tiene siete páginas. La película se llama Blow Up, dura 110 minutos, y fue dirigida en 1966 por Michelangelo Antonioni. El cuento es digno del mejor Cortázar. Un traductor y fotógrafo aficionado, Roberto Michel, sale a caminar por París, llega a la Ile Saint Louis y observa una escena anodina, un joven y una mujer caminan, parecen perseguirse. Les toma una foto, la mujer protesta, hace intervenir a un hombre que tal vez la vigilara o no desde un carro. El fotógrafo vuelve a su trabajo y unos días más tarde revela la foto y la amplía. Cortázar desliza, con genio de tahúr, una frase malévola, Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Vale la pena agregar que el cuento alterna la primera y la tercera persona, por si no nos hubiéramos dado cuenta de que Michel es un obvio alter ego de Cortázar. El hecho es que una vez ampliada, la foto cobra una vida extraña. No podemos precisar si existe en uno de los universos paralelos del escritor, si ha cobrado vida propia o si quien nos habla es la pura imaginación del fotógrafo circunstancial, pero los hechos apenas insinuados hablan de un posible secuestro o quizás homicidio y de una fuga, también posible gracias a la irrupción del fotógrafo en la escena. Y yo no podía hacer nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada. Mi fuerza había sido una fotografía, ésa, ahí, donde se vengaban de mí mostrándome sin disimulo lo que iba a suceder. Claro, el relato es un cuento, y a Cortázar le debemos aquella frase feliz según la cual el cuento se gana por knock out (en tanto que la novela se gana por puntos).

Hay que releerlo, el cuento, como Rayuela, como todo Cortázar, está intacto, cinco o seis décadas después de escritos. Entra en escena Michelangelo Antonioni, ese poeta del tedio vital, que ha sabido describir como nadie la futilidad de los burgueses en films como La Aventura o El desierto rojo.

Y con otro consagrado, el libretista Tonino Guerra, transforman ese cuento tan breve en la peripecia de un fotógrafo de modas (David Hemmings) en el swinging London de los adorables sesenta. Hay alguna trampa (acaso inevitable en la transpolación al cine). La maestría del cuento estaba en esa zona final de las últimas tres páginas, ese universo alterno que partía de la realidad capturada en una foto, y la angustia que provocaba en el fotógrafo no haber tenido sino un acceso fugaz (y probablemente afortunado) a él. La película simplificaba este abismo cortazariano, con una trama policial (pero que funcionaba muy bien). Al revelar la película el fotógrafo descubría un arma y un crimen.

El final era sencillamente brillante. Unos mimos, que habían invadido inexplicablemente la película en secuencias anteriores, entraban a una cancha de tenis y jugaban o hacían que jugaban porque la pelota no existía, en una escena que capturaba, traicionándola con cariño, el juego del cronopiazo. Lo mejor es que la película hizo escuela. En 1975, otro cronopio de los grandes, Francis Ford Coppola, ganó la Palma de Cannes, con un policial mesmerizante llamado La conversación, sobre un espía a sueldo de las trasnacionales experto en pinchar teléfonos. En el curso de un trabajo rutinario, descubría un asesinato que se planeaba y que, en sucesivas limpiezas de la cinta grabada, lograba desvelar, aunque con vuelta de tuerca. Seis años más tarde, Brian di Palma (cronopio menor, pero cronopio al fin) filmaba Blow out, juego de palabras sobre el inspirador film de Antonioni (que refería al revelado de una foto) y que aquí se transformaba en reventón o explosión. El protagonista, John Travolta, era un sonidista de películas que buscaba el grito femenino de horror perfecto y al buscarlo se veía envuelto en una conspiración política. Era muy entretenida, y, en esos giros de fantasía del director, volvía a ubicar la trama en esa zona oscura entre la realidad y la duermevela. ¿Acaso no es eso el cine?

*Cortesía de http://www.talcualdigital.com/ediciones/2014/08/30/default.asp

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