Tres lecturas / LA OBRA DE JOSÉ PULIDO, por Enrique Viloria Vera

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De la  calle somos y a la calle vamos, parece concluir el poeta.

1. Ninfas en bululú

Olvidémonos de moribundos en gira y agónicos electorales, pospongamos frustradas expediciones por mar y tierra para recuperar la libertad enajenada, prescindamos, por un rato, de los felices octogenarios, archivemos por momentos las enrevesadas afectaciones de mujeres ajenas, dejemos atrás monólogos de penes tristes, de vaginas solitarias, de anos apretados, llegó José Pulido con EL Bululú de las Ninfas, trastornadas de culito, muslos y tetas, recreadas en nuestro Caribe tropical, donde ver la mar azul de los afiches publicitarios de Venezuela en Alemania y morir en Naiguatá, en medio de un inconsciente y deseado orgasmo, es actualísimo asunto literario, policíaco, poético, turístico, transgenérico de verdad verdad.

El Bululú de Pulido no es una de esas novelas prefabricadas, de esas galeradas escritas por encargo, por deberes de linaje o de familia para encomendar notas de prensa y de amistad. No, la narración de Pulido es un texto socarrón, irreverente, descomedido como el propio autor, que desarma enraizados prejuicios y reta de frente a los crecientes espíritus libertarios que demandan una novela nuestra, con olor a sal, semen, sudor y suerte, que los reconcilie con los avatares de esta Venezuela chapucera, tercermundista, erótica, rojita pornográfica de segunda, de la que el escritor es testigo apasionado y prolijo cronista.

Es un texto endógeno y cosmopolita, de empanadas de carne mechada y paraísos fiscales, un artilugio de Interpol y de paquetes turísticos de ocasión, de internet y de ilusiones que no prenden como los amores envasados al vacío que relata; es un relato de alienaciones y esperanzas, de felicidades efímeras como todas, al final, lo son.

Pulido juega con la adhesión frenética al clítoris cimero, se solaza en el placer plural de la masturbación femenina, en la frustración homosexual, para ilustrar ¡hélas! que el amor, el de verdad, el de boleros, el que poquito queda, ese parecido a la ternura y la mirada de soslayo, no habita en sus verídicos personajes que están concebidos para matar de pretendida pasión y morir de falso placer.

El Bululú de las Ninfas de José Pulido es la danza cotidiana y multiforme de nuestra propia muerte, la personal y la colectiva, la de la ilusión y la del desencanto, la del éxito pronto y el deslave garantizado.

No lea el libro de José Pulido sin antes rezar tres padres nuestros, ponerse la máscara de Diablo en carnaval, comprar un yogurt profiláctico, llamar al 171 o beberse un trago doble de anís sin clavos de olor. Ni el mismo párroco garantiza la paz de los espíritus.

2. El transeúnte iluminado

De la  calle somos y a la calle vamos, parece concluir José Pulido cuando, en su poesía, recoge y a veces exalta el asfalto, las aceras, los vecinos, los quioscos, los autobuses, las alcantarillas, el policía y el balandro, en fin, todo aquello que convive en una calle viva “de esta ciudad / huérfana de heroísmo / noche vestida / de horóscopos / farsantes.”

El poeta sufre y ama la calle, se transmuta en gas, en humo, en vaho, en elemento sin peso ni consistencia para recorrer incesantemente, vericueto a vericueto, su barrio, su parroquia, su urbanización, esa urbanización de clase media alienada en la que junto con la escogida por su pasión, su bienamada, habida “…una vivienda prefabricada / un lugar donde el sol es polvoriento, / donde las flores son de plástico / y los sueños pesadillas económicas.”

A pesar de las estrecheces físicas, de las miras engargoladas, de los escasos metros cuadrados en los que habita en esa avenida donde “los mecánicos se ríen de la cuadra /…el guardia del edificio está pensando / y las muchachas pasan per secula seculorum /…las madres han salido a comprar / los taxistas pululan con ojos maliciosos”, el poeta confiesa que jamás se moverá del barrio, que Dios podrá regresar “a construir otro paraíso”, pero nunca lo tentará para cambiar de hábitat, para renunciar a esa morada precaria en una vecindad también precaria, donde, sin embargo, el escritor puede refugiarse en sus fantasías, en sus ensoñaciones, a fin de disminuir la fuerza en sus fantasías, en sus ensoñaciones, a fin de disminuir la fuerza de una megalópolis que nos niega a cada paso a cada instante. Disfruta pues Pulido del recurso de buscar “…el rocío / de los pajonales inventados y soñados / a través de una ventana de mi barrio / que posee cielo propio, una montaña, un avión / una acumulación de polvo, de años y años / un pujido de sol / reventando huellas digitales / bebés de arañas.”

