Cuestión de identidad / IDIOTAS, por Antonio Llerandi   

Comparte en tus redes
Tiempo atrás, por ejemplo, decidieron regar la especie de que Michelle Obama era hombre.

Quizás siempre ha habido gran cantidad de idiotas, pero antes no tenían teléfonos y la mayoría no nos enterábamos de su existencia, pero de repente se encontraron con la horma de su zapato, y decidieron hacerse conocer, tomar notoriedad.

Y mira que hacen ruido, por llamar de alguna manera lo que hacen. Quizás marrullería, sería una palabra perfecta para definirlos. Usarla es una manera perfecta de librarme de ellos, pues no tendrán idea de su significado y no creo que el intelecto —si es que tienen— les dé por buscar el diccionario y averiguarlo.

Hay una variedad gigantesca de idiotas, me imagino que en todos los idiomas. Yo a veces deambulo por las redes —más por curiosidad antropológica que por otra cosa— y me encuentro con cada ejemplar, que para qué te cuento. La cabeza la tienen para peinársela, no para mucho más, y eso si no son pelones, que ahora abundan mucho. Años ha, hubo personas que pensaban que la calvicie era síntoma de sabiduría. Me imagino que la teoría era que a quienes pensaban mucho la cabeza se le ponía caliente —como los motores de los carros cuando ruedan mucho— y por lo tanto los pelos, o cabellos, para ser más preciso, no resistían las altas temperaturas cerebrales y decidían abandonar el territorio de su origen.

Pero obviemos esta digresión acerca de los cabeza-bola-de-billar y concentrémonos en lo esencial: la multiplicación de la idiotez y sus consecuencias. Antes —antes de las redes— cuando una persona utilizaba alguno de los medios de difusión masiva —dígase libros, radio, televisión, prensa— era por lo menos precisable el asunto. Pues todo aquel que decía algo era identificable y si conmigo se metía y me calumniaba, pues a los tribunales y a buscarse abogados —que en definitiva eran los únicos que ganaban por el asunto— pues las demandas iban y venían.

Las redes favorecen el anonimato, pues de alguna forma es uno de sus sustentos. Si yo quiero vengarme de una jovencita a quien le eché los perros y no me paró ni medio —perdonen las expresiones demasiado venezolanas— pues a inventarme un pseudónimo y Coromoto del Carmen de aquí en adelante, para decir públicamente que la chica en cuestión es de lo last, que llamarla puta es poquitísimo. Y la pobre joven o no le para —pero para eso tiene que ser de acero inoxidable— o a sufrir los embates de los estúpidos, que le hacen más caso a Coromoto del Carmen, que a la vida misma. Bullying han dado por llamarlo los entendidos. Es la enfermedad de transmisión sexual más proliferada en estos tiempos.

Detrás de muchas de estas cosas hay unos bichitos malos, muy malos que sabiendo que hay una cantidad de idiotas, pues van y se ponen a fabricar vainas y los idiotas no sólo a creérselo sino a disfrutarlo, pues mientras más porquería consuman mejor se sienten.  Tiempo atrás, por ejemplo, decidieron regar la especie de que Michelle Obama era hombre, y hasta fotos fabricaban donde le colocaban un bulto donde los hombres son más abultados. Y los idiotas a creérselo, pues ni se han enterado que hoy en día con todo eso que llaman lo digital, TODAS las imágenes y TODOS los sonidos son manipulables.  Cualquier aberración es construible. Y entonces, la Sra. Michelle, ¿qué hace? Pues a tirarle indiferencia, ella está muy ocupada para pararle a ese asunto, que hasta en Youtube está, y no es que se va a poner a sacarse fotos de la totona para demostrar lo contrario.

Pero los idiotas disfrutan con todo eso. Ahora, gracias a las redes, han proliferado una serie de sectas de estúpidos que además se agrupan: los terraplanistas, los antivacunas, los respiralibres sin máscara. No es que antes no existieran pero hacían cosas menos dañinas, digo yo, como clubes de hablantes de esperanto, rescatadores del Mar Muerto o conocedores de la taquigrafía.

En los últimos tiempos ha habido una epidemia, que parece haber cundido bastante en el mundo y es una secta que pregona —y hasta lucha— por establecer una cosa extraña que llaman lenguaje inclusivo. Algo así como buscarle el sexo a cada palabra y poderla usar de acuerdo con que el personaje sea pene portante o vagina habiente. Cada versión que oigo es más insólita que la anterior, pero para mí tranquilidad, escuché a un presentador de televisión argentino —cuyo nombre desgraciadamente no retuve— que dijo que el lenguaje inclusivo tenía una gran virtud: permitía identificar inmediatamente a sus defensores y calificarlos en esa gran categoría: idiotas.

 

Deja un comentario