El legado Bourne LA PÉRDIDA DEL LEGADO, por Pablo Gamba

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En El legado de Bourne (The Bourne Legacy, 2012), los motivos de los medicamentos que debe tomar el protagonista como consecuencia de las manipulaciones genéticas a las que ha sido sometido, y el virus que puede estabilizarlas, no sólo son el correlato de la introducción de un nuevo personaje: Aaron Cross. Son un detalle que pone de manifiesto la semejanza entre la relanzada serie de los fugitivos de cuerpo y mente modificados para ser asesinos de la CIA, y los tópicos relacionados con los virus de Umbrella Corporation en Resident Evil.

La Alice de esa otra franquicia padece amnesia al igual que Jason Bourne, y los dos van obteniendo información sobre su identidad a medida que se la va suministrando también al espectador. Uno de los atractivos de la serie de Bourne, en particular desde que entró Paul Greengrass como director en La supremacía de Bourne (The Bourne Supremacy, 2004), era la combinación de esa forma de participación y la que se deriva de un estilo documentalista que coloca al público en medio de la acción. En las persecuciones de carros, tal como las filmó Greengrass, se ven y se escuchan los choques como si se estuviera dentro del vehículo.

Pero el gancho del desconocimiento de la identidad desaparece en El legado de Bourne, puesto que Aaron Cross desde el comienzo sabe quién es y que su cuerpo y su mente han sido modificados por el programa secreto Outcome. La expansión de sus capacidades físicas y mentales también da licencia para romper con la verosimilitud realista de las primeras entregas. Soporta el frío, trepa y da saltos de una manera fantasiosa desde el comienzo.

El resultado es que, aunque el estilo de la última secuencia de persecución y el epílogo intentan restablecer el parecido con las películas anteriores, Cross es un personaje diferente, protagonista de una historia narrada de otra manera, que carece de al menos uno de los dos principales atractivos de los filmes de Jason Bourne. A eso se añade el contraste en la interpretación entre la locuacidad de Jeremy Renner y la parquedad de Matt Damon.

Si hay un desarrollo en El legado de Bourne, consiste en la extensión de la trama a lo que estaba detrás de la historia de la película anterior: El ultimátum de Bourne (The Bourne Ultimatum, 2007), en la que el venezolano Edgar Ramírez hizo de asesino. Pero se trata del tipo de profundización característico de las historias de conspiración, la cual consiste en ir complicando cada vez más los enredos. En el fondo eso tiene el efecto políticamente apaciguador de convencer de que nunca podrá hacerse nada para desarticular las redes secretas del poder. Si en La supramacía de Bourne Greengrass intentó recordar que también existe una lucha contra la globalización, al incluir imágenes de una manifestación del grupo Attac, las pastillas de colores del Legado de Bourne sólo hacen pensar con sus colores en los tubos azul y verde del virus y el antivirus de Resident Evil, o quizás en las golosinas M & M.

EL LEGADO DE BOURNE

The Bourne Legacy, Estados Unidos, 2012

Dirección: Tony Gilroy. Guión: Tony Gilroy y Dan Gilroy, sobre una historia de Tony Gilroy basada en los personajes de Robert Ludlum. Producción: Frank Marshall, Patrick Crowley, Ben Smith, Jeffrey M. Weiner. Diseño de producción: Kevin Thompson. Fotografía: Robert Elswit. Montaje: John Gilroy. Sonido: Christopher Assells, Peter Stabuli. Música: James Newton Howard. Elenco: Jeremy Renner (Aaron Cross), Rachel Weisz (Marta Shearing), Edward Norton (Eric Byer). Duración: 135 minutos. Formato: rodado en Super 35 mm y video HD con intermedio digital, exhibido en 35 mm anamórfico, D-Cinema; 2,35:1, color; sonido Dolby Digital, SDDS, Datasat.

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