Ciencia, portavoces / ¿INFODEMIA?, por Adriana Amado

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Si las plataformas trajeron el debate de la toxicidad no es porque la inventaran, sino porque la extendieron a personas que en la etapa de los medios masivos estaban fuera del espacio público.

El diagnóstico de infodemia fue más repetido que demostrado. Antes bien, la pandemia significó una oportunidad para la difusión de otras voces que comprobaron que las ventajas de la divulgación compensan ampliamente las desventajas.

Antes de que la Organización Mundial de la Salud declarara formalmente que el mundo enfrentaba una pandemia, su director general decretó el 15 de febrero de 2020 que la infodemia era un problema equivalente al coronavirus. El neologismo resultó un éxito publicitario que no necesitó de evidencias de su existencia para aludir, indiscriminadamente, a exceso de información, noticias engañosas, publicaciones en redes o discurso tóxico. También resultó muy conveniente para descalificar las voces alternativas al discurso oficial, más allá de si la versión fuera cierta o no, por lo que infodemia terminó siendo un instrumento para la cancelación de muchos expertos.

Al inicio de la pandemia, médicos y científicos eran percibidos como los portavoces más creíbles (+80 %) según el Trust Barometer Edelman, aunque entonces periodistas y funcionarios tomaron el protagonismo en las noticias, a pesar de que la credibilidad de estos era menor (–50 %). Era de esperar que la crisis sanitaria acelerara su desgaste y que los científicos ganaran espacio en la divulgación durante la pandemia, ya fuera colaborativamente desde sus cuentas en redes sociales, de las que saltaron a los medios, o bien, desde los consejos asesores de los gobiernos. Algunos países mantuvieron separadas las resoluciones de los organismos técnicos de las decisiones políticas, pero en otros, los comités científicos quedaron atrapados por la polarización reinante junto con decisiones sanitarias y las posiciones alrededor de vacunas y tratamientos, como ocurrió en Brasil, Estados Unidos o Argentina. En todos, los científicos tuvieron una visibilidad súbita para la que no estaban preparados.

Una encuesta realizada por la revista Nature a 321 científicos que participaron en medios y redes durante la covid-19 detectó que más de la mitad habían sufrido alguna experiencia de acoso o abuso o ataques a su credibilidad. El 22 % habían recibido amenazas de violencia de algún tipo, que en el 15 % llegó a amenazas de muerte. No obstante, solo el 5,6 % calificaron la experiencia mediática en pandemia como negativa. Para muchos, fue una oportunidad para fortalecer su aparición pública y coordinar con sus instituciones medidas de seguridad, tanto física como digital, que excedían a la pandemia. De hecho, los ataques son frecuentes con tópicos como el calentamiento global, el aborto o la eutanasia. Cabe entonces preguntarse si aquello que rápidamente se atribuyó a la infodemia y a las redes sociales, no se trata de problemas inherentes a la exposición pública que hoy involucra a actores tradicionalmente excluidos de ella.

Por lo pronto, hay evidencias de que lo que se llamó infodemia ni fue dominante ni generó los efectos temidos. El Reuters Institute de la Universidad de Oxford aportó datos tempranos de acceso y conocimiento de información sobre el coronavirus en dos estudios. El primero se realizó en seis países en abril de 2020 y encontró que la mayoría de las personas tenían los conocimientos correctos sobre el coronavirus y consultaban diversas fuentes, a las que valoraban diferencialmente. El segundo se realizó un año después en ocho países y confirmó que la confianza en las fuentes y en los distintos canales por los que accedían a la información era muy variable, sujeta a multiplicidad de factores. Antes bien, la circulación de desinformación ni siquiera guarda correlación con los efectos, especialmente en sociedades con alto nivel de desconfianza en medios y redes. En todos los países predominó una posición antes escéptica que crédula a la información de las redes, desmintiendo el mito de la hegemonía comunicacional tan caro a los populismos y a sus intelectuales, que ven en las plataformas y los trols el mal contemporáneo.

Sin embargo, cuando se analiza la hostilidad en relación con la totalidad de lo que ocurre en las redes, y no su mera ocurrencia, se confirma como un fenómeno marginal. Un monitoreo de la toxicidad entre enero y abril de 2020 analizó una muestra de más de 200.000 tuits que incluía hashtags críticos y actores controversiales como Bolsonaro, Trump, China y la OMS. El estudió concluyó que en el momento en que se diagnosticaba infodemia, el discurso tóxico no superaba el 21 % del volumen total de mensajes.

Esta conclusión es similar a la que llega el estudio de Nature y otros realizados en la pandemia. Un equipo que revisó 428.610 tuits de 273 usuarios de seis partidos españoles detectó que solo el 5,12 % (11.724 mensajes) contenían lenguaje tóxico, es decir, lenguaje utilizado para denigrar o faltar el respeto a un colectivo o adversario político. Los partidos extremistas como Vox llegaron al 8,2 % del total de la conversación y el Partido Socialista Español, en gobierno entonces, alcanzaron el 4,7 %. En los dos estudios no hay mayores diferencias por género ni en el que recibe el acoso digital ni en el que produce el mensaje tóxico.

La toxicidad de la política española en Twitter durante la pandemia de covid-19

La evidencia de que, aun en los momentos críticos de la pandemia, la conversación pública fue mayormente virtuosa desafía la idea de que la desinformación y la toxicidad fueron la regla. Lejos de ser un efecto de las redes sociales, la toxicidad del debate público parece más bien ser inherente a la visibilidad política. En todo proceso de fama el sujeto se ve expuesto a la valoración de los demás de manera exponencial, y así como se intensifica la aprobación de desconocidos y la admiración del grupo de pertenencia, también se incrementan la crítica y la envidia, de la que no se salvan ni siquiera las personas más carismáticas.

Si las plataformas trajeron el debate de la toxicidad no es porque la inventaran, sino porque la extendieron a personas que en la etapa de los medios masivos estaban fuera del espacio público. Entonces como ahora es improbable tener alta visibilidad sin los efectos colaterales tóxicos. La mayoría de las personas, igual que ocurrió con los científicos, va entendiendo que las ventajas de la mediatización compensan ampliamente los inconvenientes. Lejos de ser una razón para restringir la participación en redes sociales, la toxicidad advierte de la necesidad de desarrollar estrategias de contención institucional y tecnológica que la mayoría de los científicos no tenían.

El abuso del término infodemia que hizo la política evidenció su desconfianza en la capacidad de la población de procesar la información y condensa la reacción de las instituciones más tradicionales ante la irrupción de voces en el debate público por fuera de su control. La respuesta cívica sería expandir la alfabetización digital más allá de las herramientas tecnológicas para incluir recursos para lidiar con la exposición que las celebridades profesionales ya conocían y que la celebridad ciudadana empezó a descubrir desde que existen las redes.

Doctora en Ciencias Sociales (FLACSO). Presidente de Infociudadana, Buenos Aires. Investigadora en la Universidad Argentina de la Empresa y periodista en TodoNoticias y en la radio pública de la ciudad de Buenos Aires.

Publicado originalmente en https://dialogopolitico.org

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