Muestra de Documental de Mérida LO MEJOR DEL CINE VENEZOLANO, por Pablo Gamba

algopasoenelalma
“Algo pasó en el alma” (2013), un documental performativo de Rosana Matecki sobre dos payasos callejeros bolivianos.

El 16 de julio comienza en Mérida la Primera Muestra de Cine Documental. Se extenderá hasta el 20 con 30 filmes, entre largometrajes y cortos, en la sección principal.

La inauguración será a las 8:00 pm en el teatro César Rengifo, con la primera exhibición en Venezuela de El silencio de las moscas (2013) de Eliézer Arias, que fue estrenado el año pasado en el IDFA, el Festival Internacional de Documentales de Ámsterdam, uno de los más importantes del mundo. Después de Pelo malo (2013) de Mariana Rondón, es la película venezolana del momento en ese circuito internacional. Ha competido también en los festivales de Cartagena, Guadalajara y Toulouse, y en varios más.

Mérida fue en 1968 sede de una Primera Muestra de Documental Latinoamericano, en la que tuvo su segunda reunión más importante el movimiento del Nuevo Cine de la región, luego del Festival de Viña del Mar, el año anterior en Chile. Fue premiada en Mérida La hora de los hornos (1968) de Fernando Solanas y Octavio Getino, de Argentina, que se ha convertido en un clásico del cine mundial. También fue galardonado el cineasta boliviano Jorge Sanjinés por las películas que había realizado hasta entonces.

La muestra de este año no tendrá esa trascendencia internacional, pero sí la modesta virtud de reunir lo que quizás es lo mejor de la producción cinematográfica venezolana actual, y que son las películas hechas en el país que mejor se inscriben en las búsquedas actuales del cine latinoamericano y del cine internacional en general.

En la programación hay un destacado filme extranjero invitado: el documental ecuatoriano Con mi corazón en Yambo (2011). Es una película en la que María Fernanda Restrepo investiga el caso del asesinato de sus dos hermanos por la policía de su país, en la época en la que gobernaba León Febres Cordero. Se calcula en alrededor de 165.000 el número de entradas vendidas para ver ese documental en Ecuador, de lo que surgió la leyenda de que los fiscales de tránsito no se atreven a ponerle multas a la realizadora. Dicen que los agentes de la “ley y el orden” le tienen mucho miedo a Restrepo. En el Festival de Margarita de 2012 ganó el premio a la mejor ópera prima de documental.

Con mi corazón en Yambo es más que esa denuncia de la impunidad de un crimen, que pudiera haberse hecho por escrito. El filme pone en evidencia cómo el documentalista tiene con su cámara la capacidad de descubrir, abordar sorpresivamente e interpelar a los responsables, por más que se crean a salvo tras los escudos institucionales que los protegen, los escondites que les facilitan, o las identidades falsas con las que tratan de escapar del castigo y evitar la vergüenza. Ponerlos en ridículo es otra de sus armas.

La mayoría de las películas nacionales pueden resultar tan extranjeras para el público como el documental ecuatoriano, dada la falta de difusión. Es lamentable que los documentales de autor aún encuentren resistencia para su exhibición comercial. Eso puede considerarse consecuencia de un problema cultural: la falta de formación de los espectadores, de la que se deriva su poca curiosidad por lo distinto. Pero también es una falla del CNAC en el cumplimiento de su deber de permitirles a los creadores llegar al público con sus obras, y de garantizar el acceso de los espectadores al cine venezolano.

La gente tampoco suele tener conocimiento de las búsquedas expresivas de los documentales, debido a los malentendidos que hay en torno al género. El más común es confundirlo con el reportaje. Otro es asimilar documental a contrainformación, a revelación de las verdades que se considera que ocultan los medios de comunicación. Eso se corresponde con el tipo de película que fue en su momento La hora de los hornos, aunque el filme de Solanas y Getino es más que eso, y no todo documental responde a ese fin. También está la confusión que genera el “infoentretenimiento”, una manera de usar la realidad para elaborar productos de consumo, no para la expresión de un cineasta.

Los documentales son considerados también como películas que simplemente están dedicadas a tratar un tema, o algo peor: a informar sobre hechos. La falta de familiaridad con este tipo de cine impide reparar en el meollo creativo del género, que son las diversas modalidades de representación que hay en él: expositiva, de observación, interactiva o participativa, y reflexiva, como las clasificó Bill Nichols en La representación de la realidad, de una manera no del todo satisfactoria que le llevaría luego a agregar dos, performativa y poética. La práctica del documental continuamente rebasa todas las fronteras, incluidas la que lo separan de la ficción y hasta de la animación, que también se emplea como recurso. Es básicamente un tipo de película en la cual se expresa un autor, a través de lo que el cineasta John Grierson llamó el “tratamiento creativo de la realidad”.

En el documental venezolano actual se juega con la forma para tratar de representar lo irrepresentable, como la ausencia. Es lo que hace Eliezer Arias con las puestas en escena de su documental de observación El silencio de las moscas. También se ha buscado indagar en los misterios de un arte que parece integrarse perfectamente con la vida en el filme Algo pasó en el alma (2013), un documental performativo de Rosana Matecki sobre dos payasos callejeros bolivianos. La historia universal se refracta en el relato en primera persona del pasado de una familia de emigrantes japoneses, como ocurre en el documental participativo Nikkei de Kaori Flores Yonekura (2011). Son tres ejemplos de las búsquedas de los documentales de la muestra de Mérida, que comprenden también los problemas de la representación del “otro” en filmes indigenistas o sobre personas con discapacidad.

Es una lástima que la Mérida en la que comenzará la muestra esta semana no sea la de 1968. En 1966 el Auditorio de la Universidad de los Andes había sido dotado de equipos para proyectar cine incluso en Cinemascope, y la Dirección de Cultura contaba también con otros proyectores, refiere Roberto Rojas en un artículo publicado en el n° 17 del Boletín del Archivo Histórico de la ULA. En el último año del gobierno de Raúl Leoni, que convirtió al país en pionero de la “desaparición” de personas como parte de su guerra sucia contra la guerrilla y las organizaciones de izquierda, hubo recursos para organizar la Muestra de Cine Documental Latinoamericano y para traer al país a los más importantes cineastas de la región, y se le dio un premio a una película que abogaba por la lucha violenta contra el sistema, como La hora de los hornos. En la actualidad apenas hay equipos para proyectar video con calidad medianamente decente en el teatro César Rengifo, y es muy pobre la exhibición en la sala Spinetti Dini, otra sede de la muestra.

La carencia de infraestructura en la que Edmundo Aray llamó “la ciudad del cine”, en el artículo que escribió para Panorama histórico del cine en Venezuela, se extiende incluso al sector privado, como se evidenció en las pésimas proyecciones del complejo de Las Tapias, en el Festival del Cine Venezolano. Los derechos del espectador establecidos en la Ley de Cine no se respetan al parecer en esa ciudad, y ni los fondos de Fonprocine ni otros recursos del país con las mayores reservas de petróleo han permitido que el cine pueda recuperar en Mérida el esplendor de un pasado que tan duramente se condena hoy.

Deja un comentario