En Estados Unidos / MATAR MANIFESTANTES ANTIRRACISTAS NO ES DELITO, por Antonio Llerandi

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El joven asesino que mató a dos personas, aunque el juicio lo haya considerado defensa propia, se ha convertido en una celebridad nacional, siendo recibido por el mismísimo Trump.

Esa podría ser la conclusión simplista a raíz del veredicto del juicio que declaró inocente a Kyle Rittenhouse, un joven que siendo adolescente fue llevado por su madre de un estado a otro de la Unión para que se enfrentara a unos manifestantes que protestaban por el racismo, a raíz de una de las últimas muertes de negros a manos de la policía. El joven, que aún no había cumplido los 18 años estaba armado con un rifle de alta capacidad de tiro, y como era lógico suponerlo lo accionó, matando a dos e hiriendo a un tercero.

Dicho así, el asunto suena muy simple: ese joven, enfermo desde luego por su entorno, pues de otra manera no se justifica el manejo de semejante arma a tan temprana edad, argumentó que se sintió en peligro y accionó su arma. Los dos muertos y el herido, en este caso, eran blancos y más adelante, ahondaré en este hecho.

El juicio se convirtió en un asunto mediático en EEUU, siendo cubierto por los más importantes medios de comunicación. Un sector comenzó a considerarlo un héroe, e incluso recibió múltiples donaciones que le ayudaron a financiar su defensa. Sabemos que la justicia en EEUU es cara y pobre de aquel que no disponga de los fondos necesarios para pagarles a los abogados. Ya desde el comienzo, se vio claramente que el juez designado para el asunto mostraba una cierta parcialización hacía el acusado, pues así lo manifestó de diferentes maneras, favoreciendo a la defensa y quitándole argumentos a la fiscalía. El resultado se veía venir: inocente.

A partir de allí el joven asesino, pues mató a dos personas, aunque el juicio lo haya considerado defensa propia, se ha convertido en una celebridad nacional, siendo no sólo recibido por el mismísimo Trump sino incluso, representantes republicanos están solicitando al Congreso que se le otorgue una medalla de honor.

Todo ello demuestra solamente dos cosas: una, que había unas fuerzas escondidas en EEUU que desean que se vuelva a lo que ese país fue hace sesenta años, un emporio de racismo e injusticia, que permita las más terribles arbitrariedades en aras de una filosofía del supremacismo blanco, y dos, que esas fuerzas tomaron un auge de nuevo a raíz de la presidencia de Trump, que convirtió el gobierno —o pretendió convertirlo— en una lucha por ese supremacismo por encima inclusive de la ley.

El asunto es mucho más grave de lo que se piensa, y el hecho —aparentemente aislado— de este juicio, lo demuestra. Ha sacado a flote a una sociedad sumamente dividida en dos bandos antagónicos. Uno recalcitrantemente retrógrado que pretende, sobre todo con el apoyo de factores decisivos dentro del poder judicial, volver atrás y desechar leyes y logros que habían intentado borrar el pasado injusto del país. Aunque parezca insólito, se ha retrocedido muchas décadas y el país se encuentra imbuido en una lucha fiera entre avanzar o retroceder.

El asunto pudiera parecer simple: un sector, privilegiado, quiere volver a su absoluto dominio de la sociedad, aun saltándose —o evitando, como lo demostró el juicio— las normas y leyes que suavizan ese dominio. Sin embargo, y sobre todo a raíz de lo que hizo Trump, el convertir hechos evidentemente ilegales o arbitrarios, en una nueva forma de proceder para retomar ese poder absoluto.

Muchas personas creen que esta conducta prevalecerá. Yo, por el contrario, creo que no.  EEUU tiene una reserva humana y moral lo suficientemente fuerte y capaz para ponerle un freno a la arbitrariedad. La presidencia de Biden lo está demostrando y, aunque el camino no lo tiene fácil, se ha avanzado en los pocos meses —no lleva un año— en la presidencia.

Siempre me ha parecido insólito que grandes grupos de venezolanos en este país, tan inmigrantes como cualquier otro, tan de otras razas más allá de la llamada blanca, se hayan hecho eco de ese sector que anhela un supremacismo de unos sobre otros, denigrando de los afroamericanos y de los inmigrantes. Quizás se han contagiado un poco del racismo evidente de la colonia cubana y de unos odios viscerales que realmente no conducen a nada más allá del daño hepático.

Ahora que lo escribo, me detengo a considerar ese verbo que utilicé —denigrar— en sí mismo significa un horror y que, por alguna extraña razón, pudiera ser asociado con lo de ‘negro’.  Es pura especulación, pero valedera creo yo.

Hace pocos días, otro juicio, esta vez en Georgia, condenó a tres hombres blancos por el asesinato de un negro, que cometió el error —era deportista— de correr por un barrio de blancos y, como el viejo chiste horriblemente racista de que hombre blanco que corre es deportista y hombre negro que corre es ladrón, aunque ustedes no lo crean, ese fue el argumento de los asesinos, lo vieron correr y creyeron que era un ladrón. Afortunadamente en este caso, alguien grabó un video del asunto que ayudó a la verdad y a la condena de los tres asesinos. Similar a lo que ocurrió con el policía que mató al negro colocándole la rodilla en la garganta. Bienvenido el video y los teléfonos inteligentes que por lo menos para algo bueno sirven.

Como me gusta pensar y repensar los hechos y todas sus fases y vericuetos, me pregunto: al señorito Rittenhouse no lo exoneraron por matar negros, sino por matar blancos que eso sí, estaban apoyando a los negros. Será esta una nueva manera que están buscando para evitar que la justicia se convierta también en una manera racista del asunto. Afortunadamente veo que cada vez más blancos, apoyan a los negros en su lucha por la igualdad.

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