Frente al abismo / PERUZUELA, por Antonio Llerandi

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Leopoldo Lopez arriba a Perú para apoyar a Keiko Fujimori.

Dentro de unos días el Perú se enfrenta a la elección definitiva donde se escogerá al presidente de la República entre dos nada gratos elegibles: el maestro rural Castillo —cercano a lo peorcito de la izquierda latinoamericana, demasiado próximo al terrible y sanguinario maoísta Sendero Luminoso— quien puntúa las encuestas, y Keiko Fujimori, la hija de su papá, que, aunque ha jurado y dicho que hará un gobierno democrático, sabemos y recordamos lo que fue el fujimorismo para el Perú. En fin, la población tendrá que elegir entre guatemala y guatepeor.

Perú se ha caracterizado en las últimas décadas, entre una inestabilidad política constante —de hecho, ha habido un número récord de presidentes en muy corto tiempo— y una cierta estabilidad económica que lo ha ubicado, aparentemente, entre las economías de mayor crecimiento en Latinoamérica.

Muchos defensores de ‘la economía por encima de todo’ tendrán que reconocer que, a pesar de los avances económicos del Perú, eso no ha significado ni siquiera una estabilidad política en el país.  Una prueba más que cuando la economía va por su lado y el gobierno por otro, no necesariamente implica progreso.  El avance económico de un país, puede significar muy poco, si no va aunado a una distribución más equitativa de los ingresos, y no sólo de los ingresos, sino de las posibilidades de desarrollo individual, mediante la educación y los avances sociales. El Perú no se ha caracterizado por muchos logros en este sentido. De hecho, datos estadísticos renovados hace pocos días ubican la mortandad en Perú por el Covid en el triple de las cifras oficiales, colocándolo como el país del mundo con mayor número de fallecidos proporcional a su población.  Nada alentadora la cifra.

Y precisamente, al igual que el resto de países latinoamericanos, la realidad social y las diferencias —como siempre— entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco, son el caldo de cultivo de los movimientos populistas —de cualquier signo— que hacen su agosto en esa mayoría de la población empobrecida y maltratada, que oyen cualquier voz que les hable de reivindicaciones, igualdad y otras falsas promesas, para seguirlos como corderitos, creyendo en un futuro mejor. La lista es larga, y no sólo por el difunto Chávez, sino incluso por muchos que hoy en día han retomado el poder en Latinoamérica: Maduro el heredero, la Kirchner y su mampara Fernández, Arce como sucursal de Evo, AMLO en México, ni hablar de los eternos Castro en Cuba y Ortega en Nicaragua, y los peligros inminentes de Lula en Brasil, Petro en Colombia, cualquier izquierdista en Chile, y pare usted de contar

El panorama no es nada consolador y así como buena parte de los entes democráticos, aplaudieron el triunfo de Lasso en Ecuador, evitando así una vuelta a lo peor del correísmo, algunos sectores se han volcado a promover a la Fujimori, como un mal menor ante el peligro de Castillo y lo que lo rodea.  El ejemplo más notorio ha sido el de Vargas Llosa, que, a pesar de haber sido un crítico férreo de Alberto Fujimori y los desastres de su gobierno, ha decidido apoyar a Keiko, ante el peligro mayor que significaría el otro. Y todo esto viniendo de Vargas Llosa es aceptable, no sólo por su talante democrático, sino porque es su país de origen, e incluso fue candidato presidencial, precisamente frente a Fujimori, con quién perdió. Hasta aquí, todo bien y aceptable, pero…

Pero apareció Leopoldo López en Perú, que finalmente fue aceptado después de algunos tropiezos legales para su ingreso. Los venezolanos conocemos de primera mano esos nalgaprontismos de Leopoldo en el pasado y, sobre todo, sus errores como opositor al régimen. Su entrega inicial, sus apariciones posteriores, sus ansias figurativas, su influencia sobre Guaidó, su intento de protagonismo en España, no se caracterizan por ser ni apropiadas ni exitosas. Como aspirante a un liderazgo político, ha cometido demasiados errores y eso la gente se lo cobra de alguna manera. Y así como muchos venezolanos nos morimos de la rabia cuando Lula, Mujica y adláteres iban a Venezuela durante las promociones electorales a hacer evidente, público y notorio su apoyo a Chávez y sus petrodólares, si yo fuera peruano —del signo que fuera— igualito cogería tremenda bronca por un rubiecito venezolano, que qué diablos viene a hacer a aquí. De nuevo calculó mal. Pensó, a lo mejor, que aparecer vinculado con Vargas Llosa y otros voceros democráticos, le daría puntos. Peló el boche, como decimos en Venezuela. Realmente no tiene sentido no solo de la oportunidad sino parece ser que de la realidad. Ciertas ínfulas de liderazgo, quizás aupadas por cierta prensa española que lo califica —equivocadamente— como mártir y líder de la oposición, lo han conducido a este nuevo error. Créanme que no importaría si solo fuera su nombre lo que está en juego, pero es que lamentablemente mucha gente lo vincula con Venezuela y su oposición. Otro error que se une a tantos otros, que hacen peso sobre el futuro del país.

Me imagino —desgraciadamente— lo peor para Perú y pienso dolorosamente en ese más de medio millón de venezolanos que se han asentado allí, buscando un respirito de vida, de futuro, y ahora tener que enfrentarse no sólo a una evidente xenofobia, sino a un panorama desalentador y angustioso. Pienso en ellos y evoco las mejores ganas de que estas elecciones no le deparen algo terrible al Perú.

 

 

 

 

 

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