Calles cantadas por un poeta que las recorre para eternizarlas, que desecha las fugacidades para anclarse en permanencias que se transforman, inevitablemente, en maneras de ser, en formas de vivir, en idiosincrasia que habla y revela un alma que la calle oculta en medio del tráfago y de su bullicio. Pulido se declara sin ambages, ciudadano de su vecindad, amante vehemente de todo aquello que expresa lo urbano, que transmite lo citadino: “amo a ese cemento maliciosos / amo el canto desesperado y aterido / de los miles de pájaros esclavizados en los balcones.” Reconoce sin tapujos el poeta que su corazón es “un ruido de motos y sirenas / y palpita con el desamparo espectral de la gente: Ama además el escritor, para que no quede ninguna duda acerca de su culto a la calle y lo que implica y conlleva; “los pasillos rodantes de los buses / las aguas negras, los niños tapiados / el temblor de los rieles subterráneos / el rumor de las neveras / las fosforescencias de los televisores.”

Registra también el poeta las circunstancias de muerte que paradójicamente se viven en un barrio de ángeles y demonios, donde una incomprensible y cotidiana cacería humana, “Jorge mató a Wilmer / Pedro mató a Jorge / Leandro mató a Pedro / entre cinco acribillaron a Leandro / y también murió / con un pequeño huequito en el pecho / y el plomo rebotando / entre las costillas y los pulmones / la niña / Belkis / quien jugaba íngrima / saltando compartimientos de ilusión y tiza.” Se integra Pulido a esa realidad demencial que ninguna razón comprende, y que solo la poesía en su inmensa generosidad temática puede cantar para destacar la liviandad de unas vidas que dependen de la balacera de turno, de la venganza prometida, del ajusticiamiento merecido, del proyectil extraviado, en fin, de los malandros del barrio. Belkis no jugará más a la rayuela, aunque ya transita, sin necesidad de brincos ni equilibrios, el difícil camino que va de la tierra al cielo, acompañada de un ángel que “con sus plumas y sus blancuras” fue enviado para que, silencioso, sin hacer bulla alguna, recogiera un alma que nadie encuentra, a pesar de tanta búsqueda inútil, sin sentido, en una barriada en la que el alma vale lo mismo que el cuerpo, nada, porque ambos son prescindibles, allá, en ese sitio, en ese barrio de ángeles, donde “no hay felicidad / pero hay pistolas.”

Así como la calle es expresión de violencias plurales en las que “los crímenes y el amor nos empalagan”, puede serlo de cotidianidades plácidas, de ternuras conmovedoras, de situaciones placenteras que no necesariamente convocan a esas caras fantasmales, a esos adultos sin amor que parecen ser el producto “de un Dios mareado / vomitando gente / que produce náuseas.”

Pulido ama también la calle amable, esa placita en la que “una anciana con cara de viuda vibrante de risas o congojas / se sentó a leer periódicos”, o aquella donde “por la acera pasaron / tres muchachas / viento dibujando pubis” o bien aquella otra plaza no tan lejana de su casa, donde los viejos chinos, después de haber realizado el balance de una vida marcada por la inmigración y las fritangas, van con sus penas a cuestas, retando el poco futuro que les queda con gestos que nada tienen de desafiantes: “el hombre saca un pañuelo / y ella se quita los lentes.”

A pesar de las concesiones a la placidez y a la solidaridad, Pulido reconoce, batido e impotente, que la violencia de la calle puede más que el amor de las plazas y que las aceras se encuentran corrompidas, las calles apestan, huelen a perro dormido, hieden “a carne viva / a morgue lavada con manguera.” Por estas razones, no se solaza en la exaltación de lo placentero, de lo sublime de las almas nobles que juegan a ser buenos ciudadanos en una urbe predestinada, sin aparente salvación, donde siguen pasando los carros toda la noche / el camión de la basura aprieta y comprime / el faro rojo de la patrulla policial gira / en el cuarto / todo el tiempo, / la ciudad hace sus movimientos / no ha caído ni un solo ángel reluciente / acuchillan a alguien en un callejón.”

Hombres carentes de humanidad, sin presente y sin futuro previsible, acompañan a las mujeres que desde lejanas tribus amerindias, han tomado por asalto la ciudad, buscando un futuro distinto al que le ofrecen un río huérfano, un delta sin porvenir. Estas indias vagan de plaza en plaza, de puente en puente, “aprendiendo a comer / perro asado / con las tribus de los locos / que orinan las plazas / buscando aluminio / los nuevos mineros que hurgan los botes de la basura.”

Indias sin vigencia, mineros sin socavón, acompañan en la vía a esa nueva fauna humana que convive con alimañas, perros y mendigos, y que, incapaces de soñar, duermen a plena calle, añorando y mentando madres, oliendo pega en una ciudad que nada quiere saber de los hijos de la calle, verdaderos desalmados que “con su posición fetal de marineros / que llenaron de carbón el barco de la noche / se ahogan famélicos en sus pesadillas.”

Calle ubicua, omnipresente, partera de esquinas, cuadras,  vecindades y vecindarios que José Pulido recoge en una obra poética que nace del asfalto, del adoquín, del macadán para convivir con una pléyade de seres que apuestan a perdedor para desvivir en una ciudad repetitiva, en la que “no hay dónde ir ni que buscar en este laberinto”… “mientras las moscas se ocupan de que no sueñes.”

