La irrealidad real de la vida / ILUSIONISTA, por Antonio Llerandi

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Ha surgido una serie de personajes, escribientes o hablantes ellos, que se está dedicando a la noble tarea de anunciar un futuro prometedor.

Muchas décadas atrás existía una profesión, más bien ligada a ferias de pueblo y gitanos, llamada los ilusionistas. Eran profesionales de la prestidigitación que asombraban a sus espectadores con actos de magia e ilusión. Incluso llegaban al paroxismo de introducir a una mujer en un cajón —generalmente su esposa— y la serruchaban por mitad y, a pesar del comprensible deseo de partirla en dos, al final del acto la mujer salía incólume del traumático ajetreo. Cosas de la magia, que las mujeres aplaudían y muchos esposos pensaban como una oportunidad perdida.

Ese estilo de vivir la vida —o vivir de ella— también lo ostentan —y de qué manera— otro grupo de profesionales muy expandido en el mundo: los astrólogos. Son seres que poseen unas antenas especiales que los conectan con los planetas del universo y donde leen, casi que al detalle y sin interrupciones electromagnéticas, el porvenir de todos los mortales. Y no sólo convencernos de que si eres Leo vas a disfrutar de las mieles del poder, o si eres Géminis tu vida se va a diluir en una bilateralidad que para qué te cuento.

En fin, su influencia es tal que todas las revistas del corazón e incluso mucha prensa hasta respetable, le reserva un espacio, para que los sufridos habitantes del planeta encuentren consuelo de los males cotidianos y entiendan que el porvenir va a ser luminoso, pase lo que pase. No existe horóscopo malo, contimás algún que otro tropiezo, pero el tiempo y el afán darán cuenta de él.

Por el lado actual, ha surgido una serie de personajes, escribientes o hablantes ellos, que se están dedicando a la noble tarea de anunciar un futuro prometedor, frases como “falta poco”, “el gobierno está más débil que nunca”, “más temprano que tarde”, y desde luego no se refiere a la hora; y la inefable y pavosísima “la luz al final del túnel” forman parte del arsenal permanentemente usado para convencernos que lo más difícil ya pasó y que la vaina está a la vuelta de la esquina. Claro, la mayoría de ellos escriben u opinan para la galería, para esa multitud que como los que utilizan la caridad, se sienten satisfechos por dar una limosna o creer que leyendo lo de un futuro promisor, este devendrá por obra y gracia de los milagros.  Porque por algo yo he sido bueno y Dios protege a las almas buenas y caritativas.

Muchos sesudos analistas actuales han tratado de rescatar esa vieja profesión de ilusionistas y se dedican fehacientemente a divulgar a diestra y siniestra sus sabios consejos o premoniciones. Incluso algunos llegan a más, cuando imprecan ansias ocultas, como el señor Aristiguieta Gramcko, quién publicó recientemente un twiter anhelando sus más recónditos deseos: “Cuánta falta hace Trump”. Me imagino que es a él que le hace falta, algo que comparten muchísimos compatriotas venezolanos y también cubanos, desde luego. No sé cuál es la razón de ese deseo, quizás la añoranza de unos tiempos donde no se vacunaba, donde Putin campeaba a sus anchas, donde los ricos se hacían más ricos por no pagar impuestos, donde la policía cargaba contra la black people o donde la economía se iba a pique. En todo caso, pienso que forma parte del mismo ancestral deseo, que los ilusionistas nos hagan ver la irrealidad real de la vida, porque así, es más sabrosa. Llámense ilusionistas, populistas o magos de tercera categoría que nos hagan creer que la cosa está fácil y que no hay que hacer mucho para lograrlo. Los venezolanos tenemos una frase genial para definir el asunto: “deseos no empreñan”.

 

 

 

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