Los clásicos / ROBERT ALDRICH, por Manuel López

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En los filmes de Aldrich, escribía Truffaut, no es raro descubrir ‘una idea’.

Seguramente, el estadounidense Robert Aldrich (1918-1983), cuyo nacimiento se conmemoró el 9 de agosto, no pasará a la historia del cine como uno de sus más grandes directores, pero, sin embargo, no quedará la menor duda de que realizó media docena de películas que sí alcanzaron el estatus de la inmortalidad. A ellas nos referiremos en esta breve reseña, a partir de la valoración de los mayores exponentes de la francesa Nouvelle Vague (Truffaut, Godard, etcétera) que vieron en los films de Aldrich mucho más que la sola violencia de que los críticos norteamericanos denostaban.

A principios de la década de los cincuenta del siglo pasado, varias películas de Hollywood dieron inicio a una reconsideración del tratamiento recibido hasta entonces por los indígenas nativos del territorio estadounidense. Considerado por Truffaut en 1955 como uno de los diez mejores films del momento, el Apache (1954) de Aldrich, producido y un tanto sobreactuado por Burt Lancaster, se inscribió en esa tendencia, inaugurada por Broken Arrow y Devil’s Doorway en 1950. El apache Masai de Burt Lancaster, que se rebela frente a un ejército para defender los derechos de su tribu hasta perder la vida (lo que Hollywood cambiaría por el típico ‘final feliz’), quiso ser la personificación del irreductible y heroico jefe indio Gerónimo (1829-1909). La actuación de Lancaster logró mejores frutos y se robó el escenario como pistolero, con su atuendo negro, su sonrisa sardónica y su cinismo de mercenario, frente al atildado caballero sureño de Gary Cooper (solo ‘suelto’ con la debutante Sarita Montiel, como ella misma confesaría), en Vera Cruz, también de 1954 y también producida por Hetch-Lancaster. Ellos veían en Aldrich un director eficiente, que realizaba excelentes películas en tiempo record y a precios ‘económicos’. En un mes se había rodado Apache, y en dos Vera Cruz, ambas con gran éxito de taquilla, y esta última siendo considerada entre los mejores westerns de la historia del cine.

En los filmes de Aldrich, escribía Truffaut, no es raro descubrir ‘una idea’ detrás de cada plano, y su ‘riqueza de invención’ hace que no sepamos que mirar en esas imágenes “tan ricas”, comparándolas, incluso, con las de Cocteau y Welles. Evidentemente, la admiración de Truffaut por Aldrich no era inocente (en la guerra que libraban contra el pomposo cine francés de la época) y la comparación resulta exagerada, pero la valorada ‘modernidad’ del norteamericano volvía a brillar en 1955 con el thriller Kiss Me, Deadly (El Beso Mortal). Basado en la novela del mismo titulo de Mickey Spillane (que no quedó nada contento con los cambios introducidos por el director y su guionista), Aldrich lanzaba su propia productora con una obra maestra del llamado film noir, considerada por algunos críticos, incluso, como el fin y cierre del cine negro, debido a su apocalíptico final: cuando pone The End realmente, lo quiere ser. También rodada en el mismo año 1955, la crítica a los grandes estudios de Hollywood de The Big Knife (El Gran Cuchillo) ha envejecido demasiado mal.

Después de la etapa ‘dorada’ de Aldrich a mediados de los años cincuenta, llegando a influenciar, incluso, cinematografías emergentes como la francesa, su desplome cualitativo en la década siguiente cogió a la crítica totalmente por sorpresa, alimentando una evaluación de su obra centrada en lo comercial, la violencia y el populismo. Y a la cabeza de ello, la desagradable aunque taquillera e impulsora de un subgénero del terror, What Ever Happened to Baby Jane? (Qué fue de Baby Jane?), de 1962, de la que se intentó repetir el éxito dos años más tarde con Hush… Hush, Sweet Charlotte (a pesar de que las dos protagonistas no se soportaban, obligando a sustituir a una de ellas). Sin embargo, en medio de esa decadencia cinematográfica, no había que dar por acabado a Aldrich, que revivió con dos excelentes películas: en 1965, con The Flight of the Phoenix (El Vuelo del Fénix), y en 1966, con The Dirty Dozen (Doce del Patíbulo). En ambas, contando con una panoplia  de grandes actores, encabezados en la primera por el gran Jimmy Stewart (que se tomó el duro rodaje en el desierto de Arizona muy relajadamente) y en la segunda por el genial Lee Marvin (que debió aprender a derribar al pobre John Cassavetes con lecciones del propio director).

Y concluimos esta reseña mencionando uno de los inesperados ‘renacimientos’ de Aldrich en su última época, con un film que se coloca como obra maestra del género con su dureza y ausencia de concesiones, y a la misma altura de los de 1954: Ulzana’s Raid (La Venganza de Ulzana) de 1972, volviendo a reunir al director con el gran Burt Lancaster, en otra actuación memorable. Film subvalorado y señalado por su violencia por la crítica estadounidense, como muchos de Robert Aldrich, pero que la historia del cine ha terminado colocando, junto a su director, en un destacadísimo lugar.

 

 

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