El Tercer País / VIAJE HACIA EL DOLOR, por Alfonso Molina

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Concluyo la lectura de El Tercer País y siento la intensidad del dolor de dos mujeres en algún sector de la tierra de nadie que se parece a la vida. Recapacito: tierra de nadie no es la expresión correcta. Porque esa nobody’s land tiene muchos dueños, demasiados propietarios. Algunas veces se anuncian en las acciones desperadas de mujeres en la nueva novela de Karina Sainz Borgo y a ratos se perciben en los vacíos apenas sospechados por sus personajes. Se trata del drama de los desplazados en cualquier parte del mundo y de quienes deben defenderse para sobrevivir, también en cualquier parte del mundo.

Lo que sí me queda claro al cerrar su última página es que se trata de un relato sobre existencias femeninas, muy distintas pero inexorablemente afines. Angustias Romero huye de la peste con la intención de sepultar a sus dos neonatos. Visitación Salazar ejerce su dominio a partir de su cuerpo y de su cementerio en una región fronteriza que nunca sabemos cuál es porque la autora —exprofeso— no lo dice. Hay un dominante lenguaje paisa, con su voceo característico, a lo largo de los diálogos, pero también una referencia lejana al guayoyo y otros venezolanismos. Nadie sabe dónde queda Mezquite. Tampoco de cuál lado de la frontera. ¿De cuál frontera? Eso no importa. Pero ambas mujeres se mueven —también lo padecen— en un mundo masculino, ya desde el ámbito del poder o desde el sufrimiento de la tragedia. Los personajes masculinos son mucho más limitados, esquemáticos y predecibles. Los personajes femeninos son más ricos, sorprendentes y diversos. Ellas conducen la trama, introducen los giros dramáticos y resuelven los conflictos que surgen de la trama.

Es inevitable establecer un vínculo entre El Tercer país y La hija de la española (Lumen, Barcelona, 2019) pues en ambas novelas se encuentra el tratamiento del personaje femenino desarrollado de forma intensa. Cambian los escenarios, las situaciones, los conflictos, pero se trata de mujeres que avanzan en medio de las dificultades. Entre la Caracas acosada de Adelaida y la tierra inasible de Angustias hay muchas diferencias —y no solo de hábitat— pero lo medular se encuentra en la actitud de ambas. Adelaida se ha visto obligada a desplazarse hacia otro país y buscar otra identidad, después de sufrir el despojo y la humillación del chavismo, mientras Angustias ha migrado para tratar de ser ella misma, de un lado a otro, sin marido ni hijos recién muertos.

La forma como Sainz Borgo construye sus diálogos en El Tercer País me recordó mucho la técnica de Mario Vargas Llosa en su tempranera La ciudad y los perros (1963), donde las frase tienen una doble dimensión: lo que se dice y lo que sucede cuando se dice. Hay en esta técnica narrativa mucho de diálogo cinematográfico pues permite imaginar las acciones, las reacciones, los gestos y las intenciones en una misma frase. Construye una imagen. Es una técnica difícil, poco convencional, que exige mucha precisión.

La noción de frontera de El Tercer País se aprecia en la línea divisoria que propone la narración entre realismo y fantasía, realidad y ficción, femenino y masculino, placer y dolor, vida y muerte. Es un desplazamiento físico, geográfico y concreto pero también un viaje interior y afectivo. ¿Quién espera a Angustias Romero? ¿Dónde la espera? Nadie sabe si eso es cierto. Lo que se percibe como verdad es que transita un viaje hacia el dolor.

EL TERCER PAÍS, de Karina Sainz Borgo. Lumen, Barcelona, 2021.

 

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