Caracas y Cartagena de Indias: dos ciudades libres / EL GRITO DE INDEPENDENCIA O ¿LA PICARDÍA HISTÓRICA?, por Karin van Groningen

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La Junta Suprema de Caracas el 19 de abril de 1820.

Dos ciudades que alcanzaron su autonomía política. La Junta Suprema de Caracas (1810-1812) y el Estado Libre de Cartagena (1811-1815). Así se las conoció. Platón (siglo IV a.C.) y la ciudad-estado de Atenas, la cuna de la civilización occidental estaba en la mente de sus ilustrados protagonistas.

Ansiosos firmaron sus actas de independencia entre otros, Ignacio Cavero y José María Benito Revollo, por Cartagena, y Martín Tovar y Ponte, Francisco Salias y Juan Germán Roscio por Caracas. Jóvenes amantes de la libertad. Visionarios adelantados a su tiempo. Tan adelantados que casi los podemos ver en el siglo XXI intercambiando opiniones animadamente. Con los suizos. Con los alemanes. Incluso con los políticos, burócratas y científicos que trabajan para el gobierno federal de EEUU. Sus visiones decimonónicas no serían un obstáculo ¡Se entenderían como si no los separaran los siglos! Y es que muchos de esos ciudadanos del siglo XXI hacen vida en ciudades-estados, si así se me permite llamar a sus gobiernos locales. Ciudades muy parecidas a aquellas del siglo XIX que dieron vida nuestros viajeros en el tiempo. Hablarían sobre las capacidades ciudadanas alcanzadas actualmente. Tan grandes que pueden decidir —localmente— sobre todas las materias que les son importantes, o sobre casi todas. No intervienen poderes superiores o ajenos. Convendrían en lo acertado también el haber dejado ciertas decisiones, como las relativas a la seguridad nacional, en manos de un poder ajeno al local —un poder centralizado a nivel nacional— mientras que ellos, los ciudadanos deciden en sus comunidades en todas las demás materias. A través del voto y las consultas populares o a través de sus representantes libremente electos. Convendrían en que el consenso entre los ciudadanos y sus representantes locales es el sustento de esa fórmula de gobierno federal o descentralizado. ¡Al igual que la paz! Fundamentos del progreso. Y es que casi podemos ver a Voltaire (1694- 1778), incorporándose a ese grupo y conversando animadamente. Libre pensador universal que instaló su residencia y su simbólico jardín, en la República independiente de Ginebra. Casi los podemos ver a todos ellos paseando por las hermosas ciudades de los estados y las provincias independientes de muchos de los países que hoy se consideran exitosos. Compartiendo, animadamente, las ya probadas ventajas de la fórmula de organización política seleccionada.

Orgullosos los podemos imaginar siendo testigos de sus beneficios. En salud y bienestar social. En materia de igualdad económica. En el respeto a la libertad de expresión. A los derechos humanos ¡Y a las minorías! Sus avances en ciencia y tecnología.

Ciertamente que muy impresionado quedaría este muy brillante grupo, al observar a la federación de 13 estados constituida en el año 1787 por Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, George Washington —entre otros— convertida en el año 2021, en una gigantesca unión de 50 estados ¡Federación que da forma al país más poderoso del planeta! Y es que los sistemas complejos exitosos funcionan a través de múltiples sistemas simples de manejar, diría el profesor Nassim N. Taleb, autor del muy novedoso libro Antifrágil (Paidós, 2021), si tuviese la oportunidad de formar parte de tan brillante conjunto de iluminadas mentes. Así evitan la fragilidad que, en los sistemas complejos, se cuela entre sus múltiples interdependencias y sus respuestas no lineales, agregaría el profesor. Así evitan sus cadenas de reacciones incontroladas e indetectables que reducen e incluso eliminan la previsibilidad. Y sus errores, que resultan ser siempre descomunales. E irreversibles. Los sistemas complejos que funcionan a través de múltiples sistemas simples de manejar saben sacar provecho del caos y de la volatilidad. De los estresores incontrolables, como la incertidumbre y el azar. Y es que esos sistemas complejos desagregados en múltiples sistemas sencillos se rehabilitan solos, resaltaría ante la actitud de convenimiento de todos.

Y claro que para no acabar la alegría jubilosa de nuestros flamantes amigos, viajeros en el tiempo, tendríamos que optar por no mostrarles los pavorosos resultados obtenidos por algunos países que optaron por la fórmula contraria. Centralizar todo el poder en una compleja organización nacional. Venezuela, por ejemplo y otros países latinoamericanos. Está claro que Rusia, también lo hizo. Y Francia, según muchos autores. Otros opinan —como el profesor Taleb— que este país no se centralizó. Que de nada valieron los muchos esfuerzos que hizo el muy autoritario rey sol (Louis XIV, 1638-1715) ¡Lo de Francia es cuestión de simple narrativa! Nos dice. Nombres que esconden realidades. Narrativa engañosa. Lo cierto es que muchos países latinoamericanos han hecho uso de ella. Pero, al contrario. Hablan de federalismo y descentralización mientras que se mueven dentro de una gran organización nacional centralizada ¿Narrativa pícara? En las descripciones de los cargos de las flamantes autoridades locales de Venezuela puede verse el vacío de competencias ¡Son solo una carcasa! Y en las capacidades legales para gestionar ingresos para cubrir cuanta necesidad o contingencia pueda presentársele a su gente o en los territorios bajo la jurisdicción de esas autoridades locales, también puede observarse el vacío. La ausencia de poderes. La ausencia de capacidades. La ausencia de cometido. Lo cierto es que nuestros adelantados probablemente desearían volver a morir si se enteran que depende de la voluntad discrecional del poder nacional, transferir capacidades y recursos financieros a las autoridades locales venezolanas. Y de los negociados que logren hacerse. Negociados y transferencias de recursos que fluían con relativa facilidad en aquella Venezuela que vivía en abundancia extrema.

Todo un sainete de descentralización que le otorga a los ciudadanos el papel de elegir a los ocupantes de esos cargos locales carentes de responsabilidades. En unas elecciones en las que no pueden tan siquiera contar los votos ¡Es la negación de la democracia! ¡Es la negación de la libertad! Y, con ellos, en una cadena inevitable que la historia se ha encargado de demostrar, es la negación del bienestar social y económico. ¡No es cualquier cosa! Y las grandes carencias actuales maximizadas por la pandemia han contribuido a magnificar los resultados negativos de ese fatídico experimento histórico ¡No es cualquier cosa!

En una situación como esta, nuestros adelantados, viajeros del tiempo, incansables luchadores, probablemente estén deseosos de participar en el rescate de los valores ciudadanos primordiales. En la creación de instituciones democráticas que impidan las autocracias. Incluso aquellas enmascaradas. Probablemente podamos encontrar en ellos la necesaria inspiración

¿Usted qué cree?

@KarinvanGroning, @vangroningenk, kavege@gmail.com

 

 

 

 

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