Sucede en Venezuela / EL CONDENADO A MUERTE, por Edilio Peña

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En las cárceles venezolanas hay dos tipos de condenados a muerte.

Tener conciencia de estar esperando a la muerte no es lo mismo que ser sorprendido por ésta sin anunciarse. Saber el día y la hora exacta en que se habrá de morir, seguramente hace que la memoria retome los pasos perdidos de lo vivido y las interrogantes desacostumbradas. Eso lo experimentan algunos condenados a la pena capital, en el corredor de la muerte de cárceles norteamericanas.

Y mientras esperan su ejecución, la cual podría durar un corto o largo plazo, la angustia y el desasosiego anidan y puede ocurrir que entre ellos prospere un hondo misticismo o el sarcasmo despreciativo para quienes le sobrevivirán. Llegado el momento de recibir la inyección letal, los condenados a muerte podrían decir una frase última fraguada en su larga espera. Con esas últimas palabras, intentarán redimir el fatal destino que les ha tocado vivir; otros apuestan a un chiste o a un gesto de burla contra la humanidad.

Los condenados de poderosa imaginación apuran la mano en escribir cartas sin destinatarios, memorias que no tendrán editores; un poema infeliz, una novela que no alcanzará su final, o un guion de una película que luego, un guardia indiferente, echará al cesto de la basura. Quizá estos escritores anónimos pretenden desterrar la pena capital con el olvido de sus distracciones e invenciones. Uno de estos condenados logró escribir una historia fantástica en las orillas de las páginas de una Biblia, que un sacerdote compasivo le había llevado para consolarlo en su infortunio. Por supuesto que en esta tarea de ensimismamiento artístico, lo menos que le interesó al condenado, fue leer la Biblia. Se cuenta que un director de cine llegó a leer esa curiosa historia con frenético interés, pero le pareció impúdico convertirla en película. No obstante, todos los que esperan en el corredor de la muerte, y ante la inminencia de lo desconocido, son presa de un miedo atroz. Lo demás, es disfraz. Igual a la venda negra que cubre los ojos de aquellos que no se resignan a ser fusilados.

Quien es pleno y feliz en la brevedad de la vida, no es habitado por el sentido trágico de la muerte. Por eso la vida humana se obstina en ser eternamente adolescente.  Pero una vez que la muerte hace presencia, la conmoción pone en vértigo la conciencia, sobre todo al enterarse de las características del mal que empieza inesperadamente a devorar la vida. Lo saben quienes padecen una enfermedad terminal. En esa desventura, la depresión o la rabia podrían acechar y tener más poder que la propia enfermedad. Algunos logran adelantarse a la fecha incierta de la muerte, poniendo fin a su propia vida. Probablemente lo hagan por el insoportable dolor o para ahorrar sufrimiento a los que le ofrendan en vela su amor. Hay otros que asumen su condena a muerte con un estoicismo que conmueve, ésos que ahogan sus gritos en una fe ciega. Es como si supieran que la gran oportunidad de trascender más allá de la carne, se les ha presentado. Guardo en mi memoria, la imagen de una persona que estuvo en el hospital oncológico Padre Machado, en Caracas, mientras miraba por la ventana de su habitación sin luz, las cruces del Cementerio General del Sur. Nunca pensé, cuando nos despedimos, que se pudiera abrazar el alma.

En Venezuela existe la pena de muerte. La persecución y el desprecio por la vida ya no es política de Estado, sino de la hidra asesina de criminales en el poder. Porque el Estado ha muerto. El crimen abunda cuando la naciente del poder es un delta de sangre purulenta. Los victimarios han sembrado en sus propias víctimas —más desesperadas e impotentes— el imaginario criminal. Tan es así, que se llega a matar al más cercano de los semejantes. Lo paradójico es que la víctima en Venezuela aún no ha encontrado cómo eliminar al victimario. Entonces, el victimario ríe y disfruta esa imposibilidad como ante un espectáculo. Porque descubrió una manera silente de exterminio: el hambre. Esa hambre que convierte la piel de un niño en un pequeño saco de huesos frágiles y ojos desorbitados ante el asombro de la incomprensión.

En las cárceles venezolanas hay dos tipos de condenados a muerte: presos políticos que padecen en medio del olvido y la tortura sistemática; y presos comunes que en su hacinamiento y desesperación, no cejan en matarse unos a otros hasta que la carnicería es coronada por la Guardia Nacional que de manera intempestiva irrumpe, convirtiendo las disputas de las bandas, en masacre. Sin embargo, los pranes han tomado el poder en las cárceles, y los guardias se han convertido en sus víctimas o cómplices en el ejercicio del crimen desaforado. A falta de comida, algunos presos han comenzado a comer a sus muertos.

En las ciudades, la muerte afila su guadaña. Los delincuentes y la Faes ya no van por un par de zapatos, un celular de marca o una moto, sino por la vida del otro. Matar en Venezuela se ha convertido en un goce frenético. Ahora se suman las guerrillas de la FARC, el ELN y los grupos terroristas del medio Oriente. Quien sale de su casa no sabe si regresará. Teme hasta de sí mismo. El miedo fortifica su vivienda con alambradas electrificadas o barrotes de calabozos. Pero la muerte, siempre astuta, cuela su sombra mortal también en los más insólitos refugios. En Venezuela, todo ciudadano es un condenado a muerte, aun sin saberlo. Los inocentes no son excluidos, tampoco los culpables. Aunque ninguno imagina cómo podría reaccionar ante la sorpresiva y macabra sonrisa que se presenta como un cuadro medieval. Por eso la felicidad del venezolano es tan precaria. La tensa vigilia lo ha vuelto insomne, sufrido. Nadie sabe cuándo la puñalada, el disparo, la horca o lanzarse al vacío lo hundirá en la noche sin retorno. Las morgues abarrotan cadáveres desde que hace dos décadas, el odio fue sembrado como sendero para empezar a matar, sistemática e impunemente en Venezuela. En ese espectro, el amor ha resistido demasiado.

Consciente de las hordas criminales desatadas un tenebroso 4 de febrero, y ante el temor de que algún vengador sobrenatural ejecutara un magnicidio, Hugo Chávez se rodeó de numerosos anillos de seguridad y santeros. Sin embargo, la muerte con su máscara roja, logró atraparlo en su inexpugnable soberbia. No sin antes hundirlo en el más atroz sufrimiento.

edilio2@yahoo.com

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