Calles benditas y malditas, propias y ajenas, anchas y angostas, amenazantes y amistosas por las que transita un poeta iluminado, animal de bulevares, que sólo desea ser “un civil de carnes magulladas / mango maduro con su amor de escombros / cerveza y cocacola / porque no soy un héroe / y tomo aspirinas Bayer / cuando me duelen los recuerdos.”

3. Ars amandi, ars moriendi

 Siempre se trata de una mañana o de una tarde en que uno cree haber sentido el roce de las alas y hay un escalofrío pendiente.

 José Pulido

José Pulido vive del amor y de la muerte. Su poesía asume el carácter de tránsito, de túnel, de puente de interconexión entre principio y fin, entre lo que se origina y se extingue, entre el primer y último adiós, entre el altar y la tumba. Ama sin remilgos el escritor la vida, sobre todo cuando la comparte con su amada, para caracterizarla como “esa temporada especial contigo”, aunque también tiene plena conciencia de la muerte, ineludible, inapartable “que se pega como un niño / agarrado a una pierna.”

Circunstancias duales, contradictorias, de la existencia propia y de la muerte ajena y personal impregnan la poesía de Pulido, quien privilegia por igual la valentía y el miedo, la esperanza y el desencanto, la desaparición inevitable y la reencarnación posible. Pulido ama intensamente “el amor me ha mordido y me ha matado”, porque sabe que la única forma de existir que conoce es el amor, el encuentro, el otro, su mujer, la pareja, aun cuando pueda también verla morir poco a poco, por efecto de sus tosquedades, de su analfabetismo emocional, de sus incomprensibles vehemencias: “fui un depredador contigo.”

Conoce también el poeta que la muerte es todo lo contrario, el desencuentro, el adiós, el extrañamiento, la ausencia, la partida, una bala fría, que alcanza el cuerpo de una niña que” jugaba íngrima / saltando compartimientos de amor y tiza” o no volver a ver nunca más la “cara de mi mujer / iluminado el cuarto.”

Poesía del amor y de la muerte que no puede prescindir de la ciudad donde se ama y se muere, esa Caracas olorosa “a frituras de ajo”, marginal, construida barrio a barrio, rancho a rancho, en la que, en los días de lluvia, el zinc repica continuamente instaurando una letanía melódica, monótona, que bien quisieran repetir, con la misma cadencia y frenesí, las lloronas, las mujeres inveteradas que en la Villa de Cura del escritor le cantan por igual al recién nacido y al difunto, mientras en la capital el poeta rememora el balanceo de un enorme ataúd, preguntándose, inquiriendo, deseoso de saber de una vez por todas hacia dónde llevan “ese muerto que pesaba tanto.”

Vida el amor y muerte en la soledad son los temas fundamentales que alimentan la poesía de Pulido cuando transita una calle que hiede “a carne viva / a morgue lavada  con manguera”, y asiste dolido al velatorio de unos amigos que ya no estarán más, que se fueron silenciosos, transportados en las fauces de “un animal de patas broncíneas / y cuerpo plateado: “Cariños de poca monta”, amor primitivo, ingenuo, desconocedor de la ternura, ignorante del deleite táctil y visual, porque el poeta siempre entendió que el amor era eso: comerte aquí, morderte allá / chuparte como una cayena / almacenarte cual arena  / en esta concha / lamer tu rocío / y besar tu retrato.”

Ama así el poeta la vida que le ha tocado vivir en una ciudad que quisiera disfrutar a plenitud, sin sorpresas más allá del encierro que le impone un apartamento prefabricado, “un lugar donde el sol es polvoriento / las flores son de plástico / y los sueños pesadillas económicas”, imaginando que más allá de sus constreñimientos, de su prisión caraqueña, hay vacas, “rosales fuera de cautiverio”, a la vez que experimenta “un odio profundo por la naturaleza que nunca deja de agonizar.”

Existencia de renuncias y precariedades que el poeta rumia “en un cuarto pequeño y amarillento” en el que siente pasar un barco enorme que va desarticulando seguridades, dogmas, certidumbres, que le hacen creer que “las fresas tenían algo que ver / con las bocas de las mujeres”, en medio del torbellino que provoca un océano urbano, de cemento, donde los escualos del odio hacen de las suyas, transformando ostras y playas, arena y mar en medio de una ausencia de órganos vitales arrancados por el mordisco de un tiburón inadvertido: el páncreas, el corazón, el hígado, el estómago, necesarios para afrontar ese diluvio que Pulido revive, trae de los orígenes de la humanidad para empaparnos de amor y muerte, de encuentros y distancias.

Con Los poseídos, José Pulido nos enfrenta a una obra signada por las antípodas de una vida que vive de la muerte, y no al revés, y de un amor que se nutre de la destrucción, y no de lo que puede ser construido. Amor y muerte singulares, propios de un poeta que sabe irremisiblemente que “el cadáver de la vida / suelta olores profundos” y declara, por encima todo, ser “un civil / de los civiles étnicos / tan sólo reclutable por la muerte / y por los labios de aquella que me amó.”

 

 

 

 

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