Sancho Panza / “DIOS ME ENTIENDE”, por María Méndez Peña

Comparte en tus redes
Sancho Panza  y don Quijote según Honoré Dermier.

Yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos.[1]

Sancho Panza en este pasaje se expresa mediante pronombres reflexivos. Es la primera señal que llama nuestra atención pues la segunda apunta en una doble dirección dando la impresión que habla consigo mismo y a la vez habla a individuos presentes. En estas páginas examinamos pasajes en el contexto de la ínsula siguiendo a ese hablador impenitente que Sancho representa y anotamos interpretaciones respecto a significados (objetos) y significantes (relaciones) antropológicos.

De la escritora Anne Carson[2] consideramos algunas tesis con las cuales deslumbró al mundo desde 1986 específicamente aquellas relativas al placer que la lectura y la escritura suscitan en los seres humanos y sobre la fuerza civilizatoria que ambas prácticas encienden dando sentido a la vida y la humanidad. De mi parte, sobreviene esa pasión al volver a los clásicos, hoy a Miguel de Cervantes, a Sancho y don Quijote.

Dios me entiende, dice Sancho. Esta frase lleva un pronombre reflexivo, un énfasis verbal que afecta al sujeto mismo indicando una experiencia en primera persona y denota una acción recíproca y mutua entre dos. Dios me entiende, vale por me entiendo con Dios. El verbo entender viene del latín intendere, dirigir, extender hacia dentro; es prestar atención, ser capaz de discernir y atender. Entenderse significa dirigirse hacia dentro comprendiendo mejor. El sustantivo entendimiento indica comprender algo, formado por dos raíces latinas intendere + miento; es juicio, comprensión, discernimiento, lucidez, agudeza y alude a una facultad de la mente, la capacidad de pensar y obrar con sensatez. La frase de Sancho lleva implícitos esos significantes.

Y Sancho dijo Dios me entiende. Expresión que solo para él inventó Miguel de Cervantes. Máxima de sensatez que aún pervive más allá de La Mancha y los siglos. Frase que encierra una poderosa atracción por el lado gramatical y el sentido espiritual. Parafraseando: Dios me entiende, hablo y converso con Él, soy libre de hablar y pensar por mí mismo; me entiendo con Dios sin intermediarios, hablo por mí mismo, desde mi propio yo interior. Original expresión de sabiduría disponible desde la literatura, fuente de aguas cristalinas profundas de donde brota la mayoría de las mejores hipótesis acerca del individuo y la vida humana en sociedad.

Sancho es un personaje que evoluciona a lo largo de la novela, crece en entendimiento interior y en percepciones del mundo exterior. De inicio, quiere alejarse del arado, no sudar la tierra, ver otros lugares, conocer otra gente y vivir aventuras, de manera que logra convencer al vecino Alonso Quijano para salir a esas y otras búsquedas. Para cada uno, Cervantes traza una meta particular, para Sancho una ínsula y para don Quijote una dama, la Dulcinea. Sancho es presentado y transformado como el moderno personaje de una novela y es tal su cambiante dinámica interior que luego de la experiencia y pasantía por Barataria, decide dejar la ínsula, abandonar la meta de ser gobernador y prefiere retornar al pueblo natal pese a la admiración que allá suscitó como un nuevo Salomón, un hombre sabio. Ante tan importante decisión, Sancho vuelve expresarse desde sí mismo y en primera persona: Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades, mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. De nuevo encontramos que al hablar el énfasis reposa en el pronombre reflexivo reafirmando su voz en primera persona. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador. Paráfrasis: Soy mejor arando, me entiendo con los viñedos, me va mejor con ellos. La expresión mejor se me entiende alude la doble dirección que venimos argumentando, soliloquio y diálogo.

Abundan los refranes y remedos que Sancho inventa conversando con don Quijote. Obra plena de malabarismos con el lenguaje, de aventuras con imágenes, diálogos y relatos, episodios y sabias digresiones. Dios me entiende  es una expresión de madurez y sentido común. Una máxima que nace del más humano de los sentidos, el sentido común y trae vitalidad cual luz que se enciende día tras día. Oración atinente a una gracia otorgada a Sancho en la relación con su Dios. Conciencia individual que se representa a sí misma manifestando un determinado estado y condición espiritual. Oración breve y perfecta, desde esa conciencia.

En tres palabras, la humanidad ha recibido el don y la lucidez de la introspección que procede de la literatura, que no de teólogos ni de obispos. Escucharse a sí mismo, dice el Quijote; oír la voz del daimon, propone el griego; deslizarse a la sima como Hamlet en Elsinore son ejercicios hacia la conciencia introspectiva libre de mirarse a sí misma en el descenso interior sin caer en sumisiones religiosas ni dogmas ni sectas. Un monólogo íntimo espiritual cual tarea de vida interior. Cervantes mediante, Sancho ha dejado a la infinitud del tiempo y el espacio una afirmación vital conexa a la relación Yo-Dios.

