Evangelina García-Prince / HONOR A UNA FORJADORA DE MUJERES LÍDERES, por Natalia Brandler

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Proponía un esquema de estudio ineludible: el que nos mostraba las relaciones de género y poder.

El 3 de junio se cumplieron dos años del fallecimiento de Evangelina García-Prince, maestra, amiga, brillante mujer que dejó una huella en todas las que tuvimos la oportunidad de acompañarla en parte de su trayecto y de formarnos con ella.

Aunque tal vez sea más apropiado hablar de forjarnos con ella, porque sus métodos se parecían al de una forjadora con un martillo y un yunque. “No tengo tiempo, en tres días tengo que extraerles su potencial de liderazgo”. No todas aguantaban que expusieran sus debilidades públicamente. Las que aguantaban, salían fortalecidas, seguras de si mismas y con la frase “tu palabra es tu poder”, grabada como un mantra.

Reconozco que cuando por primera vez tuve la oportunidad de sostener con ella una breve conversación telefónica, su voz potente —con un deje de impaciencia— me inhibió de extender la conversación más allá de lo estrictamente necesario. No hay que olvidar que fue senadora, miembro de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre) y consultora internacional, además de una extraordinaria oradora con un carisma y una capacidad histriónica que paralizaba a quienes la escuchaban.

Y junto a ello, una investigadora ávida —“No estudian. ¿Cómo pretenden ser las lideres de este país si no estudian?”— y con un sentido del humor no apto para menores. Como cuando nos quería ilustrar las diversas formas en que las mujeres y los hombres expresamos el poder de forma inconsciente decía: “las mujeres cruzamos las piernas y tapamos el sexo con las dos manos, para estar seguras de que por ahí no entre nada. Los hombres en cambio abren bien las piernas y exponen su sexo sin pudor, porque en sus gónadas reside el poder”. Y esto venía acompañado de una escenificación que provocaba auténticas carcajadas.

Pero más allá del recurso al humor, su trabajo sobre el poder, con la recopilación de textos que cubren un espectro que va desde la Grecia Antigua hasta la filosofía contemporánea, condensan una enseñanza fundamental para toda mujer política que quiera lograr ascender a cargos de decisión en un mundo mayoritariamente masculino.

Empezando por su afirmación de que el poder y la violencia son las dos caras de una misma moneda y ello debido a que el primero ha sido entendido desde épocas remotas como jerarquía o desigualdad con el consecuente empleo del control y la dominación como formas de ejercerlo, en un marco de prácticas polarizantes y excluyentes. La violencia como modalidad del poder, en eso se resumía una parte importante de su enseñanza.

Un esquema era de estudio ineludible: el que nos mostraba las relaciones de género y poder. Partiendo de las diferencias sexuales entre los hombres y las mujeres se ha construido un paradigma de desigualdad que se vive naturalizado y de forma inconsciente. A través de las relaciones y prácticas culturales se afianza como discriminación que se sustenta y refuerza con la violencia, el mecanismo de seguridad que sostiene ese ciclo de la desigualdad, la discriminación, la violencia, y que se repite una y otra vez de distintas formas: descalificación, banalización, sometimiento, subordinación, invisibilización, ridiculización, prohibición, negación, dominación, explotación.

Partiendo de este esquema simplificador, se han creado cosmovisiones, sistemas normativos e imaginarios de género que estructuran —a través del llamado ‘orden de género’ — las identidades, relaciones, tareas y posiciones de lo masculino y lo femenino en los grupos, las instituciones, y las organizaciones. Ese orden de género tipifica las identidades, crea estereotipos que resultan funcionales para la estructura del poder. Hay una manera de ser hombre y una de ser mujer ambas definidas por los mandatos de género.

Citando a Cazes (la memoria de Evangelina era prodigiosa), definía los rasgos de la masculinidad dominante: los hombres son superiores a las mujeres, y los ‘hombres de verdad’ también son superiores a cualquier hombre que no se apegue a las normas aceptadas como características propias de la masculinidad dominante. ¡Cuidado con una conducta o con una actividad identificada como femenina en un varón!

Y de estos temas pasábamos a discutir los rasgos sobresalientes del patriarcado y la mística de la masculinidad: control de la sexualidad, apropiación y explotación de cuerpo de las mujeres, del que exige ciertas dimensiones, un antes y un después que se define con la cirugía plástica, cuyos máximos expertos también son varones.

¿Y qué nos proponía Evangelina como alternativa? Ante el fracaso del patriarcado —el de ganar o perder, el del afán de dominio, el de la valoración de la victoria personal, el de la extrema competencia, el del pensamiento excluyente— nos proponía la construcción de una sociedad basada en la ética del cuidado y del respeto mutuo. Que frente al poder como dominación ejerzamos la autoridad respetuosa de los seres humanos y el medio ambiente. Que en lugar de extraer podamos nutrir que, en lugar de vencer podamos negociar, que respetemos las diferencias, todas las diferencias, que promovamos la igualdad y la solidaridad asertiva.  Un mundo más respetuoso de los saberes y las prácticas de las mujeres.

Nuestra maestra Evangelina no vivió para ver cuán relevante es esta visión en tiempos de pandemia, donde se han mostrado las grietas de un sistema que no ha sido capaz de responder con celeridad y sabiduría a los problemas básicos de la salud y del cuidado. Algo que mujeres como Angela Merckel o Jacinta Arden, las primeras ministras de Alemania y Nueva Zelanda respectivamente, por solo citar a dos, han sabido manejar de manera más eficiente.

Las mujeres ejercen el poder dentro de ese contexto simbólico patriarcal y, sin embargo, integran lateralmente y comparten información, facilitan el crecimiento mutuo, comparten capacidades y poder, tienen credibilidad, se perciben como más trabajadoras y honestas, se muestran menos interesadas que los hombres en aumentar su cuota de poder, valoran las relaciones, valoran el trabajo de otras personas, tienden a negociar, trabajan con datos racionales y con la emoción también, se muestran versátiles, enfrentan tareas diversas y manejan mejor el stress y las situaciones límites.

Evangelina fue una mujer apasionada. Junto a su inquebrantable compromiso con la causa del feminismo y de la igualdad, fue también una mujer espiritual, solidaria y profundamente generosa al no escatimar en compartir sus conocimientos, su experiencia y sus métodos de empoderamiento. Sobre esto último, es el compromiso de la Asociación Cauce seguirlos transmitiendo hasta lograr el objetivo de ver a mujeres transformando a Venezuela en un país democrático en el que las mujeres lideres compartan el poder y aporten sus valores y su visión a la reconstrucción del país.  Si lo logramos, será el mejor tributo a nuestra querida maestra.

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