Cine APUNTES PARA UN FILM

María Fernanda León y Jean-Paul Leroux en una escena de “Las caras del diablo” de Carlos Daniel Malavé.

El segundo largometraje de Carlos Daniel Malavé (Por un polvo, 2008) es una curiosa mezcla de inteligente visión sobre un tema esencialmente cruel y una realización muy pobre. Las caras del diablo transita las rutas del policial para abordar el tráfico de menores y la prostitución infantil en la Venezuela de hoy a través del drama personal de Pedro Manuel Ramírez, investigador del CICPC obsesionado con un caso no resuelto de asesinato y violación de una niña de diez años, tres años atrás. El mismo criminal decide secuestrar a la hija del policía, en una suerte de acto perverso que destruye la ya atormentada vida de Ramírez. Tal es el punto de partida dramático de una película que parece el ensayo de un verdadero film con una propuesta inteligente y pertinente que demandaba mayor cuidado y madurez en el desarrollo del guión, en la concepción de su puesta en escena y en sus valores de producción.  En este caso Malavé abortó una obra de mayor calidad y empuje sobre un problema brutalmente real y, en cambio, estrenó un relato cargado de intenciones creativas que parece un trabajo de aficionados.

Creo que el mal llamado cine guerrilla está afectando a los nuevos realizadores venezolanos, no sólo porque limita las propuestas estéticas de sus filmes sino porque también secuestra el proceso creador de sus autores y los arrincona en el plano meramente técnico o de rodaje. Más importante que las características de las nuevas cámaras de video HD o que los actores tengan libertad para improvisar o que la producción final cueste apenas 200 mil bolívares es que un cineasta desarrolle su proyecto con profundidad, lo realice, lo edite y lo estrene con todo el rigor necesario, en el tiempo que exige el proceso creativo y con el debido respeto a su honestidad intelectual. Es lo que echo de menos en Las caras del diablo, sobre todo porque Malavé trabaja un asunto extremadamente grave que exigía un tratamiento más denso y de mayor cuidado.

El centro de la trama se ubica en el propio Ramírez, un hombre en crisis profesional y personal que debe resolver un caso que le afecta íntimamente. La forma como fue concebido el personaje remite a la célebre Seven (1995), de David Fincher, al involucrarlo con la resolución dramática y al convertirlo en la ficha humana de un dilema jurídico y ético. ¿Se trata del sub inspector de un cuerpo policial que investiga un crimen o del padre de una niña secuestrada que clama venganza? En ambas vertientes se construye el personaje aunque el esbozo del conflicto sea más bien precario en la medida en que las posiciones ante el criminal se reducen a la frase de su esposa “descúbrelo y mátalo” o al gesto del comisario de entregar una pistola al policía. Ramírez se sumerge en los fangos de esa Caracas oscura y enferma, asume la perspectiva del secuestrador y llega a las últimas consecuencias para salvar a su niña. Hemos visto muchas películas con esta trama. Lo que diferencia un film como Seven se halla en el rigor de su planteamiento religioso y moral y  en sus implicaciones tanto en el plano íntimo como en el colectivo.

Quedan muchas preguntas abiertas en el desarrollo dramático de Las caras del diablo. En especial las referidas a la crisis de Ramírez, a la supuesta infidelidad de su esposa Paula, a las amistades secretas de la niña Sarah y, sobre todo, a la terrible personalidad del criminal. Siento que esos personajes reclaman más atención en sus motivaciones. Las respuestas del guión se quedan en la periferia del problema y la concepción crítica del realizador se limita a las acciones de la trama sin formular significaciones más medulares. ¿El problema se halla en las redes sociales? ¿En la falta de atención de los padres de la niña? ¿En la incapacidad técnica de un policía de dar con el asesino de menores? ¿Cómo se construye esa red de tráfico de niñas y niños? ¿Quién está involucrado en la prostitución infantil? ¿Quién la protege? ¿Es un mero asunto policial o más bien un problema del sistema de justicia venezolano?

Malavé asumió las responsabilidades del guión, la producción, la dirección, la fotografía, la cámara y el montaje de su film, en un esfuerzo personal que no halla correspondencia con la calidad final de la obra. Su fotografía, por ejemplo, es demasiado chata, sin matices expresivos, con una iluminación elemental y con encuadres que no cuidan el movimiento interno de la acción. A veces no se aprecian los gestos y expresiones faciales de los actores por la ausencia de luz y no creo que esto sea una propuesta estética del director. Su montaje establece un ritmo intenso pero desaprovecha la simultaneidad de las acciones. El sonido de Carlos Torres impide escuchar los diálogos con claridad. Las limitaciones del guión impiden que las actuaciones de Jean-Paul Leroux o William Goite trasciendan sus palabras o sus gestos. El personaje de Ramírez era la oportunidad de oro para Leroux, cuya interpretación luce desigual. Algo mejor están María Fernanda León, Mariaca Semprún y la niña Valentina Mammarella. En fin, Malavé apuró en demasía una obra que reclamaba más atención y mayor profesionalismo. Involucró como productores a sus intérpretes, convocó la cooperación de sus técnicos y logró la participación de Blancica en el proyecto. Sin embargo, el resultado final es deficiente. Espero que Malavé reformule su carrera y se plantee un proceso creativo más completo.

LAS CARAS DEL DIABLO, Venezuela, 2010. Dirección, guión, producción, fotografía y montaje: Carlos Daniel Malavé. Sonido: Carlos Torres. Música: Yoncarlos Medina. Elenco: Jean Paul Leroux, William Goite, María Fernanda León, Mariaca Semprún, Carlos Madera, Guillermo García, Agustín Segnini, Valentina Mammarella, Catherina Cardozo, Jackson Gutiérrez, Matilda Corral, Sócrates Serrano. Distribución: Cinematográfica Blancica.

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