Cervantes nos dejó otras frases ejemplares y luminosas: Soy el primero que he novelado en lengua castellana, mis novelas son más propias, no imitadas ni hurtadas, mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa. Y en otro pasaje, alegaba: Para mí solo nació don Quijote y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos, somos para uno. (…) Que Dios es proveedor de todas las cosas Sancho, no nos ha de faltar, y es tan piadoso que hace salir el sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y los justos. Y Sancho le responde: más bueno sea vuestra merced para predicador que para caballero.

Ambos personajes representan extremos opuestos y disímiles. Don Quijote luce disciplinado, discreto y cauto, con ideales y valores esmerados, respetuoso, comedido al hablar y dialogando. Sancho es bastante indiscreto, habilidoso y con sentido práctico, hablador, glotón, entrometido y mañoso. Solo para Sancho ese truhán moderno y majadero antiguo. Cervantes entreteje el humor gracioso con la más grave atribulación y el absurdo extremo. Aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto. A Dios rogando y con el mazo dando, que más vale el pájaro en la mano que el buitre vo­lando. Tarde piache... Y el refranero aun repite y remeda, Tarde piaste pajarito, pues así dijo al tragarse un huevo empollado cierto soldado que lo había hurtado.

La novela presenta otros retratos de Sancho Panza. En el palacio ducal, una figura que afirma ser y/o llamarse Dulcinea insulta a Sancho y le dice: Mal venturado escudero, socarrón, ladrón desuellacaras, enemigo del género humano, melindroso, esquivo, miserable y endurecido animal, mochuelo espantadizo, mal intencionado monstro, perezoso, bestión indómito. Así, mediante otro personaje Cervantes nos presenta un retrato de Sancho y otro retazo proviene directamente del Quijote durante una recia discusión que termina cuando ambos caen por tierra y el caballero le espeta: Villano, harto de ajos, os arrancaré el alma.

Cervantes hilvana juegos con el lenguaje y la lógica, con la realidad y el absurdo, juegos que estira, encoge y prolonga hasta las trasposiciones más desatinadas hasta lo imposible de toda imposibilidad. Juegos entrelazados con opo­siciones y paradojas, fantasías y percepciones, proverbios y anécdotas, acciones y motivaciones, contradicciones y matices siempre, siempre cambiantes. De su parte, Sancho al remedar, deforma las palabras, es artero y gracioso y pone a prueba con sus dotes verbales la paciencia y cólera de don Quijote: ¡Maldito seas de Dios y de todos los santos, Sancho mal­dito, y cuando será el día, como muchas otras veces te he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada!

Un juego de palabras es una figura del lenguaje que depende de la similitud de sonido y la disparidad del significado y ese es precisamente el juego primordial que solo Sancho sabe manejar, sea mediante temas serios (tología por teología) o en la vida diaria cotidiana bajo un árbol bebiendo ese vino que tanto le agrada y que califica como vino bellaco y católico. En los diálogos de Sancho, Cervantes introduce ambas categorías, sonidos y significados a lo largo de la obra de modo que instaura un proceder cardinal en la escritura de las novelas que posteriormente ha sido utilizado en distintos idiomas y diversos géneros literarios.

El lenguaje de Sancho adere­zado con numerosos refranes y melindres constituye una veta que amplía comprensiones en torno al sub universo de la vida cotidiana del ser humano y nos da también señas de ciertas evoluciones interiores. Los diálogos entre Sancho y don Quijote poco a poco se vuelven más serenos, eso sí, si no sale de por medio el negocio de los azotes. De manera que ni el sub-universo de la locura de don Quijote ni la realidad primordial de los sentidos donde Sancho vive la vida cotidiana resultan ser tan monolíticos como pare­cen.

Cervantes nos sugiere que no hay conocimiento que escape al posible riesgo de la ilusión, la ambigüedad, el error o la locura, y por si fuera poco, mediante el Quijote, el lector aprende que la aproximación a la realidad depende de dinámicas entre distintos tipos de conocimientos, el sentido común, literario, filosófico, mítico, matemático, poético, mágico, jurídico, religioso, científico, musical y artístico. Cada uno es diferente y se rige con lenguaje, cánones y símbolos propios que son intrínsecos a un origen particular y a un despliegue universal.

Entre los juegos y aventuras que abundan en la obra el de ‘azotes versus desencantamiento’ vale fanegas de risas, y semeja un clavo donde Cervantes cuelga y descuelga términos opuestos y sinónimos, chanzas y ambigüedades tales como encanta­miento, artificio, broma tramada, engaño, fantasía, embuste, burla fingida, superchería, socarronería, historia, fingimiento, diablo, Diablo, caballería, mágica hazaña, mentira, ilusión, muerte viva, ciencia zoroástrica, ciencia endemoniada, mago, sueño, cielo, Dios [3].

