La Muerte y la Inmortalidad / EL CORONAVIRUS NOS SALVÓ, por Karin van Groningen

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El arduo trabajo y el cincel fueron los cómplices de la prolongada epifanía.

La Piedad de Miguel Ángel Buonarroti (1475 -1564) ubicada a la entrada de la Basílica de San Pedro en El Vaticano. Esa escultura hecha en rígida piedra en la que el genial artista anidó la compasión. ¡La compasión de una madre por el hijo muerto! Los hermosos y tersos pliegues curvilíneos cincelados en el blanco mármol exaltan la profunda conmiseración de la hermosa dama por aquel hijo que yace sobre su regazo. El cuerpo de ese hijo ya ausente que con amor entrañable y tierna devoción acuna por última vez… ¡Inerte cae ya el brazo del hijo fuera de su regazo!

El Divino, lo llamaban al creador de la muy famosa escultura. El casi adolescente que le incorporó sentimientos a la fría piedra. El arduo trabajo y el cincel fueron los cómplices de la prolongada epifanía. Una, producto de una conmoción espiritual… Y es que la pasión, crucifixión y muerte de Cristo conmocionó espiritualmente al mundo. Es probablemente el hecho histórico que ha estremecido al mundo de manera más determinante. La llamada cultura occidental está total y absolutamente permeada por esa sangre derramada por Jesucristo. Las religiones. Las leyes. La filosofía. La arquitectura. Las artes todas. Y esa muerte no sólo ha marcado el acontecer social. También el individuo ha sido conmovido de manera formidable por este terrible evento… El dolor y la culpa arrastrada por todos nosotros… y con ellos, nuestra urgencia por la redención.

El perdón y el paraíso eterno se hicieron uno en nuestras mentes. La recompensa por nuestros buenos actos. Recompensa capaz de borrar el terrible pecado cometido con el cuerpo del hijo de Dios. ¡Y es que han pasado ya dos mil años! Y durante todo ese tiempo los hombres han expresado su más íntimo y sentido dolor por aquel que murió en la cruz por nuestras manos. Han sido dos mil años en los que los hombres han expresado su necesidad urgente de redimirse de ese sangriento pecado. Dos mil años en los que los hombres han intentado modificar su conducta. Dos mil años en los que los hombres han intentado ser mejores… y todo ello para asegurarse la vida eterna. Para huir de Satán y las pailas del infierno. Un infierno horrífico ha obsesionado por siglos la mente de los hombres. Muchos artistas han ayudado. Solo recordemos a aquel óleo pintado por el alemán Hans Memling (1423-1494) en la misma época en la que Buonarroti esculpe La Piedad. Asustó a los feligreses del siglo XV (1485). Pintó la imagen de un Satán gigantesco que se inscribe entre las 10 pinturas más pavorosas desde Bosch a Warhol (Cumming, 27 de octubre, 2012). Tiene el Satán de Memlig unos abombados ojos de carnero, alas de murciélago y extremidades de fiero halcón. Desgarra las carnes de los hombres y mujeres que arden dentro de las mandíbulas de un colosal pez con las incandescentes llamaradas del fuego eterno. Un abominable rostro humano asoma del vientre de Satán. Risueño y burlón. Rostro que se convirtió en el acompañante fiel de las pesadillas de los muy ingenuos feligreses alemanes del siglo XV. Y el de las pesadillas de los siglos posteriores. Rostro aborrecible que ha viajado por los siglos para posesionarse de los lienzos de muchos pintores surrealistas franceses del siglo XX. “En el infierno no hay redención” Se lee en un cintillo que circunda la terrorífica escena…

Pero nosotros creímos que eso cambiaria en el siglo XXI. De la mano de la tecnología que está próxima a crear seres humanos inmortales. De la mano de los implantes magnéticos. Detectores de posibles enfermedades instalados bajo la piel. De la mano también de los vigilantes automatizados —los nanos robots— que circularán por el torrente sanguíneo e informarán de su aparición ¡La Inmortalidad… deseando posesionarse del siglo XXI! Creíamos todos… Temíamos que cuando la Inmortalidad entrase a nuestras vidas, la muerte de Cristo nos pareciese tan insignificante como cualquier otra ocurrida a través de los siglos en el acontecer humano. Temíamos que la mirásemos por encima de los hombros. Con el desdén inundando nuestros corazones.

Losers[1] es la palabra que temíamos que se les aplicase en el mundo del futuro a aquellos que continuasen sucumbiendo al abrazo de la Muerte. Esos que viven en los países más pobres… Temíamos que fuesen removidas las representaciones de La última cena de Jesús, de los comedores familiares de medio planeta. Y que la hermosa Piedad de Buonarroti quedase como pieza de museo. Junto con la innumerable cantidad de piezas de arte dedicadas a la pasión y crucifixión de Cristo que reposan en las iglesias y demás instalaciones dedicadas a su culto y devoción. Temíamos que lo profano, superficial e irreverente acabase con toda espiritualidad… ¡Pero llegó el coronavirus a salvarnos! Y nos devolvió el miedo a Satán y a las pailas del infierno. Es probablemente por ello que Frederik de Klerk, el último presidente blanco de Sudáfrica, antes de morir pidió perdón a los surafricanos por su prolongado apoyo la segregación racial y la defensa de un régimen señalado por crímenes de lesa humanidad, del que formó parte (BBC News,11 noviembre 2021). Lo cierto es que, devuelta la Muerte, solo queda esperar que la búsqueda de la redención nos devuelva a todos también el deseo de ser mejores.

Copyright©Karin van Groningen

Referencias

BBC News, 11 noviembre 2021. Muere F.W. de Klerk, el último presidente blanco de Sudáfrica y polémico líder del apartheid que liberó a Mandela. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-59172490

Cumming L. (27 de octubre, 2012). The 10 best scary paintings. From Bosch to Warhol, the world of fine art is rich in horror. The Guardian.

[1] Del inglés: perdedor, uno que fracasa.

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