Jacqueline y Alfredo / NUNCA EL AMOR FUE MÁS BELLO, por Enrique Viloria Vera

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Jacqueline y Alfredo Alencar, con la laguna de Apoyo de fondo (Catarina, Nicaragua. Foto de Humberto Avilés.

                                                                    (Con la venia de Aquiles Nazoa)

Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Alfredo amó a Jacqueline: su princesa, su gacela, su negrita blanca.

Alfredo Pérez Alencart amó con ternura y desenfreno a su prima Jacqueline, el Ruiseñor de Bolivia.

Ambos eran soñadores, jóvenes y hermosos, su amor compartían como dos colegiales comparten sus golosinas y sus ilusiones.

Se conocían poco, la dorada Salamanca los acogió, el día que se besaron por primera vez, la villa brilló más que nunca… resplandeció y podía vislumbrase —a simple vista— desde lo más recóndito de la Vía Láctea

Amar a Jacquie era como ir comiéndose un mango maduro y dulce bajo la tupida lluvia amazónica. Era estar en el campo y descubrir que hoy amanecieron maduras todas las frutas y más alegres los pájaros y las mariposas.

La mirada de la amada poblaba de dominicales colores el paisaje. Bien pudo haber nacido en una caja de encendidas acuarelas. Alfredo tenía una caja de poesía en el corazón y unas amorosas ganas de ser y hacer futuro con su princesa boliviana.

A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas de la tierra.

Alfredo reconocía y amaba a Jacquie en la transparencia de las aguas del Tormes, en el vuelo de las cigüeñas, en la mirada de los niños y en las hojas secas del otoño salmantino.

Jacquie reconocía y amaba a su Alfredo en las barbas de los mendigos, en el perfume del pan tierno y en las más humildes monedas que llevan los sin papeles en sus menguados bolsillos.

Ambos se solazaban en el amor prodigado tanto al Amado Galileo como a José Alfredo, el bienvenido unigénito.

Verdaderamente, nunca fue tan hermoso el amor como cuando Alfredo Pérez Alencart amó a Jacquie, el Ruiseñor de Bolivia, quien ahora canta para deleite de ángeles y querubines en las apacibles campiñas del Señor.

 

 

 

 

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