Los Clásicos / ‘RASHOMON’ DE AKIRA KUROSAWA, por Manuel López

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‘Rashomon’ alcanzaría la notoriedad mundial al resultar ganador, el 10 de septiembre de 1951, del León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia.

“No lo entiendo… No entiendo nada… No entiendo absolutamente nada.” Esas son las primeras palabras que se oyen (en japonés) en Rashomon, una de las grandes obras maestras de la historia del cine y cuyo estreno el 25 de agosto de 1950 en Japón conmemoramos hace unos días.

Esas palabras las pronuncia un leñador del siglo XI, mientras se guarece de un torrencial aguacero en la destartalada Puerta (Rashomon) de ingreso a la arruinada ciudad de Kyoto. El lenguaje y el entorno de este hermosa y revolucionaria película se adecúan a las ideas del director sobre su recurrente tema de que nada puede ser conocido con absoluta certeza y de que todo depende del interés del observador. Seguramente sin saberlo, el gran Akira Kurosawa estaba llevando a un nuevo territorio el Principio de Incertidumbre formulado por Werner Heisenberg en 1927.

Rashomon alcanzaría la notoriedad mundial al resultar ganador, el 10 de septiembre de 1951, del León de Oro en el Festival Internacional de Cine de Venecia, derrotando a maravillas como Diario de un cura rural de Robert Bresson, Un tranvía llamado deseo de Elia Kazan o El gran carnaval de Billy Wilder. Los premios Oscar que, como de costumbre, estaban en otra cosa, terminaron dándole un Oscar Honorario el 20 de marzo de 1952, que recibiría Kurosawa de manos de la bella Leslie Caron.

«Los seres humanos», dice Kurosawa, «son incapaces de ser honestos consigo mismos acerca de sí mismos. No pueden hablar sobre ellos mismos sin embellecerse.» Efectivamente, en el extraordinario film, la misma historia de violación y de asesinato es contada por los implicados desde puntos de vista totalmente diferentes. Mientras cae el palo de agua (entintada de negro por el director para contrastar con el gris del edificio), el leñador cuenta a los otros dos refugiados de la lluvia, su descubrimiento progresivo del crimen mientras caminaba por el bosque a su trabajo, como lo declararía posteriormente ante las autoridades. Lo mismo haría el sacerdote también refugiado, pues él fue quién socorrió a la mujer violada.

La historia, contada innovadoramente para la época en flash-backs, continúa con las declaraciones del bandido, la mujer y el marido muerto a través de un medium. Pero hay otra verdad fuera del escenario declarativo que no se ha dicho, y esa termina contándola el desconcertado leñador, que también observó realmente el crimen. Al final, el propio Kurosawa sucumbe ante tanta insinceridad y, con la acogida del bebé abandonado por el leñador, abre una salida de redención a la racionalidad humana.

Rashomon contó con un grupo extraordinario de intérpretes, encabezados por el gran Toshiro Mifune y la deslumbrante Machiko Kyo, y con un equipo técnico superlativo, dirigido por el maestro Akira Kurosawa, todos en los primeros pasos de unas brillantes carreras cinematográficas. Por ello, el film está repleto de escenas inolvidables, como la del encuentro accidental del matrimonio con el bandido, despertado de su siesta por la culpable brisa, o las escenas protagonizadas por la excelente actriz. Pero, quiero destacar la secuencia inicial de casi cuatro minutos (que algunos críticos de la época juzgaron tediosa), solo acompañada por la música basada en el Bolero de Ravel, en donde el leñador se adentra en el bosque y Kurosawa logra una de los mayores milagros de la evolución cinematográfica hasta entonces: filmando directamente al sol (a contrasol) a través de los árboles, sombreando al leñador en su camino, ofreciendo un caleidoscopio de imágenes, siempre en continuo movimiento, lento y rápido, close-up y long-shot, hacia atrás y hacia adelante, desde diferentes ángulos y distancias, con la cámara bailando alrededor del hombre, hasta el stop-shock del descubrimiento del cadáver.

Nuestra admiración por Rashomon llega a tal grado que, hasta el abierto ‘fusilamiento’ que hicieron el director Martin Ritt y el actor Paul Newman en 1964 con The Outrage (Cuatro confesiones), trasladando la acción al Far West norteamericano, no deja de parecernos simpático.

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