María Antonieta Flores / “HUYO DE LO TÓXICO”, por José Pulido

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“En ocasiones he vivido exaltaciones interiores, raptos interiores…”

María Antonieta tiene un no sé qué, un carisma de ángel callado que hace recordar a las grandes poetas. Esa es su estirpe. La poesía de María Antonieta ha alcanzado armoniosos y difíciles tonos. Cuando ella escribe “el mundo tropical no es una fruta de pasión/ es la fiebre que te llena de temblores”, revela el mismo fervor por el lenguaje que profesaba Anna Ajmátova cuando dijo “Las hojas de este sauce en el siglo pasado se murieron, para brillar cien veces más lozanas en la forma de un verso”.

María Antonieta escribe “una gacela salta para dar aviso de su rapidez” y conserva el misterio con la misma tesitura hechicera de Sylvia Plath el día que la preciosa norteamericana escribió “Hay una serpiente en los cisnes”.

María Antonieta ha escrito: “Hermanas/ en el frío y en el fuego ardemos/igual habitamos un relámpago” y exhala el mismo candoroso y sincero estallido de Marina Tsivietaieva diciendo: “Toma, cariño, mis harapos que fueron un dulce cuerpo. /Lo he destrozado, lo he gastado, sólo quedan las dos alas”.

María Antonieta puede hermanarse también con Alejandra Pizarnik quien expresaba: “Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque”.

Y esas comparaciones no constituyen una exageración. Son más bien un acto de justicia que asumo sin tener estatura de juez, pero mucha lectura. Es la conclusión emanada de un lector común. Una opinión que solo tiene el valor de la sinceridad. Un inexperto sincero. Bueno, sí: un lector de mujeres poetas, completamente agradecido por tener acceso a sus libros.

Algunos de los poemarios publicados por María Antonieta Flores

Aquel paseo

En una ocasión fuimos jurado en un concurso de cuentos María Antonieta Flores, Salvador Garmendia y yo. Al final de la reunión salimos a la calle y comenzamos a caminar como sumidos en una vasta tranquilidad. Caracas es hermosa pero jamás ha sido un remanso de paz. Solo tiene, como toda ciudad, momentos inapreciables de hermosura mental, instintiva. Creo que la tranquilidad la inventaba yo, deseando prolongar un paseo de amigos que nunca más volvería a suceder.

Cuando caminabas con Salvador Garmendia avanzabas al lado de todas las historias sazonadas con su estilo de criollo irreverente; narraciones surgidas de nuestra esencia, de eso que somos cuando nacemos en Barquisimeto o en Margarita, en los Andes o en el llano, en Caracas o Maracaibo. Salvador conseguía un alma auténtica, familiar. Sus relatos y novelas constituían un extracto del amor que funda la provincia y expande el universo.

Y con María Antonieta echabas a andar en compañía del universo femenino, de una voz que siempre ha cantado a la altura de quienes son sus hermanas de oficio espiritual, tales como Ida Gramcko, Anna Ajmátova, Yolanda Pantin, Hanni Ossott, Marina Tsvietaieva, Elizabeth Schön, Sylvia Plath, Miyó Vestrini, Alejandra Pizarnik.

Traigo a colación el momento, porque cuando María Antonieta se alejó hacia sus quehaceres y nosotros comenzamos a buscar la boca del Metro, sentí de una vez la falta que me hacía esa poeta. Constaté inmediatamente, que su voz podía convertirse en nostalgia. Como si nos conociéramos desde toda la vida.

—Mira, vale, no te preocupes tanto. La poesía es como una tristeza cuya vitalidad necesitamos— dijo Salvador. No sé cómo adivinó lo que estaba pensando.

Cuando Salvador se alejó hacia lo suyo, me sentí más desamparado porque a continuación nadie adivinaría lo que estaba pasando por mi cabeza. Y desde entonces me propuse leer con más detenimiento a Salvador y a María Antonieta. Para seguir estando con ellos en una caminata amistosa interminable. Hoy he tenido la oportunidad de hablar con María Antonieta. Vía Internet. Pero como la sigo leyendo, escucho su voz muy cerca. Y siento deseos de decirle:

—Mira, poeta, parecerá raro pero tu poesía me hace recordar que necesitamos a Salvador.