A ratos Sancho supera con la razón del sentido común todo cuanto proviene del inge­nio de don Quijote y cuando San­chica se entera por carta de las hazañas de su padre, Cervantes cuenta que se le fueron las aguas sin sentirlo de puro contenta. Sancho dialogando en dos ocasiones pone al rucio como testigo para advertir que no está mintiendo… En este mal mundo que tenemos donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. Estando en compañía de su compadre Tomás Cecial empina una bota, bebe, mira y mira estrellas en el cielo y exclama sobre el vino: ¡Oh, hideputa bellaco y cómo es católico! Y en otro trance, Sancho le reclama a don Quijote: Ni quito rey ni pongo rey, sino ayúdome a mí, que soy mi señor.

Ayúdome a mí. Soy mi señor, asevera Sancho. Tenemos por delante otras frases inmortales. Son significantes antropólogicos y dan señas de la relación del Yo con el ser y el estar en este mundo. Él habla desde sí mismo reafirmando su identidad en primera persona. Es la mirada en el mirar. Es la mirada de un ser hacia sí mismo en monólogos del alma a gran escala y profundidad. Esa introspección deriva hacia la meditación al mirarse, hablarse, entenderse, ayudarse, enmendarse, regañarse, mejorarse… Leyendo estos pasajes de El Quijote nos gusta ubicarnos en esa dinámica cuando el entendimiento se está viendo a sí mismo o casi se asoma a eso… Conciencia y sentido común siendo fiel a sí mismo. Soy mi señor, voluntaria afirmación de autonomía e individualidad que nos revela ciertos valores de Miguel de Cervantes acerca del yo y la identidad. Todo lo contrario a la servidumbre, atadura, dependencia y sumisión.

Con Sancho también aparece otra expresión humana que deja al lector sorprendido: Soy señor de mí mismo. Recordamos el daimon que alentaba la voz conócete a ti mismo. En la segunda Parte, San­cho se defiende, se planta, aquí y ahora, y sostiene que no hay jerarquías, ni superioridad, ni sumisión. En otro momento crucial de la primera parte, don Quijote llegó a pronunciar con estas palabras una inmortal lección de individuación: Yo sé quien soy.

Y nos preguntamos ¿quién ha enseñado a Sancho a filosofar? Así como Atenea nació sabia y adulta de la cabeza de Zeus, así de sabio y mañoso salió Sancho de la cabeza y la pluma de Cervantes. A nuestro juicio, la segunda parte de la novela muestra el despliegue de otra relación entre el Quijote y Sancho, una relación de maestro y discípulo donde la alegría pertenece a Sancho y la vitalidad a don Quijote, mientras Sancho continua afinando su entendimiento. Las máximas en examen —Dios me entiende, Soy mi señor— son breves y perfectas muestras de esas cambiantes dinámicas interiores cuando precisamente Sancho y don Quijote mucho han compartido y aprendido mutuamente. Extraordinarias lecciones acerca de la individualidad y la libertad, la voluntad y el libre albedrío. Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano. Soy mi señor, un axioma de bella y perpetua vigencia puesto que el lector poco a poco se va identificando con aquello que Sancho llega a representar al final de El Quijote, obra que sigue acompañando y suscitando placeres al individuo y a la humanidad a través de los siglos.

Surgen variantes respecto al verbo ser y estar. La distinción en la lengua española entre estos verbos propicia singulares aperturas al escribir sobre distintas realidades, épocas y lugares. Cervantes nos revela de qué modo se vive y se experimenta la realidad, dejando entrever que no existe dispositivo alguno en el cerebro humano que permita separar imaginación y realidad, ensoñación y percepción, vigilia y sueño, lo subjetivo y lo objetivo, el sueño y el soñar. Ese trata­miento del principio de la realidad no ha sido superado como tampoco el manejo del caleidoscopio ante la rea­lidad primordial de la vida cotidiana donde Sancho y nosotros vivimos inmersos afirmando el ser y el estar en este mundo, la identidad e identificación.

Sancho regresa feliz al hogar, a su esposa e hija. Trae por delante al rucio adornado con bella túnica bo­cací y coraza en la cabeza. Llega contando maravillosas aventuras de sus días venturosos. Retorna con dinero obtenido y no por milagro sino por industria y mañas propias y sin daño a nadie.

[1]  Miguel de Cervantes y Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Editorial Trillas, México, 1993. Esta edición  reproduce el texto de las Ediciones príncipe de 1605 y 1615 y las notas que al texto cervantino para la Editorial Séneca, México, 1941, preparó minucioamente el profesor Agustín Millares Carlo. Cfr. Parte II, Cap. XLV.

[2]   Anne Carson, (2014), Eros the Bittersweet, Princeton, Princeton University Press; (2015), Eros el dulce-amargo, Fiordo Editorial, Buenos Aires.

[3]   Cfr. María Méndez Peña, Los azotes de Sancho Panza. Breve ensayo de antropología social.

 

 

 

 

Deja un comentario