Órdenes sin mandato / EL OTOÑO DEL PATRIARCA, por Antonio Llerandi                

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Tiene, como tantos otros venezolanos, la casa por cárcel. Miraflores es su prisión.

Gabriel García Márquez fue un genio de la literatura, su obra fue un retrato vívido de la América Latina, magistral, incalificable, eterno. Su obra más conocida y que lo encumbró incluso hasta el Nobel, fue Cien años de soledad, pero sin dejar de admirarla como algo maravilloso, quisiera decir que tengo otra novela de él como mi favorita: El otoño del patriarca. La he leído varias veces y el asombro y el placer siempre me acompañan, para mí —es mi humilde opinión, sin ser crítico y nada por el estilo— es el summun de su capacidad literaria e imaginativa.

Vale recordar que quizás el origen de esa obra fue una especie de reto colectivo entre los escritores latinoamericanos de retratar la vida de los dictadores, esos especímenes tan típicos de nuestra región. Cada uno, de los que escribieron al respecto, hizo su versión particular, pero para mí la de García Márquez es la mejor. La realidad de los dictadores, y la literatura de los dictadores, retrata una característica común que los evidencia: todos son patéticos, humanamente patéticos, con todo lo que este término significa.

Son seres aislados, enfermos de poder, que dirigen, desde un escritorio, una cama o una hamaca, huestes cómplices de una locura sin fin. El de García Márquez tiene todo eso y aun cuando algunos han tratado de decir que se inspiró en el Juan Vicente Gómez de Venezuela, creo que en realidad es un excelente compendio de ese horror colectivo que se ha vivido en toda Latinoamérica.

El problema es que lamentablemente no es un asunto del pasado, sigue ocurriendo. El ejemplo más evidente lo vivimos en Venezuela, donde otra caricatura de ser, se dice que preside un país. La realidad es nuevamente patética, como él.  Si lo vemos hoy en día, es una bola humana, un mazacote gigantesco, que deambula por unos pasillos, que para distraerse tiene que pagar a un cantante para que lo entretenga en su encierro y le permita agarrar a su esposita para dar dos o tres vueltas, como si estuviera bailando. Hasta ahí la ‘diversión’. Cuentan que Netflix le resuelve el resto del tiempo. Pero no sale de su encierro. Tiene, como tantos otros venezolanos, la casa por cárcel. Miraflores es su prisión. Me lo imagino deambulando por esos pasillotes en un amanecer de insomnio, pensando en un pescado frito y sus guardias cubanos diciéndole que no, que no puede ir a La Guaira a comérselo, porque es un peligro. Él, como todos los venezolanos, ha ido perdiendo territorio como cómplice e instigador de la maldad, ha tenido que ceder porciones de su reino. Ya no podrá volver a Apure, pues lo perdió en una pelea con sus correligionarios, ni visitar La Vega, pues allí manda el Coqui, y mucho menos Petare, porque trató de joder a Wilexis y eso él no se lo perdona. Si se asoma por ahí es hombre muerto, y eso ni de vaina lo van a permitir sus custodios cubanos, que tienen la orden estricta: “mantenerlo cercado y con vida, para que siga mandando”.

Pero ¿cómo manda? Porque tiene años diciendo cosas, pero ninguna funciona. Hace decretos que nunca se aplican, leyes inexistentes, acciones teatrales, simulacros de órdenes. Y las instrucciones de La Habana se cumplen a cabalidad: “sólo por TV”, a la calle ni de vaina. Y así se le va la vida, le llevan los nietos y lo visitan ratas universales, que reciben su porción de billetes.  Todavía añora aquellos toletes de carne semi cruda que le sirvió un jalabola turco simulando una felicidad de servirlo, sólo por los billetes, o el oro recibido.

Pero sigue ahí, es un símbolo sostenido por buena parte de la mala gente del mundo, mientras sus cómplices iniciales siguen asaltando el país. Y lo que es peor, sus partidarios o adláteres están retomando el poder en buena parte de la América Latina. Tan patéticos como él, tan dirigentes que no dirigen como él. Los ejemplos sobran, son figurones que simulan pero que no mandan. Usan una figura aparentemente popular o populachera y el poder real está detrás, como todo dominio malsano, en la oscuridad.  Lo vivimos en Venezuela cuando Chávez era la mampara de Castro, el verdadero mandamás.

Y ese modelo se regó por toda la América Latina, Evo Morales tuvo detrás a García Linera, otro agente de Castro, López Obrador a Marcelo Ebrard, ídem, Alberto Fernández a la Kirschner, ídem, el chuchumeco de Ortega con la desquiciada Murillo detrás, y pare usted de contar.

Lo peor es que el asunto no para, se sigue regando. Cuando uno voltea para todos lados, lo patético sigue predominado. Ni siquiera por el lado de la derecha el asunto mejora, vemos a un energúmeno como Bolsonaro en el gigante Brasil, o incluso contagiando a EEUU con el Trump de mis tormentos.

Como dos novedades de último momento, nos encontramos con la aparición en el ruedo de un personajillo, Pedro Castillo, posible futuro presidente de Perú, que cuando lo vi en una entrevista televisiva, aparte de caérseme la quijada como al cangrejo de La sirenita, me pregunté: ¿qué diablos enseñaba ese ente en la escuela? Porque saber, lo que se dice saber, no sabe nada. Y por allí, detrasito de él, viene Vladimir Cerrón, el verdadero poder detrás del trono, que por estar sancionado no se pudo lanzar y utilizó a Castillo como mampara. El susodicho Cerrón viene de Sendero Luminoso. Válgame dios, qué futuro para Perú.  Y como guinda de la torta, en Chile se prepara como candidato a la presidencia el comunista Daniel Jadue, que encima ha escogido como pseudónimo para presentarse el de ‘Chadue’.  ¿Alguna similitud? No sean mal pensados.

En mi memoria, mi terrible memoria, resuenan aún los ecos del que fue ministro de Relaciones Exteriores de Evo Morales en Bolivia, que en declaraciones públicas y sin ningún recato, reconoció que él nunca se había leído ningún libro en su vida, porque eso era dañino, ya que se le podían inculcar en el cerebro ideas malignas. Como ‘pensar’, diría yo.

 

 

 

 

                                                                                                         

 

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