Dos poemarios

El poemario más reciente de María Antonieta Flores se titula Los gozos del sueño, publicado por Oscar Todtmann Editores y este es uno de los poemas que figuran en esa obra:

soy fuerte me susurra

respiraste la malaria

el sonido de la sangre

el lado derecho del corazón recibe sangre

la bombea hacia los pulmones

el mundo tropical no es una fruta de pasión

es la fiebre que te llena de temblores

bajo su sombra el final se apresura

más rápido se regresa a la tierra

las palmas el caribe el azul

el reino de los insectos

los antepasados invencibles en el paisaje

algo no cesa de latir

el corazón trabaja mucho

Este año también le publicaron a María Antonieta —en Santiago de Chile— el libro La voz de mis hermanas y otros poemas. En sus páginas se lee este poema:

en el jardín

bajo la sombra de los árboles

no teníamos idea del tiempo que nos aguardaba

conocimos el atardecer

el silencio nos hacía callar

acompañadas en la inquietud

hermanas

no queríamos pagar el precio

Algo de Saint-John Perse

Pongo este fragmento de Saint-John Perse, antes de iniciar la entrevista, porque ayuda a comprender con plenitud la importancia de los versos que ha ido convirtiendo en libros la poeta María Antonieta Flores.

“La poesía no pretende cosa alguna de los beneficios del siglo. Atada a su propio destino y libre de ideologías, se equipara a la vida misma sin justificación alguna. Y con un abrazo, como una sola y gigante estrofa viviente, teje al presente todo lo pasado y todo lo por venir, fusiona lo humano con lo sobrehumano y todo el espacio planetario con el universal. La oscuridad que se le cuestiona no deriva de su naturaleza propia, que es la de develar, sino de la noche misma que explora, a la que está consagrada a explorar: la del alma y el misterio que rodea al ser humano”.

“Mi fe se quiebra a veces”

—Buscando tu voz ¿qué te ha costado más?

—Tenerle fe. La poesía es un discurso exigente con una tradición poderosa, múltiple, con voces inmensas. Ante la poesía es inevitable tener dudas. Mi fe se quiebra a veces, pero me sostiene el trato que tengo con la poesía. Un pacto sostenido por una intención de honestidad.

—Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?

—No he vivido la escritura, el momento de escribir el poema, de ir viendo cómo se conformaba un libro, concretarlo, dejarlo ir, como «felicidad de ser yo». Estoy tan vinculada a ese quehacer desde la pasión, que no me detengo en lo que ocurre en mí sino en lo que ocurre en el poema. No era yo, era el poema. No soy yo, es el poema.

La escritura del ensayo tampoco me arroja a ese saberme yo.

En ocasiones he vivido exaltaciones interiores, raptos interiores…

Tal vez haya felicidad en ese saberse vinculada a un decir que arrastra una gran tradición. El yo no me es muy útil cuando escribo, la verdad.

La felicidad proviene, en todo caso, en el poder decir y decir con honestidad. Pero yo no soy el poema. El poema tiene su vida propia.

Tal vez, felicidad de ser en el poema.

-¿Qué determinó en tu infancia el camino que seguirías?

-Muchas pequeñas cosas del entorno familiar. Descubría misterios en libros que pertenecían a mi madre; otros mundos en los libros que leía mi padre. Todavía me recuerdo cuando encontré pensamientos secos entre las páginas de un libro de mi madre y la atención que me despertó su fragilidad transparente, tenían años apresados ahí. También debo mencionar las vivencias que me brindó la religión católica desde niña, pues estudié en un colegio de monjas cuya capilla era un hermoso y sugestivo santuario expiatorio con una arquitectura neobarroca. Creo que en ese lugar nació mi amor por lo barroco. Ese mundo penumbroso de los templos es parte de mi imaginario, las nubes de incienso que buscan las alturas, las rejas que resguardan los espacios sagrados, son imágenes con huella muy fuerte. La poesía que me visita está signadas por imágenes más que por palabras. La tarea es llevarlas a palabras, lo que implica una exigencia casi alquímica.

-¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?

—La paz cotidiana, que es diferente a la paz interior. El silencio que nace cuando cesa el ruido, lo abrumador y el escándalo, que también es diferente al silencio interior.

—¿Cómo te ha ayudado la escritura?

—Me ha dado sentido de permanencia y pertenencia. Es un lugar que está y al que puedo llegar a pesar de las fracturas que han sufrido los lugares que frecuentaba y disfrutaba en el pasado. En este haber perdido de forma paulatina las certezas de los servicios básicos, la quiebra del paisaje, los colores y olores que acompañaban los espacios públicos, toda esa sensación de estar en otro lugar a pesar de ser el mismo… La escritura ha devenido en convertirse en, quizás, el penúltimo lugar.

—¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

—La maldad. La perseverancia en la maldad. Su práctica sistemática, cotidiana y natural. Sé muy bien que el mal y la maldad existen, lo he constatado, pero no logro explicarme la causa para gastar tanta energía en hacer el mal. Es algo estéril. Debe proporcionar una sensación de poder y un placer que lo imagino seco, pero no veo más.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—En 1997 se publicó mi libro Sophia y mythos de la pasión amorosa. Allí señalaba, tal como me ha sido dado entenderla, que la pasión amorosa es un movimiento interior constructivo, no es algo destructivo. Es un movimiento ascencional a pesar de otorgar estados y vivencias descensionales. Allí está registrada esa gran pasión. El amor todo lo conforma, de él se desprenden las otras pasiones.

María Antonieta Flores. Retrato hecho por el artista Oscar Sjöstrand.

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—Ambas vivencias me acompañan.

—¿Qué lugar ocupa la religión en tu vida?

—Ocupa el lugar que debe ocupar. El catolicismo puede ser un camino fascinante. Siempre he evitado conversar sobre un aspecto que considero íntimo. Aparece en mis poemas y escritos, desde mi primer libro están las huellas de la religiosidad cristiana. A pesar de los rituales exteriores, su suceder es interior. El religare es un movimiento interior esencial.

—¿Dónde vives? ¿casa? ¿apartamento? ¿perros? ¿gatos?

—Apartamento. Toda mi vida ha estado marcada por el entorno del apartamento, sus deficiencias y sus ventajas, y el, a veces, horroroso mundo de los vecinos atentos a las vidas ajenas. Ni perros ni gatos, plantas. Que ya es bastante esfuerzo mantenerlas en pie ante la carencia del agua. En realidad, no puedo atender a una mascota ni a sus necesidades. En estas cosas soy muy clara: son responsabilidades importantes y si no se pueden asumir cabalmente, no se deben asumir. Podrías hacerlas sufrir. Perros y gatos me gustan, pero optaría por un perro, su manera incondicional del amor me admira, su desvergonzada manera de pedir amor. Hace más de 30 años tuve hamsters, los añoro a veces.

—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

—Me resguardo de las pestes y los dramas (los dramas que son expresión de un estilo y un discurso, de una puesta en escena). Vivo en medio de situaciones trágicas y dolorosas en lo colectivo. Es suficiente. Mantengo mis rutinas, registro las pérdidas y lo perdido. Me vinculo a lo bello y lo bueno, huyo de lo tóxico, del veneno que algunos seres cultivan en su interior.

—¿Hacia dónde conduces tu escritura?

—Ella me conduce a mí. Me gusta descubrir el camino que me traza.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía, en un país que ha cambiado tanto?

—Ha devenido en una ciudadanía más desconfiada, más escéptica.

José Pulido tomando café. Fotografia de Gabriela Pulido Simne

 

Publicado originalmente en http://www.crearensalamanca.com

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